Como ya he comentado en artículos anteriores, la presencia de cruceros-humilladeros extramuros de las poblaciones y en una encrucijada de caminos no sólo tenía una fuerte carga simbológica y devocional, sino que servía también de algún modo para confirmar visualmente la presencia activa de la autoridad municipal. Es decir, para dar a conocer en definitiva que un pueblo estaba vivo y que en su territorio jurisdiccional se cumplía por encima de todo con la legalidad establecida. Sin olvidar tampoco que los niños que se tenían fuera del matrimonio eran abandonados aquí, aprovechando las sombras de la noche y un solitario paraje, para que algún agricultor, sorprendido por sus llantos, lo recogiera de madrugada mientras iba a trabajar acompañado de sus caballerías…

A grandes rasgos estos cruceros-humilladeros se prodigaron en especial desde finales del siglo XV hasta bien entrado el siglo XVII y consistían en unas escalinatas sobre las que se disponía una columna y sobre ella una cruz, también de piedra, con su correspondiente manzana o macolla, decoradas habitualmente ambas piezas por la típica imaginería que puede lucir el guión o cruz procesional que se guarda en cualquier sacristía de nuestras iglesias: Crucificado en el anverso de la Cruz, Virgen en el reverso y, en determinadas circunstancias, algunos santos contorneando la manzana en función de distintos intereses. Entre ellos los económicos. Y, protegiendo esa columna de los agentes atmosféricos, una estructura de planta cuadrangular con contrafuertes en los esquinazos articulada por amplios arcos y provista de bóveda nervada o de arista y tejado a cuatro vertientes. 

De forma que ese crucero-humilladero de carácter semirreligioso y semimunicipal se convertía por su especial diseño en un pequeño templete concebido para permanecer siempre abierto y, en determinados casos, hacer también las veces de refugio para incitar a los que por allí pasaban a pararse y rezar una oración. Del mismo modo, tenemos igualmente constancia de la transformación que sufrieron algunos de estos templetes para ser utilizados como auténticas ermitas con su correspondiente sacristía incorporada, tal ocurre con la de Santa Ana de Murillo de Río Leza, en cuyo interior se conservan todavía todos los elementos que conformaban el viejo crucero de la última parte del siglo XVI: la cruz de sillería embutida en un ventanal y la columna que le servía de soporte en uno de los rincones. Una columna que sirve para confirmar sus vínculos municipales al presentar un relieve de cabeza humana rodeada de una soga bajo la que, en una cartela, aparece la leyenda EL LADRÓN.   

Por todo ello y sus singulares valores sería conveniente hacer un estudio detenido de todos esos cruceros-humilladeros que han conseguido sobrevivir en medio de tantos desastres urbanísticos como se han producido en estos últimos años antes de que cualquier iluminado proponga su derribo o simplemente los derribe sin dar cuenta a nadie. Total, para lo que sirven…

Ésa es la razón que me ha movido a recuperar la historia de lo que fue uno de los cruceros que tenía la villa de Cervera del Río Alhama. Era el 20 de abril de 1660 cuando los maestros de obras Juan de la Portilla Sarabia y Diego de Vidorreta, avecindados en dicha localidad, se obligaban a hacer un nuevo humilladero por 3.600 reales, ya que el anterior se había arruinado, “en el sitio y lugar que antes estaba” conforme a la traza que previamente le había encargado el Ayuntamiento al primero de ellos. Y, aunque en unos primeros momentos se había planteado de 20 pies en cuadro, en esos instantes los comitentes consideraban que era mucho mejor ampliarlo hasta los 24, cerrando a continuación toda la estructura con una puerta de fusta con dos medias hojas y el tercio del medio de balaustres de hierro con el fin de que, a través de ellos, se pudiera ver siempre su interior [1].

El planteamiento que estos dos canteros se obligaban a seguir era muy sencillo: aderezar la figura de Cristo Crucificado que estaba en el pilar de alabastro del anterior humilladero y hacer un escudo de piedra con las armas de la villa de dos tercias de ancho y una vara de alto para colocarlo sobre la puerta. No obstante, al estar el Concejo excesivamente endeudado y carecer de fondos suficientes para pagar a los canteros, este proyecto no tendría más remedio que esperar doce años más. Así, era el 5 de marzo de 1672 cuando el Concejo se volvía a plantear la reedificación de «la cassa y puesto santo del humilladero y Crucifixo que tenía a la salida de la dicha uilla en el barrio de Señora Santa Ana». Paralelamente, y comoquiera que la capilla de la Vera Cruz de la iglesia parroquial de San Gil era tan pequeña que no podía albergar los Pasos de Semana Santa “y otras ynsignias” se quería aprovechar para “creçerla y aumentarla”, por lo que se acordaba llevar a cabo ambos proyectos a la mayor prontitud utilizando los fondos que había en el Arca de Misericordia [2]… Es decir, lo mismo que se volvía a repetir el 5 de marzo de 1673 como prueba inequívoca de las dificultades económicas que atravesaba la población [3].

 

 

[1] AHPL: Martín Ortiz de Zuasti. Leg. 5914. Fols. 76-77.

[2] AHPL: Pedro Moreno. Leg. 5934. Fols. 35-39.

[3] AHPL: Pedro Moreno. Leg. 5935. Fols. 176-176 vº