Cierto es que la pequeña localidad de Robres del Castillo pasa desapercibida en la actualidad para la gran mayoría de riojanos al igual que sus antiguas y vacías aldeas (Buzarra, Dehesillas, Oliván, Santa Marina, San Vicente y Valtrujal). Y es que su escasa población y unos accesos incómodos podrían suponer en principio una gran desventaja de cara a despertar el interés de cualquier turista ocasional, si bien hay que hacer notar que el enclave aún conserva suficientes alicientes como para deducir la gran importancia que tuvo durante la Baja Edad Media, entre ellos los restos de lo que fue una fortaleza con su torre del homenaje.

Articulado el casco urbano en dos barrios complementarios separados físicamente entre sí por el curso del río Leza, aunque comunicados por un puente de un solo y amplio ojo de medio punto que parece construido en el siglo XVI, cada uno de esos barrios se configura en torno a su propia iglesia parroquial: la de Santa María, situada en alto y actualmente en ruinas (levantada en el siglo XIII y ampliada a comienzos del siglo XVI, que fue cuando le añadieron una cabecera), y la de San Miguel en una cota más baja (fabricada a partir de finales del siglo XII, continuada en gótico y ampliada asimismo a finales del siglo XVI, que fue cuando le incorporaron una capilla mayor tomando como referencia las obras que se estaban desarrollando por entonces en la iglesia parroquial de Murillo de Río Leza) [1]. Son simples referencias que, entre otras cosas, ayudan a comprender el auge que cobró la villa en tiempos tan optimistas como los de los primeros Austrias.

Es una pena, por ejemplo, que de la iglesia de Santa María no se hayan conservado las bellas obras que embellecían su interior, entre ellas su retablo mayor, planteado a base de tablas pintadas que se encargarían con toda seguridad a comienzos del siglo XVI al denominado maestro de Torremuña justo después de concluirse los trabajos de la cabecera del templo. Se seguía así la tónica de otras localidades de la sierra condicionadas por la economía, ya que los retablos de pincel eran mucho más baratos que los de imaginería. Ahora bien, consta que en 1587 el humo de las velas y otros factores ambientales habían perjudicado de tal forma el retablo que se hacía preciso intervenir en él para infundirle nuevos bríos estéticos. El decoro en la liturgia propiciado por el Concilio de Trento y una nueva catequesis hubieran llevado necesariamente a la construcción de un nuevo retablo de acuerdo con las corrientes romanistas en boga, pero la falta de dinero de la iglesia para acometer una empresa tan cara daría como resultado más a propósito un simple lavado de cara del ya existente.

En los primeros meses de ese año, el procurador Diego Ruiz de Eguinoa en nombre de la fábrica y mayordomos de Robres daba cuenta de que “en el rretablo de la dicha yglesia se hiço çierto rremiendo de fusta, que son vnas molduras, ques goarnyçión de tableros questán ya pintados. Y las dichas molduras conbiene se doren para que correspondan con el rretablo y es obra de poca cantidad”. De ahí que solicitara el oportuno permiso a las autoridades eclesiásticas con el fin de proceder a acometer esa actuación. Pocos días más tarde el licenciado Oteo Angulo, gobernador, provisor y vicario general por el Obispo don Juan Ochoa de Salazar concedía licencia para que “puedan azer dorar y estofar la guarniçión del rretablo de la yglesia de Nuestra Señora de la dicha villa de Robres al maestro o maestros que en más vtilidad e prouecho de la dicha yglesia lo agan”.  

Tan sólo era cuestión, por tanto, de establecer contacto con profesionales de confianza que garantizaran a priori dicho proceso. Así, era el 15 de marzo de 1587 cuando, tras la autorización preceptiva del Obispado firmada de Miguel de Medina,  Diego Vicente, en nombre del Cabildo de la iglesia de Santa María de Robres, y el mayordomo Diego la Torre, morador en la aldea de Valtrujal, encomendaban formalmente al pintor Juan de Bustamante, vecino de Herce que se había trasladado hasta Robres para la ocasión, el “azer de pintura y dorado y estofado las guarniziones y molduras de los tableros de pinzel del rretablo de Nuestra Señora y varnizar los tableros questán de antes fechos, lo qual lo a de azer con toda la vrevedad que convenga”.

Todo ello a vista de peritos en el arte de pintura nombrados por cada una de las partes y, en caso de no llegar a un acuerdo sobre calidades y precios, la designación formal e inapelable de un tercer tasador [2].

Firma de Juan de Bustamante

La noticia es en sí mismo importante, ya que nos suministra el nombre de un pintor-dorador desconocido hasta la fecha que puede servir para perfilar algunos detalles, todavía oscuros, del panorama artístico riojano en esa fértil etapa romanista. Pero su apellido, asociado a su lugar de vecindad, es más que suficiente para deducir que se trata del hijo del pintor Pedro de Bustamante, el mismo que décadas antes se adjudicaba la realización del retablo mayor de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Palacio de Logroño para terminar traspasándolo luego al imaginero Arnao de Bruselas (contra el que promovería pleito por sentirse muy perjudicado en esa cesión), el que también se encargaría de pintar el retablo mayor de la iglesia parroquial de Herce, un par de tablas apaisadas para el banco del retablo mayor de Torremuña aprovechando la intervención a la que estaba siendo sometida toda su estructura (hoy en el Museo de La Rioja), el de Zarzosa (hoy trasladado a la iglesia de Santa Teresita de Logroño) o el de Vadillos [3]…

Imagen destacada: Ruinas de la ermita de Santa Maria en Robres del Castillo, La Rioja. (Wikipedia)



[1] El 15 de noviembre de 1584 el cantero Juan de Aguirre daba poder en Logroño a Juan Perez de Zaldúa, vecino de Murillo de Río Leza, para cobrar de María de Amalla, viuda de maese Juan de Larrarte y vecina de Amasa, lo correspondiente a los cuatro días en “que me hocupé en la tassaçión de la obra de la yglesia de señor San Miguel de la villa de Robres” (AHPL: Alonso Martínez de León. Leg. 537. Fol. 863 vº).

[2] A Juan de Bustamante se le pagaría su trabajo con las rentas de la iglesia únicamente (AHPL: Francisco de Anderica. Leg. 9652. Fols. 107-108 vº).

[3] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La evolución del retablo en La Rioja. Retablos mayores. Logroño, 2009.