Cuando el 9 de noviembre de 1548 el Visitador Juan Pérez de Golermo tomaba las cuentas parroquiales a los mayordomos de fábrica, en esos mismos momentos ya se hacía constar que los dineros de la primicia se venían entregando con regularidad al cantero Lope de Marquina, fallecido por entonces, a cuenta de la obra que había hecho en la iglesia. Una obra que se terminaba definitivamente de pagar en el verano de 1553, en que se daban 3.430 maravedís a su hijo y heredero Pedro de Marquina, que ejercía como cura en Arnedillo.

A juzgar por las referencias de los Libros de Fábrica, todo indica que la labor de Lope de Marquina consistiría en hacer un templo de moderadas dimensiones para una localidad de escaso vecindario o, más bien, dejar definida una capilla mayor para, en una segunda etapa, añadirle un par de tramos más y aumentar de ese modo sus posibilidades espaciales. Sea como fuere, lo cierto es que el primer embrión alumbrado por este cantero ofrecía las suficientes comodidades a mediados del siglo XVI como para permitir a sus administradores emprender de inmediato otras aventuras en  beneficio de un mayor decoro de la liturgia: realización de cantorales e importantes piezas de orfebrería así como ropas de sacristía, encargadas todas ellas a artistas de acreditada solvencia. Es así como poco después se encomendaba la fábrica del retablo mayor al imaginero Simeón de Cambrai, un artista que, formado en su juventud de acuerdo con los ideales renacentistas no exentos de elementos arcaizantes, se verá obligado a evolucionar en muy poco tiempo hacia soluciones más acordes con el manierismo de movimiento impulsado en tierras riojanas por Arnao de Bruselas y su equipo de colaboradores. Pero, al carecer del genio creativo de este último y con tremendas limitaciones para acomodarse a las circunstancias del mercado, su obra incurrirá en graves e ingenuos errores de credibilidad, lo que le obligará paralelamente a hacer de Cameros y de las zonas altas de la sierra su principal teatro de operaciones, incapaz de competir en el valle con la finura y elegancia de Arnao de Bruselas y su taller. De ahí su aparición por Lumbreras, Almarza y tantos otros lugares secundarios más…

En este ambiente era el 30 de agosto de 1567 cuando el licenciado Mazón, Provisor y Visitador General de la Diócesis, mandaba a los administradores del templo que en el plazo de 20 días procedieran a nombrar los tasadores de este retablo ya finalizado y a averiguar cuentas de los dineros que hasta la fecha había cobrado el maestro encargado de fabricarlo con el fin de evitar cualquier malentendido. El caso es que el 14 de septiembre de ese mismo año Simeón de Cambrai firmaba carta de pago por la que confesaba haber recibido hasta la fecha la suma de 118.841 maravedís, por lo que aún le quedaban pendientes de cobro otras abultadas cantidades.

El hecho de que el escultor Pedro de Arbulo, discípulo cualificado de Arnao de Bruselas y uno de los impulsores del romanismo en tierras riojanas, fuera uno de los tasadores de este conjunto, cobrando por su peritación 9 ducados y 5 reales (3.545 maravedís), da pie para plantear toda una serie de evidencias que de momento quisiera obviar aquí1.

El caso es que cuando todo parecía sonreir a los vecinos de Ajamil, orgullosos como estaban de que su iglesia contara con un nutrido y valioso patrimonio, las cosas empezaron a complicarse: uno de los estribos o contrafuertes del testero y su correspondiente pilar interior habían fallado y esa quiebra amenazaba con arruinar la iglesia si no se tomaban medidas urgentes. Es así como el 4 de noviembre de 1571, en los umbrales del invierno, el licenciado Mazón, Visitador General, incidía en la necesidad de reforzar la cimentación de esa zona en precario empleando para ello todos los dineros disponibles, con lo cual mandaba suspender momentáneamente cualquier pago que hubiera pendiente con el imaginero Simeón de Cambrai. Por encima de cualquier otra consideración, lo importante era salvar como fuere toda la capilla mayor.

El encargado de rehacer el estribo y pilar por 16.000 maravedís sería el cantero Pedro Solórzano Otero después de que Hernando de Otero actuara sobre los cimientos. Años después Martín Sebastián, vecino de Arnedillo, pintaba y doraba el relicario del retablo mayor al mismo tiempo que la iglesia se enriquecía con ilusionantes encargos y adquisiciones…

En 1586 el cantero Juan de Pamames se ocupaba de levantar una sencilla torre y de configurar la explanada del antiguo cementerio junto a la iglesia, obras que fueron tasadas por Domingo de Aróstegui y que se verían envueltas en un sonado pleito por discrepancias económicas que sirven para aportar el elemento anecdótico a este proceso constructivo. Poco a poco, pues, el templo iba configurándose y haciéndose cada vez más atractivo como casa y cementerio común de todo el vecindario. Tan es así que a comienzos de la última década del siglo XVI se encargaba a Martín Sebastián el dorado del retablo mayor y al cantero Domingo de Aróstegui la adecuación de los tramos o capillas y sus consiguientes cubiertas que iban a dar a la iglesia su forma definitiva. Sin olvidar que es entonces cuando se acomodan varias campanas a esa primera torre.

Nada, pues, hacía presagiar ningún serio contratiempo. No obstante, en la visita girada por el licenciado Muñatones con fecha 7 de agosto de 1600 se incidía expresamente en que la iglesia estaba amenazando ruina y en peligro de caerse, por lo que consideraba oportuno que se hiciera una nueva en otro lugar más a propósito mientras se desmontaba el retablo mayor y se llevaba temporalmente el Santísimo a la ermita de San Miguel. La situación era francamente grave, circunstancia por la que se encomendaron trazas y condiciones de la nueva iglesia a un cantero no muy alejado del entorno de Juan de la Riva, pues sabemos que fue este último quien se hizo cargo de las obras desde un primer momento con arreglo a criterios clasicistas mientras Antonio de Vidijalbo, vecino de Arnedillo, desmontaba el retablo mayor y lo ponía a buen  recaudo2.

Vista general de Ajamil en 1973
Vista general de Ajamil en 1973.

La colaboración de Juan de la Riva (tan unido por lazos profesionales a un experimentado Juan Sáenz de Olate y a un joven Pedro de Aguilera y tan consecuente con el lenguaje clasicista que hacía del monasterio de El Escorial el principal referente) con el carpintero de armar Domingo de Arandia en seguida daría sus frutos, como muy bien pudieron comprobar los canteros Francisco de Odriozola y Miguel de Escarza cuando acudieron hasta Ajamil para tasar las obras. Y es que por razones económicas se había descartado la idea de levantar el templo en un lugar más cómodo, tal y como  había apuntado el Visitador General, ya que, a juicio de los expertos, podía reaprovecharse el viejo testero en la nueva obra.

Para 1612 la salud de Juan de la Riva era preocupante, razón por la que su  colega Pedro de San Miguel se vería en la obligación de relevarle en los trabajos. Unos trabajos que por esas fechas, y con la ayuda del carpintero de armar Martín de Arandia, iban muy avanzados. Hasta el punto de ser tasados por Francisco de Odriozola, tan unido por lazos afectivos y profesionales a Nájera y su entorno. De ahí que, ya sin peligro, Antonio de Vidijalbo seocupara entonces de montar el retablo mayor en su sitio mientras Juan Falles (llamado también Juan Fallesdega), vecino de Soria, ponía una vidriera en el ventanal de la capilla mayor tanto para que tan atractiva estructura recibiera la necesaria iluminación como para evitar la entrada de aves. No obstante, aún quedaban por acometer diferentes obras con el fin de que toda la fábrica quedara definitivamente ultimada bajo esquemas clasicistas.

Ahora bien, el fallecimiento de Juan de la Riva vendría a aportar una seria nota de incertidumbre, razón por la que su viuda Francisca Vélez de la Riva, vecina de Galizano, comparecía el 8 de noviembre de 1615 ante el alcalde de Logroño por mediación del escribano Mateo de Ayala para solicitar la tutela de los hijos del matrimonio: Diego, Juan, Francisca, María de la Riva mayor y María de la Riva joven, todos ellos menores de 14 y 25 años. Y comoquiera que en Logroño no había nadie que a efectos legales pudiera salir como fiador de dicha tutela, pedía al alcalde que librara requisitoria dirigida a las Justicias de la Junta de Ribamontán (de donde procedía la familia) y Yécora (localidad en la que Juan de la Riva había trabajado y dado pruebas más que sobradas de su solvencia) para desbloquear la situación.

Y es que la muerte de Juan de la Riva significaba que Francisca Vélez de la Riva tenía obligación de tomar bajo su directa responsabilidad los compromisos contraídos  en Ajamil y otros lugares por su difunto esposo. Es decir, que era en esos momentos la responsable directa de terminar las obras que había dejado pendientes Juan de la Riva, si bien no podía recurrir a solicitar la ayuda de Francisco del Pontón y Juan del Mazo Venero, amigos de éste, por encontrarse en la cárcel debido a unos incumplimientos profesionales.

En lo concerniente a la iglesia de Ajamil, por ejemplo, hacía constar que las obras se iban continuando y que iban muy avanzadas. Hasta el punto de estar valoradas en 2.000 ducados más de lo que había recibido en vida Juan de la Riva. Como en total había unos 3.000 ducados en juego de los que podían beneficiarse sus hijos, Francisca Vélez de la Riva pedía la liberación de los dos canteros para que le echaran una mano y que no quedaran embargados los bienes de la solicitante.

Tras los trámites de rigor y la declaración de varios testigos el 13 de ese mismo mes3, justo al día siguiente el alcalde de Logroño daba su apoyo a esta solicitud. Gracias a ello, el 20 de noviembre de ese mismo año de 1615 el cantero Pedro de Lamier, que ejercía de ermitaño en Nª Sª de Codés de Torralba del Río, salía fiador por los 4.000 ducados establecidos para asumir la fianza4.

En 1616 Juan de Olave se desplazaba hasta Ajamil para peritar en nombre de la iglesia todo lo que estaba hecho hasta entonces y había corrido a cargo de Juan de la Riva. Luego se clarificarían cuentas con Francisca Vélez de la Riva, auxiliada ésta por el cantero Juan del Mazo Venero, convertido en su hombre de confianza5.

Es en este contexto cuando el 18 de mayo de 1617 Francisca Vélez de la Riva daba carta de poder en nombre de sus hijos a Juan del Mazo Venero, vecino de Güemes, para vender en Logroño un molino en el Sotillo, junto al Ebro, con carga de pagar cada año 6 fanegas de trigo y cobrar lo que se debiere de los trabajos realizados por su difunto esposo en Lagunilla (según conocimiento firmado por él y Pedro de Zumarán, vecino de Ribafrecha) y Jalón. La carta de poder era también para reclamar a Martín de Arandia lo que había cobrado de más y para pedir a Juan de Palacio, vecino de Galizano, 4.518 reales con relación a la vereda del repartimiento para pagar el puente de Logroño que estaba obligado a hacer ante un escribano de la villa de Escalante, para demandar unas maderas que había dejado en Lapoblación y para averiguar cuentas con él.

Es así como el 1 de julio de 1617 don José Bazo, cura de San Román y sus anejas, ajustaba cuentas en Ajamil en razón de la obra hecha por Juan de la Riva y sus herederos según licencia del Visitador de fecha 2 de noviembre de 1616. Por ellas conocemos que el remate de los trabajos se hizo en su momento en Santo Domingo de la Calzada, valorándose la capilla mayor de rejola y la obra de cantería en 1.240 reales, cantidad a la que había que añadir otros 144 ducados por haberse recrecido las paredes6.

El 4 de setiembre de 1618 Francisco de Turres, en nombre de los vecinos de Ajamil, afirmaba en Logroño que el difunto Juan de la Riva había hecho la iglesia de Ajamil, por la que se le quedaban debiendo 2.733 reales7.

El 5 de noviembre de ese mismo año y por orden del Provisor don Juan de Vergara acudían hasta Ajamil Pedro del Pontón, maese Domingo y Pedro Pérez de Mureta con el fin de reconocer la iglesia hecha por el difunto Juan de la Riva y dar al mismo tiempo traza y condiciones para construir la torre. Pocos días más tarde, concretamente el 6 de diciembre, el cantero Juan del Mazo Venero, vecino de Güemes, corregimiento de Laredo, confirmaba en Nalda, donde a la sazón estaba trabajando, que la obra de la fábrica de la iglesia de Ajamil se había rematado en el cantero Juan de la Riva en 1.240 ducados más 144 ducados de prometido de lo que subió más las paredes. Después de dar los trabajos por buenos, los vecinos de Ajamil aducían que la obra no había quedado con la perfección debida de acuerdo con la escritura de concierto.

Mantenían los vecinos de Ajamil que Juan de la Riva no había planteado los cimientos según lo establecido y que tan sólo se había limitado a fundar la iglesia sobre los viejos. Por ello Juan del Mazo Venero, con comisión del Visitador y en nombre de Francisca Vélez, se desplazaba hasta Ajamil para cobrar los 248 ducados que se le habían quedado debiendo de resto de la obra a Juan de la Riva. El pueblo, sin embargo, no estaba dispuesto a pagar esa cantidad, por lo que finalmente convinieron descontar 500 reales del total de la deuda: así, Juan del Mazo Venero no tenía otro remedio que confesar haber recibido 808 reales en mano, a la vez que llegaba a un pacto para el cobro de la restante cantidad8.

Retablo Mayor
Retablo Mayor.

Pero la iglesia seguía necesitando con urgencia de diferentes actuaciones. Y es ahí donde el prestigioso cantero Pedro de Aguilera, residente en Navarrete, tendrá su protagonismo, tanto para levantar la torre definitiva, situándola a los pies de la nave del lado del Evangelio con el fin de que su base sirviera de baptisterio, como para dejar definida la sacristía y otros detalles estructurales más. Y si bien es cierto que la sencilla torre de sección cuadrada y articulada en dos cuerpos acabaría dando algunos problemas de estabilidad allá por 1647, no es menos cierto que estos pudieron ser resueltos dentro de un ambiente de absoluta normalidad. Luego, en 1702, Juan Bruel, vecino de Logroño, se ocuparía de hacer el coro a los pies del templo sobre bóveda de lunetos y de lucir y blanquear todas las superficies interiores…

Es a partir de esta actuación cuando una verdadera fiebre constructiva se apodera de los responsables de la iglesia de Ajamil tratando de llenar sus espacios interiores con abundantes retablos colaterales a la vez que el retablo mayor se convertía en el principal centro de atenciones. Es así como surgen contactos con artistas de Soria, San Pedro Manrique, Calahorra, Laguna de Cameros… Se hacía de todo punto necesario abrir una ventana en el muro de poniente para que los juegos de luces resaltaran la belleza de esas piezas, algo que ocurría en 1756. Pero de esos retablos, de esos artistas y de las gentes de Ajamil que se vieron obligadas a emigrar a Madrid y Cádiz, que ocuparon cargos relevantes en la Administración y que demostraron su sensibilidad remitiendo a su pueblo natal exquisitas obras de arte hechas por consagrados profesionales ya habrá ocasión de hablar en otro momento.  

Ajamil


Ajamil


 

Nº 1

1617, julio, 1. Ajamil  

ENTREGAS AL CANTERO JUAN DE LA RIVA A CUENTA DE SUS TRABAJOS EN LA FÁBRICA DE LA IGLESIA DE AJAMIL.

Libranzas:  

  • A Juan de la Riva, 14.042 maravedís.

  • A Juan de la Riva, 60.724 maravedís.

  • A Juan de la Riva, 38.284 maravedís.

  • A Juan de la Riva, 20.060 maravedís.

  • A Juan de la Riva, 93.619 maravedís.

  • A Juan de la Riva, 12.920 maravedís.

  • A Juan de la Riva, 15.470 maravedís.

  • A Juan de la Riva, nada.

  • A Juan de la Riva, nada.

  • A Juan de la Riva, nada.

  • A Juan de la Riva, 16.694 maravedís.

  • A Juan de la Riva, 44.588 maravedís.

  • Al fustero Juan Ochoa, vecino de Ajamil, por aderezar el antepecho del coro por cuenta de Juan de la Riva, 1.428 maravedís.

  • Por la posada de Pedro de San Miguel, sustituto de Juan de la Riva, 2.940 maravedís.

  • Al carnicero por el gasto de Juan de la Riva, 510 maravedís.

  • A Juan de la Riva, 15.600 maravedís.

  • A Juan de la Riva 33.320 maravedís.

Cartas de pago por pasar:  

  • A Juan de la Riva y a Juan de San Miguel, 100 reales.

  • Al yesero Diego de Castillo 22 reales, 12 reales de clavazón y 18 reales de sacar tierra (4.998 maravedís).

  • 26 de octubre de 1612. Carta por 98 reales de 8 varas de paño a Juan de la Riva y otra más de 45 reales, 4.726 maravedís.

  • Libranza de Juan de la Riva y carta de pago de Pedro de Chavarri de 220 reales por el ladrillo que hizo para la capilla (7.400 maravedís).

  • 20 de noviembre de 1612. Pedro de San Miguel recibe 18 reales (612 maravedís).

  • 17 de noviembre de 1612. Carta de pago de Juan de la Riva por 3.400 maravedís.

  • 18 de noviembre de 1612. Carta de pago de Juan de la Riva por 680 maravedís.

  • Al cirujano Martín Sáenz por cuenta de Juan de la Riva y Juan de San Miguel, 544 maravedís.

  • 10 de noviembre de 1612. A Juan de la Riva, 3.400 maravedís.

  • 6 de agosto de 1612. A Pedro de San Miguel, 1.700 maravedís.

  • 15 de octubre de 1616. Carta de pago firmada por Juan del Mazo Venero en virtud de poder de Francisca de la Riva, 13.600 maravedís.

  • 9 de noviembre de 1617. A Juan del Mazo Venero, 680 maravedís.

  • 13 de junio de 1617. A Juan del Mazo Venero, 680 maravedís y luego otros 204 maravedís más. Todo lo cual hace un total de 424.691 maravedís. Descontado ese importe de 517.616 maravedís que montan las obras, es alcanzada la iglesia en 92.925 maravedís (2.733 reales y 3 maravedís = 248 ducados y 8 reales).



1
Ramírez Martínez, J. M., La Evolución del Retablo en La Rioja, Retablos Mayores. Logroño, 2009.

2 Por la traza y condiciones se pagaron 60 reales, lo que hace suponer que el proyecto se valoraría en 120 reales, la mitad de los cuales a cargo de la iglesia y la otra mitad del maestro encargado de las obras. De haber sido su autor Juan de la Riva, lo normal era no pasar ese gasto a la iglesia.

3 Los testigos fueron los siguientes:

  • Domingo de Juaristi, oficial de cantería vecino de Logroño de 34 años de edad, que mantenía la imposibilidad de que Francisca Vélez pudiera encontrar fiadores fiadores en Logroño.
  • Pedro de Iza, cantero residente en Logroño de 28 años de edad, afirmaba lo
  • En ese sentido se pronunciaba también Pedro de San Miguel, cantero de 36 años residente en Logroño.

Los dos primeros no sabían firmar.

4 Ese mismo día el carpintero Adrián de Huebel, de 26 años, confirmaba que Pedro de Lamier disponía  de bienes por importe de esa cantidad tanto en Torralba como en otros lugares como consecuencia de las obras de cantería y yesería que tenía hechas y en las que el propio declarante había colaborado. Todo ello era corroborado asimismo en Torralba por Lucas de Arana, de 38 años, que trabajaba en Lamier.

5 Por mandato de Juan del Mazo Venero, en 1615 se entregaban a Martín de Arandia, vizcaíno y carpintero, 32 ducados (11.868 maravedís) que Juan de la Riva le debía de los tejados que hizo en la iglesia de Ajamil y Ribafrecha según carta de pago de 15 de enero de 1617.

6 Vid. doc. nº 1.

7 De esta cantidad se habían pagado ya 700, por lo que se adeudaba a sus herederos 2.033 reales que los administradores de la iglesia de Ajamil se comprometían a pagar siempre y cuando el encargado de cobrarlos tuviera un gesto de gracia. Ese gesto de gracia se traduciría en 500 reales. De ahí que, con el beneplácito de todos, se diera licencia para formalizar el concierto definitivo, si bien luego los vecinos de Ajamil forzarían la situación con idea de no pagar una parte de lo contenido en este acuerdo.

8 AHPL: Bernabé Angulo. Leg. 1264. Fols. 303-326 vº.