Para que no resulte confuso conviene aclarar desde un principio y a modo de preámbulo que no se trata aquí, según este título, de comentar algo relacionado con el compañero de Robinson Crusoe en la solitaria isla donde le tocó vivir tras el naufragio que sufrió cuando se dirigía a Guinea en busca de un cargamento de esclavos. Y es que, por si nadie se había dado cuenta hasta ahora, ese nativo se llamaba Friday (Viernes) y, además, era Black (Negro), que es como suelen llamar habitualmente los arios a todos aquellos que no tienen unos orígenes caucásicos y la piel sonrosada como la de un melocotón blanquillo del valle del Iregua.

Hubo un tiempo en que los Reyes, en un gesto de gran inteligencia, concedían a algunas poblaciones la prerrogativa de celebrar una o varias ferias anuales con el fin de reactivar su economía, fomentar de algún modo el desarrollo de la artesanía y, en definitiva, fijar población. Pero eso era antes, cuando esos malvados reyes absolutistas tenían la sana virtud de rodearse de buenos consejeros para hacer que la sociedad progresara, que sus súbditos llevaran una vida mejor y que las naciones respetaran nuestros derechos y, por supuesto, nuestras fronteras. Había, incluso, hasta iniciativas para asumir retos imposibles, ilusiones desbordadas de cara al futuro y una de las mejores administraciones del mundo, por no decir la mejor. Pero eso era antes, ya que ahora, en lugar de reivindicar esas abigarradas ferias en fechas señaladas y recuperar así nuestras tradiciones y fueros nos hemos decantado por recurrir a inventos o imposiciones que nos vienen de fuera y que poco a poco nos van alterando las meninges casi sin darnos cuenta.

Es probable que nadie sepa, por ejemplo, cuántos santos patronos tiene Logroño (¡qué chorra más da!), por qué Australia o las Islas Filipinas se llaman así o cuáles eran los ritos que se seguían en nuestros pueblos la noche de difuntos, cuando se aprovechaban los grandes pepinos amarillos que se habían dejado en la mata para simiente con el fin de vaciar su interior, abrir en su piel con el cuchillo unos ojos triangulares y la consiguiente boca y meter en el hueco que quedaba una vela con el único propósito de “asustar” a nuestros mayores cuando éstos subían por las escaleras y se encontraban en el descansillo con una de esas ingenuas y parpadeantes “calaveras” cuquis. Halloween, lamentablemente, ha venido para quedarse y al don Juan mujeriego y vitalista de Zorrilla que veíamos todos los años actuando en televisión lo ha castrado la Irene Montero y no ha tenido otro remedio que emigrar a Yankilandia para aprender la receta del pavo al horno que los gringos consumen en masa en el Thanksgiving Day (Día de Acción de Gracias) y ejercer luego de cocinero y no de castigador impenitente una vez regresado de nuevo a España. Porque todo hace suponer que en cuestión de muy poco tiempo, si no de horas, pronto imitaremos también tan fausto acontecimiento…

Las ferias concedidas por la Reina Juana (cuya figura sería conveniente recuperar y dejar de insultarla con el calificativo de La Loca), los Reyes Católicos y luego una larga lista de monarcas Austrias y Borbones se han convertido hoy por arte de birlibirloque en el anodino Black Friday y lo que antes eran tenderetes callejeros con diversas mercancías se rotulan con nombres bárbaros, si bien afortunadamente aún queda la América hispana para mantener vivo un lenguaje cargado de bellos matices donde, como prueba de la inteligencia de los que allí habitan, la señal de Stop se sustituye sutilmente por la de Pare. Nada mejor que escuchar a un hablante hispanoamericano articular unas frases tan melodiosas y utilizar como algo normal una gran riqueza de vocabulario para comunicarse teniendo como trasfondo la tenue cadencia de un escenario canario.

Ningún niño que yo conozca ha visto nunca un reno al natural, pero sabemos que cuando llega la Navidad todas las calles de Logroño, especialmente El Espolón, se inundan de rebaños y rebaños de esos animales mientras un personaje tan cursi como Papa Noel, de barba blanca y barrigudo, se desliza suavemente con su brillante trineo ecológico y solidario sobre la alfombra de nieve de la Calle Laurel para convencer a todo el mundo de que el protagonista incuestionable de la Navidad es él y no ese Niño consentido que por simple capricho personal quiso nacer en un pesebre cuando podía haberlo hecho perfectamente en un hotel de cinco estrellas de ocho puntas de las de antes, que eso sí que era un verdadero lujo. Más aún cuando al calor de ese nacimiento aparecieron por el pesebre unos odiosos Reyes (en este caso Magos) de cuerpo enjuto y venidos de lejanas tierras de Oriente que, a instancias de algunos abuelos españoles, quisieron hacerse inmortales a partir de entonces para poder visitar anualmente todos los pueblos de nuestra península trayendo regalos, y sobre todo ilusiones, a los más pequeños.

Papa Noel, anunciando la Coca-Cola, supone la modernidad y dentro de poco abandonará el trineo para sustituirlo por un patinete eléctrico, siempre mucho más cómodo, y no esos periclitados Reyes que viajan a lomos de camello a los que habría que tirar definitivamente a las heladas aguas del Ebro por vestir de forma tan ostentosa como capitalista en estos momentos de tribulaciones económicas. Y es que nada mejor que el árbol de Navidad venido de lejanas tierras y cargado de abundantes presentes para seguir nuestras tradiciones y no esos Reyes Magos a los que les gusta el morapio y más agarrados que fray Oriol Junqueras bailando una sardana. Porque hay que ser atrevido para trepar de ventana en ventana en invierno y beberse a toda prisa y sin parar las copas de brandy que unos padres de familia agradecidos han dejado junto a la puerta de entrada de cada casa para agasajarles. Tanto esfuerzo, además, para traer a los de nuestra generación si acaso un par de naranjas y a lo sumo unas pocas monedas de chocolate, que ya hay que ser tacaño…

Los gringos no sólo nos arrebataron Cuba, Puerto Rico o las Filipinas haciendo gala de ser unos demócratas convencidos, ya que con ello lo único que pretendían era ayudarnos, sino que poco a poco van distorsionando nuestras costumbres y, lo que es peor, nuestro idioma. Aunque para esto último tendrán que hablar primero con los golpistas de Cataluña para ver si se lo autorizan, ya que sólo ellos disponen de la oportuna licencia para ostentar tan lucrativo monopolio.

Imagen: Robinson Crusoe and His Man Friday. John Charles Dollman (1851-1934)