Basta con manejar unas sencillas claves para deducir que la familia Heredia fue una de las más ilustres y poderosas de Navarrete. A algunos de sus miembros, por ejemplo, he hecho ya alusión en publicaciones anteriores tratando de resaltar por encima de todo el talante sumamente generoso del que siempre hicieron gala, como bien se deja conocer en significativas obras de arte que hoy se guardan en la siempre encantadora iglesia parroquial de dicha localidad [1].

Hasta hace muy poco tiempo tan sólo aún se mantenía en pie la casa solariega que los Heredia tenían en Navarrete. Y lo cierto es que no hubiera costado mucho recuperar su viejo esplendor. Aunque, más que casa solariega, se trataba de hecho de un palacete cuya fachada de ladrillo aparecía flanqueada por sendas torres de sabor escurialense que imprimían al conjunto un aire de fortificación. Torres que lucían en lo alto, como símbolos orgullosos del linaje familiar, los escudos heráldicos correspondientes a las dos ramas del entonces comitente: los González y los Heredia. Lamentablemente, y a pesar de que toda la estructura del edificio seguía manteniendo su solidez original e incluso aguantaba con dignidad el paso del tiempo y las consecuencias de largos años de desidia, su incomprensible derribo con el aval de las autoridades locales y regionales ha hecho desaparecer para siempre una página más de la historia colectiva.

Algo relativamente frecuente (por no decir lógico) en una sociedad amodorrada, pasota y sin objetivos culturales que no sean la gastronomía…

Es lo que ocurrirá, de no poner pronto remedio, con el también llamado Palacio Heredia de Cenicero, una más de las muchas posesiones que ese tronco familiar de Navarrete tenía salpicadas por toda la zona.

Situado este último “a la vista del río Ebro en el pretil que llaman de San Rroque con su cueua, lagos y otras posesiones de corrales y aderidos”, de él no queda en la actualidad sino la fachada de piedra de sillería presidida por dos significativos escudos que lleva con claridad la impronta de las obras realizadas por Bernardino Ruiz de Azcárraga y su yerno José de Arigita. Consta documentalmente que en marzo de 1740 el estado de conservación de la casa que allí se levantaba entonces era deplorable, habida cuenta de que su propietario don Simón Díez y Heredia residía en su casa fuerte de Navarrete y le prestaba escasa atención por entender que su misma posesión era una verdadera carga. En tales circunstancias, estando descubierta y tan maltratada, don Simón Díez y Heredia llegaba a un acuerdo con el maestro cantero José de Arigita para que este último se ocupara de arreglarla por su cuenta a condición de dejársela habitar gratis durante nueve años. De ahí que el día 25 de ese mismo mes y año firmaran la correspondiente escritura por la que José de Arigita recibiría “la libre auitación de dicha cassa y seruidumbre de ttodo lo que en (e)lla y sus perttenecidos hiciere por la distancia de nueue años” a contar desde esa fecha mágica que era San Juan de junio [2].

En este sentido, los trabajos a realizar eran notables, habida cuenta de que lo primero que había que hacer era derribar por completo la casa en estado ruinoso y, una vez limpio el terreno, levantar otra nueva en su lugar dotándola de una atractiva fachada de piedra de sillería en la que se pudieran integrar los dos escudos familiares existentes en la anterior. Aunque, eso sí, con el cuidado suficiente como para no perjudicar la propiedad de don Alejandro de Ceniceros, vecino de Nájera, con la que lindaba al norte, haciendo al mismo tiempo todo lo posible por respetar el medianil y los lagos que allí había. Y es que no hay que olvidar que, al igual que ocurre en tantas y tantas viviendas riojanas de la época, las casas de un cierto nivel solían tener una cueva-bodega, un “sereno” anejo protegido por la consiguiente tejavana donde había uno o varios lagos de piedra de sillería y un estratégico espacio para situar la prensa de estrujar y trujalar la uva que, en la mayoría de los casos, servía asimismo para obtener aceite en los meses de invierno, pues no conviene olvidar que eran muchos los olivos que por entonces había en el término de Cenicero, muchos de ellos dentro de las propias viñas…

Por la lista de condiciones elaborada para la ocasión sabemos que el objetivo que se perseguía era muy sencillo: hacer de la nueva casa un lugar seguro y habitable sin mayores pretensiones. No obstante, estoy totalmente convencido de que don Simón Díez y Heredia no dejaría pasar la oportunidad para replantearse el proyecto y llegar a soluciones mucho más ambiciosas formalmente. Es decir, aprovechar la circunstancia para construir un palacete en toda regla, como correspondía a sus ilustres orígenes. Fruto de lo cual sería una fachada muy consecuente con los gustos del maestro de obras de cantería Bernardino Ruiz de Azcárraga y su círculo de colaboradores [3].

Así parece confirmarse de una escritura de fecha 6 de febrero de 1750, es decir, superados los nueve años de plazo, por la que José de Arigita, dando como fiadores a José de Olavarrieta y a José González la Estrella, se comprometía a terminar definitivamente los trabajos en la casa para el mes de abril pagando la renta correspondiente [4].

El planteamiento que ofrece la fachada de sillería es de hecho muy elocuente y mantiene con toda claridad sus raíces clasicistas. Sobre un saliente y protector zócalo el conjunto, encuadrado por pilastras en los extremos, se articula en dos plantas separadas por imposta de placa y se remata por otra más sobre la que apoyaba en origen el rafe del tejado materializado en una bella sucesión de canes labrados. Con puerta de acceso adintelada y provista de moldura de placa en orejas reforzando las líneas, está flanqueada por sendas ventanas cuadrangulares de la misma naturaleza. Es decir, un planteamiento muy sencillo que se repite en el piso principal en cuanto a forma y número de huecos. Unos huecos que sirven para adivinar cómo era la compartimentación interior del edificio, condicionado por una escalera central sobre la que se disponía una cúpula de media naranja. Ahora bien, hay aquí una diferencia sustancial, ya que es ese balcón el que concentra todos los afanes decorativos propios de mediados del siglo XVIII y muy consecuentes con los gustos de Bernardino Ruiz de Azcárraga, heredados de su padre Agustín y, a través de él, también de Juan Bautista Arbaizar. De ahí la forma de organizar el mensulón de elementos vegetales que, partiendo su vértice de la clave de la puerta de entrada y abriéndose en abanico, se proyecta hacia afuera para formar un sólido apoyo. Pero sobre todo por la moldura baquetonada mixtilínea en la que, a través de la estrella de ocho puntas situada en lo alto, hay un guiño a esos orígenes. Aparte, naturalmente, de los dos escudos de armas reaprovechados de la estructura anterior que sirven no sólo para hacer ostensible algo tan definitivo como el linaje, sino para aportar una nota ornamental más a tan elegante fachada…

La propia casa que Bernardino Ruiz de Azcárraga construiría luego en una estratégica esquina de Cenicero como residencia familiar y que sirvió de aval en 1782 para afrontar el pleito que por incumplimiento de contrato había promovido contra él el beneficiado don Clemente Cantabrana en nombre de don José Barbadillo y Frías, canónigo en la ciudad de Lima (El Perú), a propósito del palacete que le estaba edificando en la Plaza de la Verdura de Ezcaray es todo un tratado de arquitectura no tanto por sus bellas y estudiadas soluciones sino por los elementos personales que, a modo de firma, anidan en su fachada: leyenda sobre la puerta, motivos heráldicos instrumentalizados en claves como elemento sustancial del diseño general [5]… Es de algún modo un planteamiento similar al que también ofrece la llamada Casa de las Monjas, situada a muy corta distancia de la anterior y obra incuestionable de Bernardino Ruiz de Azcárraga.

Sirvan, pues, estas líneas para hacer una llamada de atención a las autoridades locales y regionales urgiéndoles a recuperar con la mayor dignidad posible el que fuera Palacio Heredia en Cenicero.

Eso sí, sin necesidad de emplear en su fachada procedimientos tan abrasivos como el chorro de arena o las proyecciones de agua, ya que, de ser así, es preferible que esas piedras de sillería perezcan por muerte natural y acaben siendo devoradas para siempre por la siempre hambrienta Historia. Triste Historia la de la gastronomía cultural.      

Fachada del Palacio Heredia en Cenicero.



 
Escudo familiar


 

Nº 1

1740, marzo, 25, Cenicero CONDICIONES QUE SE OBLIGA A SEGUIR EL MAESTRO CANTERO JOSÉ DE ARIGITA, VECINO DE CENICERO, PARA REEDIFICAR EL LLAMADO PALACIO HEREDIA. AHPL: José de Santaiana Caballero. Leg. 8923. Fols. 11-12 vº.    

  1. Lo primero que ha de reuajar y demoler las paredes de dicha cassa hasta dejarla en disposición de poderle echar dos suelos, los que le ha de echar nueuos con sus bóbedas dejando su sala y cocina buenas cubriendo la referida casa y echándole tejado nueuo, todo a sattisfacción de dicho don Simón Díez.
  2. Ytten que la pared que se caió que cae a el lado y frente de la casa del Marqués de Lapilla y enttrada de la cueua la ha de demoler hasta llegar a fundar el medianil en cimientto seguro y sin peligro. Y dicho medianil lo ha de bolber a leuanttar con buenas peñas y passaderas con varro, de forma que quede con toda seguridad y firmeza. Y, echo que sea, se ha de reuocar todo con buena cal para que de este modo quede defendido de las aguas.
  3. Ytten que las dos esquinas de la vnión y enlace del mencionado medianil han de ser de buena piedra crecida asenttada con buena mezcla de cal y arena, de forma que queden bien ligadas y seguras con la pared de dicho medianil.
  4. Ytten que las venttanas de la cassa la que está quebrantada la ha de deshacer bolbiéndola a poner en forma que quede asegurada y vnidas sus molduras ejecutando lo mismo con la otra, de modo que no les quede fealdad alguna.
  5. Ytten que ha de recalzar los cimienttos de dicha cassa que tubieren nezessidad sacando todas las piedras que estubieren molidas y mettiéndole los tizones que fueren precisos para su afianzo y seguridad, los que han de ser de buena piedra de grano. Adbirttiendo que las paredes de la dicha cassa sólo han de quedar en veintte pies de altura, los diez para el portal y los otros diez para la sala y cocina. Y dicha sala la ha de ladrillar y lucir con buen hieso blanco. Y la cocina la ha de jarrear y ladrillar. Y, si hiciere en dichos nueue años algún quartto en la dicha cassa, lo ha de lucir y echo en ttoda ella venttanas y puerttas nueuas decentes de pino sin paneles. Y que las aguas del tejado de la dicha cassa se han de echar a la calle principal .
  6. Ytten que el sitio que está descubiertto encima de la enttrada de la puerta de la cueua que cae a la riuera de Ebro se le ha de poner su tejado nueuo con toda seguridad. Y ha de correr hasta el cimiento y pared de arriua para que quede vn pajar de veintte pies en quadro. Y el pattio de dicha enttrada de la cueua, el que también ha de quedar cubierto y libre y desembarazado para entrar en dicha cueua.
  7. Ytten que ha de hacer vn cimiento o pared de manpostería desde la esquina primera hasta que llegue a vnirse con la mencionada cassa leuantándolo hasta ocho pies o lo que pareciere combenientte para la seguridad de todo ello.


[1] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La iglesia de Navarrete. Oyón (Álava), 1988.
RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M. (edición, prólogo y notas), Historia de la villa de Navarrete. Logroño, 1990.
RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Navarrete. Su historia y sus monumentos. Logroño, 2006.

[2] José de Arigita se quedaba con todos los despojos del derribo y con 24 pies de tierra del sitio que había detrás de los lagos.

[3] Vid. doc. nº 1.

[4] AHPL: José de Santaiana Caballero. Leg. 8924. Fols. 4-4 vº.

[5] Todo indica que Bernardino Ruiz de Azcárraga, casado con Ángela de Osa y Cuesta, construiría esta casa para vivienda familiar en el solar que ocupaba previamente la casa de su suegro el maestro carpintero y cubero Juan de Osa. Esta última medía 8 varas de ancho, 21 de largo y 8 de alto y a mediados del siglo XVIII lindaba al norte con la calle real, al este con la calleja y al oeste con la vivienda de Pedro Lagunilla. Contaba con su propia cueva de 560 cántaras de cabida y un lago para acoger 95 cargas.