Aunque ya en mi libro sobre los Retablos Mayores de La Rioja esbozo a grandes rasgos la historia de este retablo de Bergasa, el hallazgo reciente de nuevos datos me obliga necesariamente a puntualizar algunos detalles que considero de especial interés con el fin de tener una visión de conjunto mucho más acertada. En este sentido era en la primavera del año 1632 cuando los administradores de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de dicha localidad aceleraban los trámites para adjudicar la fábrica de esta importante pieza litúrgica a un especialista de renombre. Así, tras el consiguiente remate público, el 15 de mayo de 1632 el maestro arquitecto Jorge de Cambero se obligaba a realizar el retablo por la nada despreciable cantidad de 1.000 ducados en presencia de Diego Fernández, cura a la sazón de la iglesia parroquial de Bergasa (aldea por entonces de Arnedo), para lo cual daba como fiadores a su hermano Juan de Cambero, vecino de Herce, y a Antonio Fernández de Jubera. Ésa era la razón por la que tanto el cura como el mayordomo de fábrica comprometían los bienes y rentas de la iglesia “y los trecientos ducados que el Conçexo del dicho lugar a echo de gracia y donaçión a la dicha yglesia para la fávrica del dicho rretavlo librados sobre el trigo de las rrentas de los quiñones del dicho Conçexo. Y los ciento y cinquenta ducados que para efecto de açer el dicho rretavlo dexó y mandó el liçenciado Diego Bretón Çapata, clérigo presbítero difunto, veçino que fue del dicho lugar”.

La presencia del escultor Martín de Fururia como testigo de este compromiso era de todo punto lógica, ya que Jorge de Cambero y él habían llegado previamente a un acuerdo para colaborar en esta empresa y repartirse los trabajos según la especialidad de cada uno en caso de ganar el remate, por lo que ese mismo día y sin pérdida de tiempo ambos firmaban escritura en Arnedo en la que se dejaba constancia de que cada uno de ellos se responsabilizaría de “poner para ello el maderaxe neçesario”. De manera que, para evitar cualquier malentendido, asumían al alimón las siguientes condiciones: 

  1. “Que el dicho Jorge de Cambero aya de dar al dicho Martín de Foruria la medida de las figuras del dicho rretablo para el modo con que las a de açer conforme a la traça que tiene y con que le a sido rrematada la dicha obra. Y todo con las condiciones y en el tiempo y a los plaços de el rremate.
  2. Que entre los dos se aya de tasar el samblaxe y escultura que cada vno hiciere en el dicho rretavlo. Y si no se comformaren ayan de nombrar dos personas, cada vno la suya, para que lo tase y an de estar y pasar por lo que las dos personas tasaren.
  3. Que, por quanto la dicha obra está rrematada en mill ducados conforme al dicho rremate, se declara que las pagas que dellos fueran aciendo asta que la dicha obra se acaue las an de yr rreçiuiendo por ygual. Y, acauada y tasada la dicha obra, el que más mereciere en la dicha obra en las demás pagas que se hicieren asta acauar de pagar los dichos mill ducados a de rreçiuir más que el otro al rrespecto y pro rrata rrepartido en cada paga lo que más fuere y montare la demasía.
  4. Que la tasaçión que entre los dos se a de açer de la dicha obra se a de entender y se entiende que a de ser a el rrespecto de los dichos mill ducados en que toda la dicha obra a sido rrematada considerando la figura ni coluna ni otra cosa del rretablo conforme a lo que valiere sino a el rrespecto de los dichos mill ducados. 
  5. Que la obra la an de asentar de por mitad y los gastos que se hicieren en ella y en la tasación o otra cosa a ello tocante a de ser de por mitad como dicho es.
  6. Que en todo cada vno a de guardar el tenor de las condiçiones, traça y planta con que la dicha obra le fue rrematada a el dicho Jorje de Cambero que las an bisto y las an aquí por ynsertadas e yncorporadas (… …)”.

Los problemas, sin embargo, comenzaban entonces, ya que al fallecer meses después Jorge de Cambero, su viuda Francisca de Argaez y su hermano Juan de Cambero no tendrían otro remedio que traspasar la obra de arquitectura a Miguel de Cenzano, vecino de Nájera, tal y como sucedería también con el retablo mayor de la iglesia de Autol, contratado igualmente por esas mismas fechas con Jorge de Cambero. Razón suficiente para que el 13 de noviembre de 1634 Juan de Cambero y su cuñada Francisca de Argaez firmaran escritura haciendo un preciso retrato de la situación: “que por quanto Diego Fernández y Miguel de Cençano, vecinos de la ciudad de Nájera, se an obligado acer la adquitatura de vn rretablo para la yglessia del lugar de Vergassa (… …) nos obligamos con nuestras personas y uienes presentes y futuros de dar y pagar y que daremos y pagaremos a los susodichos y a quien su poder para ello ouiere, además de los quellos an de auer y llebar del diçho edefiçio del dicho rretablo conforme está en la escritura, beinte ducados cada plaço que el cura y parroquianos de la dicha yglessia se obligan a pagar la dicha façión del dicho rretablo, de manera que si fueren seis los años, siete o más todos estos años les pagaremos los dichos beinte ducados cada uno dellos”.  

Esos problemas se agudizarían incluso un poco más, habida cuenta de que para entonces la salud de Martín de Fururia estaba tan quebrantada que el 17 de febrero de 1635 procedía a dictar su testamento en Arnedo falleciendo muy poco después. Justo en unas circunstancias críticas, cuando el retablo seguía sin acabarse, ya que estaba a falta del último cuerpo y de diferentes retoques en el grupo de Asunción-Coronación titular. Y ésa es la razón por la que Miguel de Cenzano no tendría entonces otra alternativa que entrar en contacto con un escultor conocido a quien encomendarle el programa iconográfico de lo que aún faltaba por hacer tras intercambiar impresiones con Diego de la Magdalena, vecino también de Nájera. Es lo que se deduce de un documento fechado el 1 de junio de 1636 en Arnedo por el que Miguel de Cenzano, por sí mismo y en nombre del escultor Diego de la Magdalena, se apartaba de la escritura de obligación que a su favor hicieron Juan de Cambero de pagar cada año, “además de las pagas que el cura y parroquianos de la yglesia de el lugar de Vergassa”, 20 ducados “por la façión de el rretablo”. Curiosamente, el hecho de figurar entre los testigos de esta decisión el polifacético Pedro de Aztiria es suficiente para comprender la solvencia y compenetración de un foco artístico de Arnedo de fuerte contenido romanista que se resistía por esas fechas a desaparecer.

Ésa es la razón por la que mientras los relieves y el grupo de Asunción-Coronación del primer cuerpo mantienen en general las constantes propias del movimiento romanista identificado con el taller de Briones a pesar de lo avanzado de la fecha, tan consecuentes por otra parte con el estilo de Antonio de Zárraga y luego de su hijo Juan de Zárraga (basta con apreciar la delicadeza y armonía que rezuman las dos escenas historiadas de las calles laterales –Natividad de la Virgen y Abrazo en la Puerta Dorada–), las obras de escultura del cuerpo superior están animadas ya por otro espíritu más acorde con los postulados clasicistas difundidos por el taller de Juan Bazcardo. De ahí la relación tan estrecha que guardan con el estilo del calceatense Andrés de Ichaso y el que varias décadas después practicaría Pedro de Oquerruri, natural de San Asensio, discípulo al fin y al cabo de Diego Jiménez el Joven, yerno este último de Juan Bazcardo. Basta recurrir al retablo mayor de Anguciana o, sencillamente, al más próximo de Autol…

Son, pues, dos mundos diferentes conviviendo en armonía en una misma estructura. Pero lo cierto es que aún tendrían que pasar algunos años más para que el retablo adquiriera su actual  fisonomía. Y es que, allá por 1727, aprovechando la presencia en Bergasa del escultor Juan Félix de Camporredondo, vecino de Calahorra, ocupado como estaba en llevar a cabo las tareas que tenía encomendadas en la ermita de Nuestra Señora de los Dolores, recibía el encargo de hacer tres imágenes policromadas para incorporarlas a su arquitectura: San Cosme y San Damián “bestidos con ynsignias de médicos, como lo están en la dicha ziudad de Arnedo” y un San Miguel de bulto de tres cuartas, por 50 ducados, tal y como figura en la correspondiente escritura de compromiso fechada el 2 de noviembre de ese año en Calahorra. De ellas sólo los bustos de los Santos Cosme y Damián se han conservado en el retablo gracias a que ocupan los paneles situados sobre las casas laterales del primer cuerpo una vez suprimidos los cogollos cactiformes de raíces madrileñas que había con anterioridad. Una apasionante historia…    

Retablo mayor de Bergasa, en el que conviven dos formas distintas de entender el arte: el romanismo del foco arnedano que se resistía a desaparecer y el clasicismo riojalteño.

Abrazo en la Puerta Dorada.

La Anunciación.