Recrear en tu imaginación una cosa que ya no existe es una forma de infundirle vida de nuevo. Por eso he querido traer aquí a colación la historia de un retablo que acabó desapareciendo con el paso de los años como consecuencia de las permanentes reformas que se llevaron a cabo en el pasado en la iglesia de San Miguel de Préjano, uno de los dos encantadores templos con que cuenta esta población. Me refiero al retablo de Nuestra Señora del Rosario que se construía a comienzos de la última década del siglo XVII en el que las columnas salomónicas y los rizos vegetales crespos y nerviosos formaban parte necesaria de su diseño siguiendo así los esquemas impuestos a partir de 1668 en Murillo de Río Leza y Arnedo.

Todo apunta a que por esas fechas la cofradía contaba con una imagen titular de naturaleza romanista que la habría tallado a caballo entre los siglos XVI y XVII el escultor Antonio de Zárraga, establecido definitivamente en Arnedo tras contraer matrimonio en dicha localidad. Algo lógico, ya que, a raíz de la victoria conseguida en la  Batalla de Lepanto allá por 1571, la devoción a la Virgen del Rosario se había extendido por todos los territorios de la cristiandad de la mano de los dominicos. Así, coincidiendo con una serie de iniciativas que se estaban desarrollando en el interior de la iglesia de San Miguel, en la primavera de 1690 los cofrades consideraron que había llegado el momento de encargar la construcción de un retablo compuesto de banco, cuerpo con casa central para albergar en él la imagen titular de bulto redondo y ático, para lo cual dejarían la realización de trazas y condiciones en manos del arquitecto José de Ortega, vecino de Calahorra.    

No obstante, al enterarse el arquitecto José de Iriarte, vecino de Arnedo, de que estaba a punto de firmarse el contrato final con José de Ortega para que fuera este último quien, con arreglo a su propio proyecto, se responsabilizara de fabricar dicho retablo el 15 de mayo de 1690 decidía rebajar el precio y ofrecerse a realizarlo por 200 ducados pagaderos a ciertos plazos y a dar fiadores en el plazo de ocho días [1]. A partir de ahí el proceso administrativo se aceleraría de tal forma que los trabajos en el retablo quedarían finalizados en muy poco tiempo. Bien es cierto que José de Ortega era mucho más talentoso que José de Iriarte, pero aún así el factor económico acabaría jugando un papel muy importante en esta adjudicación, como solía ser habitual. Una economía que sirve también para explicar por qué hubo que esperar hasta el año 1701 para dorarlo o por qué había un solo mayordomo para administrar las dos iglesias de la localidad…

Es así como el 11 de junio de ese año de 1701 los hermanos Juan y Miguel Marín, que previamente habían ajustado el dorado de los siete retablos que permanecían en blanco en las parroquiales del lugar por 14.000 reales daban como fiadores a varios vecinos de Ausejo. Algo lógico si consideramos que tenían estrechas relaciones familiares en dicha localidad, aparte de otros compromisos profesionales. Y es que los dos, dentro de sus limitaciones operativas, ofrecían todo tipo de garantías, ya que se habían formado en Enciso bajo la tutela del pintor-dorador Pedro Lázaro Ruiz y, aparte de ser bien conocidos en la zona, venían precedidos de una merecida fama.    

El 6 de julio Miguel Marín daba poder en Ausejo a su hermano Juan para formalizar las necesarias escrituras sobre el particular, como así ocurría el 16 de julio, en que se obligaban formalmente a dorar por 14.000 reales el espléndido retablo mayor romanista de San Miguel y seis colaterales más (entre los que estaba incluido el de Nuestra Señora del Rosario) a condición de terminar su labor en el plazo de año y medio [2].

Finalmente, el 18 de enero de 1703 Juan Marín confesaba haber recibido de don Jorge de Samaniego 300 ducados, especificando sobre el particular que eran los mismos que había importado el dorado de cinco retablos de las dos iglesias y uno más de la ermita de Nuestra Señora del Prado [3].

[1] AHPL: Juan de Osma. Leg. 5293. Fols. 54-54 vº.

[2] AHPL: Manuel Merino. Leg. 70. Fols. 36-36 vº y 40-40 vº. El testamento de Miguel Marín en fols. 47-48 vº. El 16 de julio se volvía a confirmar la escritura de concierto.

[3] AHPL: Juan de Osma. Leg. 5294. Fols. 74-76 vº. Él mismo confesaba también haber cobrado de don Jorge de Samaniego 1.295 reales a cuenta de los 3.000 que importó el retablo de Nuestra Señoraa del Rosario.