La designación de un ilustre hijo de la localidad (en este caso don Pedro Antonio de Barroeta y Ángel) para ocupar un puesto tan importante como el de Arzobispo de Lima o Ciudad de los Reyes, en el Reino del Perú, tendría sus lógicas repercusiones en Ezcaray. Así, gracias a este nombramiento y al abrigo de su influencia, es como se justifica la presencia de varios familiares suyos más o menos lejanos por aquellas tierras. Entre ellos don José Barbadillo y Frías (hijo de don Francisco Barbadillo y doña María Frías de Anguiano [1], quien, ejerciendo de canónigo en la ciudad de Lima, pondría todo su empeño en seguir los pasos del Arzobispo y dejar también constancia en Ezcaray de su triunfo mandando construir una llamativa casona en una zona estratégica del casco urbano. Es decir, en la misma Plaza de la Verdura. Lo suficiente como para perpetuar su memoria a lo largo del tiempo sabiendo de antemano que su regreso de tan lejanas tierras resultaba en la práctica imposible. Esa era la razón por la que, bajo impulsos renacentistas de la fama, daba plenos poderes a su pariente don Clemente Cantabrana y Ángel, presbítero y beneficiado en la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, con el fin de concertar las obras con los maestros más solventes de la región.

La idea consistía en derribar por completo las casas donde habían residido los padres de don José Barbadillo y edificar el nuevo palacete sobre ese mismo solar una vez retirados de él todos los escombros. En cualquier caso, como el proyecto era tan ambicioso, dicho solar resultaba a todas luces insuficiente. De ahí que, aprovechando que la iglesia parroquial era dueña de la casa contigua que por entonces tenía alquilada a Manuel Velilla, don Clemente Cantabrana y Ángel mandaba el siguiente escrito a los patronos de la fábrica con fecha el 23 de marzo de 1779:

“Señores. Don Clemente Cantabrana, presbítero beneficiado en la parroquial de esta villa, se halla con la orden de don Joséf Barbadillo, canónigo en la santa yglesia de la ciudad de Lima, en el Rreyno del Perú, para demoler las casas principales de la hauitación de sus difuntos padres y fabricar en el mismo sitio otra nueva, lo que tendrá efecto con la maior brebedad. Y, hallándose contigua una casa propia de la fábrica de esta yglesia y en la que actualmente uiue Manuel de Velilla, y siendo preciso que por la demolición de dichas casas según declaración y reconocimiento de maestros se arruine la enunciada de dicha fábrica por su antigüedad, para obiar estos graues perjuicios que hago a v. ms. patentes y dejo a su seria consideración como patronos de dicha fábrica, Digo que desde luego para ebitar todo detrimento y daño a la espresada fábrica compraré a nombre del espresado don Manuel de Barbadillo, digo Joséf, la precitada casa en el precio justo. Y para que se verifique sin daño de una y otra parte me conformaré en que por parte de v. s., como tales patronos, se nombre un maestro de inteligencia, quien con otro que por mí se pondrá tasen y digan el justo precio teniendo presentes todas las circunstancias de dicha casa y que a continuación de éste se dé la respuesta con nombramiento de los tasadores Nuestro Señor guarde a v. s. los años de su agrado”.

En vista del escrito anterior y sin perder un solo instante ese mismo día se juntaban en la sacristía de la iglesia parroquial de Santa María la Mayor de Ezcaray los patronos de las dos comunidades, eclesiástica y secular, y nombraban como tasador en defensa de sus intereses a Antonio Dolara, vecino de la villa. Por su parte, don Clemente Cantabrana y Ángel nombraba a don Antonio Aloy o Eloy. Al mismo tiempo se daba comisión al mayordomo de fábrica para que, una vez realizada la tasación, se solicitara la oportuna licencia al Provisor. Tres días después y tras llevar a cabo los reconocimientos oportunos comparecían ante los patronos Antonio Aloy, “maestro arquitecto y de obras” vecino de Pamplona y residente en Ezcaray, y Antonio Dolara, “maestro de cantería”vecino de Ezcaray, y tasaban la casa habitada por Manuel Velilla en 2.750 reales, haciendo constar (de cara a evitar cualquier error) que ésta última estaba “sitta por vajo del Cantón de San Matheo”. Es así como Vicente Gutiérrez, en nombre del mayordomo secular don Juan García Montenegro, procedía a solicitar la oportuna licencia a las autoridades eclesiásticas de Burgos haciendo especial énfasis en el mal estado que ofrecía toda la estructura y la irremediable ruina a la que estaba expuesta. Es así como el 13 de abril de ese mismo año de 1779 se concedía autorización “para que puedan bender y bendan la casa” guardando las formalidades de rigor [2]. De hecho, era una simple gestión administrativa, ya que para esas fechas don Clemente de Cantabrana y Ángel ya había mantenido diversas reuniones con los maestros más acreditados de la región, tenía en su poder las trazas y condiciones que se iban a seguir en la realización de la casona (cuyo autor no era otro que Antonio Aloy) e incluso había concertado los trabajos con Bernardino Ruiz de Azcárraga, vecino de Cenicero, como bien figura en un documento fechado el 16 de marzo de 1779 en esta última localidad por el que su esposa Ángela de Osa y su yerno José de Aregita le salían fiadores con ocasión de tener “ajusttada con don Clementte de Cantabrana, presvítero beneficiado de enttera razión en la parroquial de la villa de Ezcarai, la consttrucción y fábrica ex fundamentis vsque ad inttegram consumationem de vn palacio o casa principal en el casco y zentro de dicha villa” [3] En este sentido conviene señalar que, aparte de yerno, José de Aregita era uno de los oficiales más capacitados del taller de Bernardino Ruiz de Azcárraga y juntos habían acometido numerosos proyectos, fundamentalmente por la Rioja Alta y alrededores.   Así se manifestaba Bernardino Ruiz de Azcárraga el 8 de julio de 1779 en Ezcaray sobre el particular, justo tras firmar escritura ante Tadeo Ruiz de Lezana, “escribano real y de la ronda del Cordón de Hebro”, comprometiéndose formalmente a hacer la casona:

“Sépase por esta carta cómo yo, Bernardino Rruiz de Ascárraga, maestro de cantería vecino de la villa de Cenicero, digo que por quanto estoi combenido y concertado con don Clemente Cantabrana, presbítero beneficiado de ración entera en la yglesia parroquial de esta villa de Ezcaray y apoderado de don Joséph Barvadillo, residente en Lima, en que dentro de dos años le he de fabricar por mis manos o por manos de oficiales de mi satisfacción y con mi asistencia vna casa de nueva planta ex fundamentis vsque ad intergran consumacionem en el casco y centro de esta villa en el precio de ciento y catorce mil reales vellón arreglada dicha casa y toda su obra a las condiciones, planos y perfiles hechas por don Antonio Aloy, residente al presente en esta citada villa, y la de que el dinero se me ha de entregar en quatro plazos: el primero al empezar la obra, el segundo a el segundo cuerpo, el tercero a el hechar el tejado y el quarto concluida que sea toda la casa, reconocida por maestros y dándole a dicho don Clemente llave en mano. Y también es condición de que el desperdicio de todas las casas que se han caído para hacer la nueva por lo respectivo a la madera, puertas y ventanas ha de quedar en vtilidad de dicho don Clemente, a excepción de las dos puertas de lonja y corral, las dos de entrada a la sala principal y quarto del dormitorio, ventanas y valcón de dichas piezas y las rejas y valcón de fierro, que todo esto ha de quedar en veneficio mío, como también la madera vieja que se nezesite para quemar el yeso nezesario si llega el caso de quemarlo por mi quenta, siendo de mi obligación sacar y custodiar dicha madera. Y si por este defecto la llevasen las jentes, no ha de estar obligado dicho don Clemente a dármela. Y con la espresa condición también de que si en la citada casa y obra hubiere algunas mejoras no se me han de abonar en manera alguna por ningún motivo, aunque sea justo. Y, cumpliendo por mi parte con lo que va referido, otorgo por ésta que en la conformidad dicha y vajo de la seguridad de las fianzas que en auténtica forma tengo dadas, me obligo a continuar la referida casa que tengo ya comenzada y fenecerla dentro del dicho tiempo con toda perfección. Y por ella me ha de dar como va dicho los referidos ciento y catorce mil reales vellón a los plazos que van citados. Y en caso que yo deje de la mano dicha obra sin acavarla permito que a mi costa se busque maestro de toda satisfacción que la acave concertándola por el precio que se halle. Y si con lo que se me estubiere deviendo no hubiere bastante para pagar al dicho maestro, peones y erramientas me obligo a pagar lo que faltare luego que se acave dicha obra con más los daños e intereses que de la dilación se originaren a dicho don Clemente. Y si lo que yo obrare no estubiere arreglado a dichas condiciones permito que se vea por maestros alarifes de ciencia y conciencia. Y si de sus declaraciones constare estar la obra peligrosa y no conforme a mi obligación la remediaré y aseguraré dejándola sin fealdad alguna o la bolveré a hacer de nuevo a mi costa y a ello se me apremie por todo rigor o se busque a mi costa quien lo fabrique y remedie. Y por lo que esto ymportare como por lo demás a que voy obligado y las costas de la cobranza de ello se me ejecute con sólo esta escritura y el juramento de dicho Clemente en que yo difiero sin otra prueba ni liquidación aunque se requiera, de que le relevo en forma (… …)” [4].

Aparte de algunos detalles que sirven para conocer mejor el proceso de construcción de la casona, esta narración nos da cuenta de que los trabajos tenían que estar acabados en el plazo de dos años “llave en mano” por un importe total de 114.000 reales: una cantidad lo suficientemente elevada como para darnos cuenta de la ambición formal con la que se planteaba el proyecto. Las cosas, sin embargo, acabarían complicándose de tal modo a partir de estos momentos que, debido a toda una serie de problemas sobrevenidos en el desarrollo de las obras, la salud de Bernardino Ruiz de Azcárraga se resentiría en exceso (conduciéndole irremisiblemente a la muerte) y dejando al mismo tiempo a su familia en unas condiciones económicas muy precarias…

El 23 de julio de 1781 Bernardino Ruiz de Azcárraga y Osa hacía en Cenicero un balance de la situación, confirmando que su padre Bernardino Ruiz de Azcárraga había superado con creces el plazo de entrega de la casona, motivo por el cual don Clemente Cantabrana y Ángel había decidido recurrir a la justicia “solicittando valuación por perittos inteligenttes de lo que faltta que hazer en dicho palazio para su perfectta conclusión y que por su importte se librase executtorio en forma conttra la persona y vienes de dicho Bernardino Rruiz de Ascárraga, de cuia declaración ha resulttado ser precisa para vltimarlo la cantidad de veintte y buebe mill y quarentta reles de vellón, por la qual, su dézima y costtas estilo de el tribunal ha mandado a la Justticia expedir su mandamiento de execuzión en forma”.

Como consecuencia de ello y tras haber embargado a Bernardino Ruiz de Azcárraga varios bienes muebles y raíces su hijo del mismo nombre se constituía “por fiador de saneamientto en la referida execución”, ofreciéndose incluso a hacer frente a la demanda con sus propios bienes [5]. En un gesto de buena voluntad y tratando de buscar soluciones, el 25 de julio de 1781 don Clemente Cantabrana y Ángel y el maestro de obras Bernardino Ruiz de Azcárraga, se reunían en Ezcaray y hacían un balance realista de la situación por el que se dejaba constancia de que este último “tiene fabricado y construida la maior partte de la obra y hallarse ymposibilitado de poderla finalizar en el todo por faltarle algunos reales para ello, sin embargo de thener recibido el principal de los ziento y cattorze mill reales en que se habían combenimos, conzertamos y ajustamos para la fábrica y construción de dicha casa y decir no poderlo hazer de lo restante que le falta a no ser que por el dicho don Clemente de Cantabrana se le ayude con algunos reales para ello exponiendo thener en dicha nueba obra algunas mejoras que han parecido vtiles en beneficio de ella. Y, deseándose por el enumpciado don Clemente de Cantabrana alibiarle en partte su ymposibilidad, tanto por no meterse en pleitto y que la obra esté suspensa quantto por no molestar ni vejar a el referido Bernardino Rruiz de Ascárraga en la ventta de sus vienes y abandono de su onor, se han combenido, conzerttado y ajustado en que, cumpliéndose en primer lugar por dicho maestro en fabricar dicha casa de nueba planta con arreglo a el referido plan y condiciones formado y firmado por dicho don Antonio Aloy y dejando en su fuerza, vigor y validación la escritura que para el combenio de dicha casa habían otorgado antte dicho Joséf Thadeo……” [6].

Fruto de ese acuerdo es una escritura fechada el 7 de agosto de 1781 en Cenicero por la que el maestro cantero Bernardino Ruiz de Azcárraga, llegaba a un acuerdo con los maestros albañiles José Olavarrieta, vecino de Cenicero, y Lorenzo Izquierdo, vecino de Navarrete y residente asimismo en Cenicero, por la que estos últimos se obligaban a “executar toda la albañilería, empedrados y ornos de la casa de don Clementte de Cantabrana”. Eso sí, a condición de ponerles a pie de obra el material necesario, bien fueran los ladrillos para acometer las compartimentaciones interiores y el yeso, ya que lo que estaba completamente terminado por entonces era la estructura de cantería. Ambos albañiles se responsabilizaban de comenzar los trabajos el día 17 del mes en curso sin posibilidad de interrumpirlos por ninguna circunstancia y a concluirlos para San Juan de Navidad de ese mismo año a falta de los lucidos finales, que se harían en junio de 1782 aprovechando el buen tiempo [7]. En este sentido, y de acuerdo con la declaración de maestros del oficio, el importe de las obras que aún faltaban por hacer ascendía a 29.040 reales, razón por la que se libraba exhorto dirigido a la justicia de Cenicero y el 23 de julio de 1781 se procedía a sustanciar la petición, dándose por concluida tres días después. Este nuevo planteamiento sería suficiente para atemperar de momento los exaltados ánimos de don Clemente Cantabrana Ángel, si bien un nuevo incumplimiento de los plazos de entrega por parte de Bernardino Ruiz de Azcárraga y ante la demanda interpuesta por aquél sería determinante para que su hijo Bernardino Ruiz de Azcárraga y Osa tomara las riendas de la situación y el 26 de febrero de 1782 volviera a salir de fiador y avalista en Cenicero afrontando personalmente con cargo a sus propios bienes cualquier problema económico que pudiera derivarse de dicho incumplimiento [8].

Justo al día siguiente Bernardino Ruiz de Azcárraga daba poder a su hijo del mismo nombre en Cenicero para comparecer ante los tribunales de Ezcaray y afrontar la causa que había promovido contra él don Clemente Cantabrana y Ángel “sobre imputtarle a el ottogantte no haver cumplido con la obligazión que tenía contraída en razón de la conclusión de vna casa” y solicitar el amparo correspondiente [9]. El asunto era tan grave que la única salida que quedaba a Bernardino Ruiz de Azcárraga a partir de esos instantes era apelar a su condición de hidalgo originario de Vizcaya con la única intención de declarar nula por defectos de forma cualquier resolución en su contra. Por esa razón el 8 de mayo de 1782 hacía constar en Cenicero “el privilegio que asistte al otorgantte para no poder ser demandado civil ni criminalmentte que no sea antte señor Juez maior de Vizcaya que reside en la Rreal Chanzillería de Valladolid en virtud y a consequenzia de lo prevenido y mandado en la rreal provisión declinatoria que se expidió en su favor como vizcaino originario en quinze de marzo de el año pasado de mil settezientos y cinquentta y nuebe no ha querido de ningún modo la referida Justicia inivirse del conocimiento de la precittada causa, por lo que se ha echo acrehedora a que se le impongan las graves multas y apercivimientos que conforme a leyes rreales y fueros de vizcainía corresponda”.

En consecuencia ese mismo día daba poder a don Hipólito Cantalapiedra Bayón, procurador de la Real Chancillería de Valladolid, para comparecer ante el Juez Mayor de Vizcaya y solicitar el libramiento de la consiguiente real provisión instando al juez y escribano de Ezcaray a remitir la causa ante dicho Juez Mayor y pagar como contrapartida las multas establecidas por no haberse inhibido en el caso [10]… Poco después, concretamente el 11 de julio de 1782 Bernardino Ruiz de Azcárraga volvía a dar poder, esta vez a don Antonio Anguiano Pérez, natural y vecino de Cenicero, para comparecer ante dicho tribunal y solicitar la suspensión del pleito [11]. A medida que pasaban los días, las complicaciones judiciales adquirían poco a poco mayor énfasis. Unas complicaciones que el propio Bernardino Ruiz de Azcárraga trataba de justificar como algo inevitable el 12 de agosto de 1782 en Cenicero aduciendo haber concertado los trabajos de la casa con el presbítero don Clemente de Cantabrana y Ángel “para vn pariente suio que reside en el Reino de Yndias, obligándose a dársela egecutada llave en mano con total arreglo al diseño y traza formado por don Anttonio Eloy”:

 “Y en los principios de la obra advirtió no poderse fabricar conforme a la dicha traza a no dejarla sin seguridad, simetría y conttra artte, lo que pasó a noticia del dicho don Clementte. Y éstte, enterado de las rrazones del otorgante, le ordenó continuase la obra con todo beneficio y como mejor y más segura quedase y así lo cumplió hasta la conclusión de cantería y albañilería con notable mutación y diferenzia de la explicada traza y condiciones del ajustte gasttando en ello como quarentta mil reales más que el importte principal. Y sin embargo de esttta enormísima lesión y la que padeció al tiempo de el ajusttte, aunque todo constta al nominado don Clementte y que el no haver ia el otorgantte dado fin enteramente a su obligazión no ha sido culpa suia y sí de Asensio Medinabeitia, maestro arquitecto con quien tenía ajusttado lo pertteneziente a el errage y asamblage, le ha demandado en términos egecutivos antte la Justicia de la villa de Ezcaray balido sin duda de su poderío en dicha villa quando debería haver sido supuesta razón para ello antte la Justicia de éstta de Zenizero, donde es vezino y domiciliario el otorgante. Y en causa civil ordinaria, por serlo de su naturaleza y concurrir otros motivos que del prozeso consttan alegados también, se avistta que el referido don Clementte inttenttó su acción y demanda en dos tiempos presenttando en el primero vna escritura con cuia vistta se desistimó y mandó se hiziese el emplazamiento antte la Justicia ordinaria de estta villa de Zenizero, lo que omitió. Y luego en el segundo hizo presentación de obra esecutada con diferencia en sus cláusulas de la primera, motivo porque el otorgante introdujo inmediatamente formal artículo para que dicha Justicia de Ezcaray se inibiese del conocimiento de la causa conforme a el auto asesorado que se decrettó con vistta del primer ynstrumentto y que caso negado deviese continuar en él se recibiese a prueba exponiéndole para todo convinzentes rrazones y fundamentos con arreglo a leyes del Rreino apelando en forma de lo contrario pidiendo a el notado don Clementte declaración jurada con la prottexta ordinaria de pruebas en caso de negativa sobre ciertos particulares y solicitando al mismo tiempo reconocimiento y cottexo de la obra por maestros inteligentes con la traza y condiciones de el enunciado Eloy para hazer ver la diferenzia que havía y queda relacionada ofreciendo también ynformaciones de testtigos que se hallaban ausentes a bastante distancia. Y, sin embargo de todo, se despreció el artículo y mandó dar el testimonio de apelación sin suspensión de la causa y de ello se bolbió a apelar salbas las prottextas y nulidades de derecho, en cuia vistta se repittió el mismo decretto de que se diese el testtimonio con la inserzión nezesaria y los pedimientos echos y decrettos dados, pero jamás ha llegado el caso de poderlo conseguir y viéndose destituido de toda defensa con dispendio y adelanto de muchos rreales en la obra que ia se mira quasi conclusa y podrá verificarse si llega a hazerse cottexo y reconocimiento pedido y recibir las ynformaciones ofrecidas”.

Temeroso, pues, de que la Justicia de Ezcaray procediera al embargo de sus bienes después de tantos desencuentros y problemas como había tenido que afrontar, Bernardino Ruiz de Azcárraga procedía a dar poder a don Hipólito Cantalapiedra Bayón, agente de negocios en la Real Chancillería de Valladolid, a efectos de declarar nulos todos los procesos seguidos contra él [12]. Mientras tanto y en ese intervalo Asensio de Medinabeitia, que se había responsabilizado de dejar en perfecto estado todos los interiores del edificio, desaparecía de escena y dejaba todo a medio acabar, razón por la que el 23 de septiembre de 1782 Bernardino Ruiz de Azcárraga se reunía en Cenicero con Francisco Gurrea, vecino de Nájera, y dejaba en sus manos la terminación de las obras de la casona. Algo lógico por cuanto Francisco Gurrea era uno de los grandes maestros de obras de la región, como ya tendría ocasión de demostrar al encargarse también de finalizar una casona de indianos en Villavelayo. Las condiciones que para ello tenía que seguir Francisco Gurrrea, hijo del que fuera un afamado arquitecto de retablos del mismo nombre, eran éstas:

  1. “Primeramente que las puerttas y venttanas lisas del primer suelo nezesarias para él con total arreglo a el proiezto y traza y condiziones formada por don Anttonio Aloy se han de executtar por el referido Gurrea a precio de quattro rreales y medio cada pie, siendo de su quenta surttir el matterial y que éste sea de olmo.
  2. Yten que las puerttas de los dos suelos y vibiendas principales ha de executtarlas de dos caras con almazón de pino y paneles de nogal. Y del mismo matterial ha de hazer de su quenta las ventanas y puertasventanas apestañadas y almoadilladas para las mismas vibiendas. Y su precio con el de las puertas a cinco rreales y quartillo el pie en quadro. Y también ha de executar las demás puerttas de oficinas y sitios escusados llanas de pino a dos rreales el pie.
  3. Yten que lo trabajado en dicha obra por Asensio Medinabeitia y se halla sin concluir la ha de hazer a jornal el mismo Gurrea, surtiéndole Bernardino de los matteriales nezesarios y pagando cada jornal de oficial a seis rreales y medio y a siete el hijo y yerno del dicho Gurrea. Y en ygual conformidad toda la carpintería, ensamblage, tejado de los ornos y demás que s(e)a concerniente a la carpintería y ensamblage al cargo del dicho Bernardino.
  4. Yten que todo el herrage y clabazón que sea nezesario ha de ser de quenta del dicho Bernardino.
  5. Yten que para prebenir la madera nezesaria ha de dar y apromptar dicho Bernardino mill y quinientos rreales de vellón. Y en adelante hirá surtiendo según lo adelantado de la obra y alimentos de los operarios. Y, concluida, faltando para su enttero pago hasta dos mill rreales ha de ser obligado dicho Bernardino a sattisfacerles para Nabidad del año de ochenta y quattro.
  6. Yten que de quenta del dicho Bernardino ha de ser la condución de la obra desde Nágera o Ezcaray” [13].

Pero ni aún así se conseguirían grandes resultados, pues consta que la casona seguía cuatro años después sin acabar, por lo que, gracias a la mediación de personas muy solventes, el 11 de noviembre de 1786 don Tiburcio Barbadillo Cantabrana, vecino de Ezcaray y apoderado de su tío don José Barbadillo, se reunía en Cenicero con Bernardino Ruiz de Azcárraga y, tras hacer ambos una sucinta historia de los hechos, llegaban a un acuerdo amistoso que, en principio, sería el definitivo. A su juicio, era el 8 de julio de 1779 cuando se procedía a ajustar los trabajos de la casona con Bernardino Ruiz de Azcárraga por 114.000 reales “llave en mano” siguiendo el proyecto de Antonio de Aloy o Eloy. Condición inexcusable era concluirlos en 1781, lo que no ocurriría. De ahí que se optara por demandar a Bernardino Ruiz de Azcárraga reclamándole 29.040 reales “en que se reguló por yntteligentes lo que resttaba de obra para su perfectta conclusión”. A resultas de ello se embargaron algunos bienes de este último, si bien de inmediato se presenta escrito ante la Justicia de Ezcaray para llegar a un acuerdo amistoso y dejar en suspenso la sentencia. Pero tampoco en esta ocasión se cumplirían los plazos previstos, por lo que don Tiburcio, como apoderado de su tío (según poder concedido en Lima ante Santiago Martel el 3 de agosto de 1785), decidía  seguir adelante con la demanda, ya que trataba por todos los medios de que se vendieran los bienes de Bernardino Ruiz de Azcárraga hasta conseguir la cantidad de dinero equivalente a lo que se le reclamaba. El acuerdo se sustanciaba en los siguientes puntos:

  • Don Tiburcio se obligaba a dar a Bernardino Ruiz de Azcárraga 1.000 ducados a censo al 3% hipotecando este último para ello todos sus bienes y los de Ángela de Osa, su esposa, “para que con dicha suma pueda con más comodidad dar entero cumplimiento a su obligazión relattiva a finalizar el expresado palacio”.
  • Bernardino se comprometía a terminar definitivamente el palacio para el 1 de octubre de 1787 a vista de maestros inteligentes “que tengan a la vista el plan y condiciones de don Anttonio Aloy”.
  • Que el censo de 1.000 ducados de principal se entregara por parte de Bernardino Ruiz de Azcárraga a don Tiburcio “para que éstte los baia dando y entregando a los maesttros executores de la obra, así de errage como de asamblage, quando justtamente los pidan prezediendo libramiento de don Benito Bujanda y don Pablo Santaiana, presvítteros, curas párrochos en la yglesia de estta dicha villa y recibo al pie de los mismos maestros, sin cuia circunstancia no serán bien entregados ni admitibles en quentta alguna”.
  • Que, no concluyendo Bernardino las obras con los 1.000 ducados del censo, don Tiburcio podría recurrir contra los bienes del matrimonio [14].

Es así como el 12 de noviembre de ese mismo año de 1786 Bernardino Ruiz de Azcárraga y su esposa Ángela de Osa otorgaban el correspondiente censo a favor de don José Barbadillo, prebendado de la santa iglesia de Lima [15]. A partir de ahí la posibilidad de incumplimiento de los plazos era prácticamente nula, so pena de tener que asumir el matrimonio importantes quebrantos económicos. Pero incluso en esta ocasión las obras se dilatarían mucho más tiempo del previsto en medio también de continuas discrepancias. Por fin, el 4 de septiembre de 1788 Bernardino Ruiz de Azcárraga, oriundo de Vizcaya y vecino de Cenicero, otorgaba poder a don José la Carrera y Baquero, procurador de causas en la Real Chancillería de Valladolid, de cara a conseguir real provisión por mediación del Juez Mayor de Vizcaya “para que se reconozca, tase y balúe por arquitectos práctticos y de intteligencia la precitada obra” y se den por finalizados tantos recursos inútiles [16]. No obstante, aún tendrían que transcurrir algunos años más antes de dar por zanjado el tema. El fallecimiento de Bernardino Ruiz de Azcárraga sería determinante para que el 1 de abril de 1797 su hijo del mismo nombre, administrador por entonces del Correo en Santo Domingo de la Calzada, celebrara una reunión en Ezcaray con doña Genara de Barbadilo y Cantabrana, como administradora de los bienes de su hermano don Tiburcio, residente en Lima, en estos términos:

“Y dixeron que por quanto éste se obligó a hacer y construir vna casa de nueba planta en esta villa para el doctor don Joséf de Barbadillo, canónigo en dicha ciudad de Lima y tío del don Tiburcio, con arreglo al plan formado por don Antonio Aloy y con las condiciones que por escriptura que sobre el asunto hicieron el don Bernardino difunto con don Clemente Cantabrana, abad, cura y beneficiado que fue de esta parroquial y apoderado del don Joséf, vajo de la qual procedió a ejecutar la obra y en efecto con diferentes mutaciones que por combenios particulares se hizo entre las partes, quedando siempre de por ejecutar cierttas obras de la misma casa y orno, por lo qual y hacer tan dilatado tiempo que está echa dicha obra, la difunción del padre del otorgante y el deseo de éste de dar cumplimiento en todo a lo pactado por aquél, trató con don Ángel Alonso Aguado de esta vezindad y apoderado absoluto del don Tiburcio que se reconociese por maestros inteligentes de su consentimiento, assí lo demás que esté echo para la maior seguridad de la obra en los cimientos y que tiene que abonar el don Joséf de Barbadillo como lo que falte de hacer y ser de quentta del maestro en efecto nombró dicho Aguado a don Manuel de Menoyo, maestro de obras y vezino de estta villa, quien lo reconoció por menor, teniendo presente la escritura y condiciones y obligaciones mutuas. Y declaró que con quatro mil reales de vellón se podía concluir el todo de la obra y a ello se obligaba, que el esceso que tiene el maestro de mejoras en los cimientos equibale al dispendio que hizo el don Tiburcio en el balaostre de la escalera, cozina y otros reparos que hizo el mismo don Tiburcio de su quenta quedando conforme con dicho Aguado en darle los quatro mil rreales de vellón y con ellos darsse por entregado de la obra sin que a el otorgante, como heredero de su padre, ahora ni en ningún tiempo en su razón se le tubiese que pedir ni demandar con ningún pretesto en efecto dicho don Bernardino, deseando ebitar los muchos gastos que se le orijinan de hidas y venidas, proporcionó el dinero y venido a otorgar la correspondiente escritura se halló con la novedad de haver fallecido dicho Aguado y de haver recaído la administración judicial en la doña Genera, con quien a tratado el asunto y oído a dicho Menoyo y constando la certeza de quanto se refiere y que la casa a recaído en el don Tiburcio por manda que de ella le hizo don Joséf y otras consideraciones se han conformado en dar dicho don Bernardino tres mil y quinientos reales en efectibo de presente y los quinientos reales restantes la dicha doña Genara, mirando a las muchas pertas y perjuicios que se le an orijinado al maestro difunto en la construción de la casa los remite bajo de la condición que, no queriendo el don Tiburcio pasar por esto, los entregará dicho don Bernardino siempre que se le pidan sin otra responsabilidad Y estos son por barios reparillos que no son precisos ni esenciales para la obra y su seguridad, que con dicho importe que a recivido en monedas corrientes a presencia del presente escribano y testigos, de lo que da fee, se da a nombre de don Tiburcio por entregada de la obra y echa ésta con arreglo a las condiciones, sin que ahora ni en ningún tiempo por sí ni a nombre del don Tiburcio ni quien le represente en qualquier manera se le pueda pedir ni demandar al don Bernardino ni sus sucesores en juicio ni fuera de él bajo de satisfacerle quantos gastos se le orijinen a escepción de los quinientos reales ya dichos. Y vna y otra parte se obligan a no pedir ni demandar (… …)” [17].

La intervención del maestro de obras local Manuel Menoyo ejerciendo de tasador vendría a poner el colofón decisivo a toda una larga cadena de desencuentros entre las partes. No en vano don José de Barbadillo, harto de la situación, acabaría donando a su sobrino don Tiburcio (quien a la sazón se había trasladado hasta Lima para fijar allí definitivamente su residencia) la propiedad de tan importante palacio… Lo que quiere decir que sería doña Genara quien lo heredara. El momento no podía ser más provechoso, ya que para entonces toda la Calle Mayor estaba perfectamente definida y muy cerca de la Plaza Mayor se consolidaba la salida hacia Ojacastro con la construcción de dos palacetes a ambos lados del camino real, uno de los cuales es la actual casa parroquial (con leyenda AÑO DE 1775) en los que la mano de Manuel Menoyo se deja notar también con claridad. Pues bien, esa larga serie de contratiempos y avatares han dejado su huella en el planteamiento final de la casona, tal y como se refleja en las calidades de las molduras que encuadran los vanos, en la sutil y poco ornamentada portada y especialmente en ese bloque de piedra colocado en esquinazo para que fuera bien visible: planteado para esculpir en él el escudo con las armas familiares de don José Barbadillo con el fin de dar testimonio permanente de su triunfo en tierras americanas y estimular en todo momento su recuerdo entre sus paisanos sabiendo de antemano que jamás regresaría a España, quedaría al final en blanco. Lo lógico hubiera sido que la puerta de ingreso estuviera colocada mirando al sur, a la Plaza de la Verdura, y justo en el centro de simetría de la composición con arreglo a un lenguaje mucho más rico en detalles, como corresponde a las obras realizadas por Bernardino Ruiz de Azcárraga. Sin embargo, el hecho de que se abra encarando la estrecha calle contigua, en un muro secundario, prácticamente sin ningún atractivo, desgajada del contexto general del que forma parte y muy lateralizada, permite sugerir que sería desplazada al lugar que hoy ocupa en fechas no muy lejanas… Hoy, por ejemplo, la planta baja de la casona ha sido reconvertida en bar y las mesas, sillas y sombrillas que se apelotonan en la terraza exterior forman ya parte de la estampa cotidiana de Ezcaray. De la historia de Ezcaray, en definitiva.  

Casona de don José Barbadillo y Frías en la Plaza de la Verdura.








Casona construida por Bernardino Ruiz de Azcárraga para su residencia familiar en Cenicero.

En la cartela de la clave sobre el hueco de entrada figura la siguiente leyenda: BERNARDINVS. AÑO 1775.



[1] Por su testamento dictado en Lima tenía un especial recuerdo hacia la iglesia parroquial de Ezcaray nombrando como albacea a su sobrino don Gabriel Barbadillo, vecino también de Lima, según referencias de 16 de junio de 1770, 7 de abril de 1779 y 9 de septiembre de 1790 (GARCÍA DE SAN LORENZO MÁRTIR, fray José. Ezcaray, su historia. Asociación Amigos de Zaldierna, 1998, p. 150).

[2] AHPL: Ángel Alonso Aguado. Leg. 9155. Fols. 41-44 vº.

[3]  El valor de los bienes de José de Aregita ascendía a 3.000 ducados y los de Ángela de Osa a 2.000 sin contar los de su esposo  (AHPL:Julián Caballero. Leg. 9460. Fols. 55-56 vº).

[4]  Testigos de ello eran don Andrés de Fuentes, Thomás Barrio y Marcos de Samaniego, vecinos de Ezcaray (AHPL: José Tadeo Ruiz de Lezana.Leg. Leg. 9156. Fols. 46-47 vº).

[5] AHPL: Julián Caballero. Leg. 9461. Fols. 112-113.

[6] AHPL: Ángel Alonso Aguado. Leg. 9156. Fols. 48-49.

[7] Acabada la obra se les pagaría sobre la cantidad recibida hasta 11.000 reales, ya que los 3.000 restantes se les entregarían por semanas (AHPL: Martín Santayana. Leg. 9485, s/f).

[8] Testigos de ello eran Andrés de Frías, Eduardo San Martín Nájera y Luis de Baroja, vecinos de Cenicero (AHPL: Julián Caballero. Leg. 9461. Fols. 63-64).

[9] Testigos de ello eran Andrés de Frías Torres, alcalde ordinario, Venancio de la Sierra y Mateo Martínez (AHPL: Martín Santayana. Leg. 9486, s/f).

[10] AHPL: Julián Caballero. Leg. 9461. Fols. 91-92.

[11] AHPL: Martín Santayana. Leg. 9486, s/f.

[12] AHPL: Julián Caballero. Leg. 9461. Fols. 142-143 vº.

[13] Testigos de ello eran Santiago Lastra, vecino de Cenicero, don Ángel Alonso Aguado, vecino de Ezcaray, y Juan Manuel Hernáez Barrio, vecino de Huerta de Abajo (AHPL: Julián Caballero. Leg. 9461. Fols. 146-147).

[14] AHPL: Julián Caballero. Leg. 2473. Fols. 91-98 vº.

[15] El capital lo aportaba don Tiburcio Barbadillo, vecino de Ezcaray, como poderista de su tío, prebendado en la santa iglesia metropolitana de la ciudad de los Reyes (Lima), al 3%. El matrimonio recibía los 1.000 ducados en 17 doblones de a ocho, nueve de a ochenta, 218 peluquines de oro, nueve pelos duros de plata y lo restante en pesetas y vellón. Para ello hipotecaban diferentes bienes, entre ellos la casa principal de la calle real de Cenicero.

[16] Testigos de ello eran Pedro Hermosilla, Antonio de Frías e Ignacio Esteban, vecinos de Cenicero.  Lógicamente, esa concesión de poder iba acompañada de la consiguiente introducción a manera de resumen de los hechos (AHPL: Julián Caballero. Leg. 9462. Fols. 177-178 vº).

[17] Testigos de ello eran don Manuel Antonio de Castro, don Bonifacio Gutiérrez de San Pedro y don Manuel de Menoyo, vecinos de Ezcaray (AHPL: Agustín Antonio de Melo. Leg. 9160. Fols. 56-57).