En estos momentos suponemos que nadie puede dudar ya del protagonismo que tuvo Briones a lo largo de la Edad Moderna como uno de los focos artísticos más significativos de España. Su encantadora iglesia parroquial o cualquiera de sus ermitas, especialmente la del Santo Cristo o de San Juan (que por ambos nombres se conoce), reúnen suficientes muestras que sirven para contrastar una y otra vez esta realidad. Y es que no sólo aquí vivieron y echaron raíces importantes artistas con carácter definitivo, sino que en Briones se darían cita también los profesionales más solventes del territorio diocesano a lo largo del tiempo para acometer todo tipo de obras. La localidad, en concreto, siempre contó con un buen elenco de canteros (la dinastía de los Ibaibarriaga sigue aún en activo), pero es en el campo de la retablística donde especialmente se significó. Y es que no cabe ninguna duda de que la calidad humana de los arquitectos y escultores establecidos en Barrio del Pozo hicieron que esta localidad fuera conocida por doquier, especialmente en círculos de la Villa y Corte. Una estratégica situación en el contexto de las redes viarias que servían para comunicar con los puertos del norte, las fértiles tierras regadas por el Ebro, la calidad de sus vinos, la tradicional atención que se dispensaba a arrieros y trajinantes (tan es así que llegarían a construirse unos mesones tan modélicos como ambiciosos en sus objetivos) junto a otros factores más sirven para explicar la solvencia económica de la localidad en ese periodo y, por tanto, la capacidad de Briones para afrontar cualquier tipo de retos, independientemente de sus costo [1].

Son simples referencias que ayudan a comprender el porqué de la presencia en sus calles de canteros del prestigio de Miguel de Ezquioga, los Juan Martínez de Mutio, Pedro de Rasines, Pedro de Olave, el polifacético Íñigo de Zárraga (especialista en labores decorativas en piedra), Juan Pérez de Solarte, Pedro de Cohorzo, Juan y Rodrigo de Acevedo, Pedro Ezquerra de Rozas, Hernán García de la Churra, Martín de Garaizábal, Pedro y José de la Puente Liermo, Juan de Raón, Juan Bautista Arbaizar, Ignacio de Elejalde, Martín de Beratúa, Martín de Arbe, etc etc… Sin olvidar que el asentamiento temporal en Briones del imaginero Arnao de Bruselas a raíz de su matrimonio con una joven del lugar sería el germen de un prestigioso y diversificado taller que se mantendría activo de algún modo hasta la Guerra de la Independencia. Es decir, en términos generales hasta las dos primeras décadas del siglo XIX en medio de un caos generalizado que dejaría a España convertida en un erial. Es así como surgen nombres tan significativos como los de sus queridos discípulos los escultores Pedro de Arbulo Margubete y Juan Fernández de Vallejo y, a través de ellos, Diego Jiménez I, Juan de Zárraga, los Araoz (padre e hijo), Hernando de Murillas y tantos otros más en medio de un trasiego de artistas de especial atractivo para los investigadores con posterioridad: Juan Bazcardo, Diego Jiménez II… Y es en ese contexto en el que hay que situar al arquitecto local de retablos Sebastián de Oyarzábal como nota anecdótica, si bien tras su fallecimiento el taller de Briones prácticamente desaparecerá hasta que, muchas décadas después, allá por 1729, el arquitecto José de Ortega optaría por establecerse en Briones y dejar luego en herencia su obrador a su hijo Juan José de Ortega.

Así, teniendo en cuenta todos estos antecedentes, quisiera rescatar del olvido al último mohicano de tan prestigiosas dinastías. En este caso al arquitecto Francisco de Rioja Amutio, el mismo que vio en Briones un trampolín para su futuro a pesar de que las circunstancias no podían ser menos favorables para la construcción de retablos.

Natural de Baños de Rioja, de donde eran sus padres Blas de Rioja y María Cruz de Amutio, estaba casado con Regina Garnica, natural de Nájera e hija de Manuel Garnica y Teresa de Villaverde. Tras decidir el matrimonio fijar definitivamente su residencia en Briones, el 16 de febrero de 1804 dictaban su testamento ante el escribano de esta última localidad Diego de Estremiana conscientes de que, paradójicamente, era la forma más consecuente para iniciar una nueva vida. Tras el prólogo de rigor, implorando la intercesión de la Virgen, reducían sus últimas voluntades a los siguientes puntos:

1º. “Mandamos y encomendamos nuestras almas a Dios Nuestro Señor que las crió y redimió con su preciosa sangre, pasión y muerte y los cuerpos a la tierra de que fueron formados, los quales sean vestidos con el ábito de nuestro padre San Francisco y sepultados en la yglesia parroquial de esta dicha villa de Briones en la nave de medio y sepultura que dispusieren nuestros cavezaleros y que sea con misa de beneficiado entero, asistiendo a nuestro entierro el Cavildo de beneficiados sirvientes de dicha parroquial. Y en aquel mismo día, y si no a el siguiente, se digan y celebren por cada vna de nuestras almas tres misas de cuerpo presente a la limosna de quatro rreales supliéndolo y pagándolo todo de nuestros vienes y hacienda.

2º. A los santos lugares de Jerusalém, Tierra Santa, redempzión de captivos christianos y demás mandas forzosas mandamos dos rreales de vellón por vna vez con que las apartamos de el derecho que podían haber y tener a nuestros vienes.

3º. Es nuestra voluntad se paguen todas nuestras deudas así en pro como en contra justificadas que sean vnas y otras.

4º. Y para cumplir y pagar éste nuestro testamento, mandas y legados en él contenidos nos dejamos y nombramos el vno a la otra y la otra a el otro por cavezaleros, albazeas y testamentarios y ambos de vna conformidad a los dos curas más antiguos que son o fueren de la parroquial de esta dicha villa a los dos juntos (… …)” [2].

Un simple análisis de estas cláusulas sirve para comprender la humildad profesional del personaje, cuya zona de operaciones se limitaba a las localidades de las inmediaciones y poco más y la mayoría de las veces construyendo obras de poca monta o haciendo algunas reparaciones. Aún así, el 15 de diciembre de 1807 un conocido vecino de Briones, don José de Nanclares, ponía a su hijo Florentino, de unos 16 años de edad por entonces, “por aprendiz de ensamblaje con el dibujo para ejecutar rretablos y otras obras de esta clase” con don Francisco Rioja, maestro de dicho oficio, durante cuatro años a contar desde el 1 de octubre de 1806 “dándole de comer lo nezesario y cama, tratándole como corresponde y enseñándole el dicho oficio según sus reglas”. Don José se comprometía a pagar a don Francisco Rioja por los alimentos a razón de dos reales y medio diarios en diferentes plazos, siendo también de su cuenta vestir y calzar a su hijo, asumir las faltas voluntarias de los días que pudiera perder a razón de 6 reales diarios y, en su ausencia, buscarlo para reintegrarlo al obrador. En caso de enfermedad del aprendiz Francisco de Rioja Amutio se responsabilizaba por su parte de tenerlo en su casa hasta el tercer día “en que se le manifieste calentura grave, en que le dará parte al don Joséph para que tome las providencias nezesarias” [3].

En cualquier caso, la redacción de este contrato de aprendizaje seguía imbuida de las mismas ilusiones que antaño, pero todo era ya un simple espejismo. La llegada de los ejércitos franceses a Haro, donde establecieron su cuartel general a raíz de la Guerra de la Independencia en 1808, y las disposiciones emanadas desde la Villa y Corte prohibiendo taxativamente y como excusa la fábrica de retablos utilizando madera para evitar incendios acabaría destruyendo cualquier iniciativa de futuro…

Iglesia de Nª Sª de la Asunción en una vieja fotografía.


 

[1] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Briones y sus monumentos. Logroño, 1995; RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Retablos mayores de La Rioja.Agoncillo, 1993; RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La evolución del retablo en La Rioja. Retablos mayores. Logroño, 2009.

[2] Testigos de ello eran el licenciado Martín de Prada y Pedroso, don José de Oñate y Ontiberos y don Emeterio de Amarita (AHPL: Diego Estremiana. Leg. 4280, s/f).

[3] Testigos de ello eran don Nicolás Suso, Segundo Pérez y Manuel de Castrejana (AHPL: Diego Estremiana. Leg. 4280, s/f).