A veces la presencia de una ermita perdida sobre un altozano cualquiera puede llegar a ser un claro indicativo de que justamente allí hubo en tiempos pasados un poblamiento de cierta enjundia. De ahí la necesidad de hacer una prospección visual del entorno con el fin de tratar de descubrir alguna referencia que permita por lo menos entroncar con esa apasionante realidad. Ejemplo de ello son tantas y tantas ermitas riojanas convertidas en centinelas del pasado, entre ellas la dedicada a Santa Ana en Igea, situada sobre el cerro que domina el pueblo o, si se quiere, overlooking the village, ahora que el inglés se está imponiendo sin excesivas dificultades entre las colonias del Imperio.

Remozada por completo a caballo entre los siglos XVII y XVIII bajo criterios del clasicismo barroco que tanto popularizaron los hermanos Raón desde Calahorra, era en junio de 1716 cuando el procurador don Antonio Zurbano, en nombre de la Justicia y Regimiento de Igea, como dueños y patronos de la ermita de Santa Ana, solicitaban licencia a las autoridades eclesiásticas del Obispado para construir un retablo como colofón definitivo de todo ese proceso, barajando para ello los siguientes criterios:  

“Que dicha hermita fue la parrochia antigua de dicha villa y con esta ocasión siempre a permanezido la deuoción de los vecinos en frecuentar dicha hermita por estar próxsima a la dicha villa y a espensas de sus deuotos se a fabricado y redificado toda ella, donde se zelebra el santo sacrificio de la missa y de obligación en los días festiuos de la Quaresma. Y, sin embargo de que para satisfacer de limosna y alimentos de que necesita no se halla con rentas suficientes porque se suple de las limosnas con que contribuyen dichos vecinos, a sido y es tanto su zelo y deuoción que con el deseo de que se le  haga vn retablo de que necesita para su mayor decenzia an ofrezido para él asta dos mil rreales y dicho retablo tendrá de coste doscienttos y quarentta ducados según se an ymformado mis partes de maestros perittos y en el ynterin que se ba ejecuttando se recojerá lo demás por el buen zelo con que los vezinos attienden a dicha ermita y a que se conserue y aumente la deuoción”.

Ante argumentos tan convincentes, el 30 de junio de 1716 el doctor don Tomás Manuel Manuel García de Aguilar, Provisor y Vicario General, concedía la oportuna licencia en Calahorra a la Justicia y Regimiento de Igea para que, con cargo a las limosnas que tenían ofrecidas por entonces los devotos, pudieran encargar el retablo de la ermita bien por vía de adjudicación directa (ajustando los trabajos con un maestro cualificado de su confianza) o, en su defecto, previo remate público a la baja otorgando a continuación las escrituras correspondientes.

Ni qué decir tiene que todo estaba preparado para que fuera el arquitecto alfareño Juan Zapater Martínez quien se responsabilizara de hacer el retablo con arreglo a sus propias trazas y condiciones. El prestigio de que gozaba por toda la región, sus relaciones con otros profesionales y su involucración en importantes proyectos lo hacían uno de los más fiables. Basta con fijarse en retablos tan interesantes como el de la Capilla de San Ildefonso de la colegiata de Alfaro (1710) o el retablo mayor de la iglesia de Pitillas (1712) en los que pone de manifiesto su particular dominio de los recetarios churriguerescos en boga. Un dominio del medio que se percibe también de manera especial en la lista de condiciones que elabora para hacer el retablo de la ermita de Santa Ana de Igea:

“Condiziones con las quales se ha de hazer el retablo de Señora Santa Ana son las siguientes:  

  • Es condición que ha de ser de madera de pino de buena ley.
  • Es condizión que ha de lleuar vn pedestral sobre la mesa altar con quatro repisas de muy buena talla y sus molduras y zócalo con su sotavasa enzima. Y entre las repisas ha de lleuar sus frisos de talla deuaxo de los intercolunios y de la caxa de Nuestra Señora Santa Ana.
  • Es condición que ha de lleuar sobre dicho pedestral quatro colunas vestidas de talla con sus capiteles, vasas, plintos y cimacios. Y detrás de dichas colunass ha de lleuar sus pilastras con sus muros, cimacios, plintos y vasas conforme las colunas.
  • Es condición que ha de lleuar sus yntercoluneos muy bien adornados con sus repisas deuaxo para mantener los santos que se han de poner en cada vn lado de los dos yntercoluneos. Y enzima del yntercoluneo vna tarxeta con su tambanillo para que corone al santo. Y por la parte de afuera del yntercoluneo de la coluna sus muros y resaltos conforme los que mueben del pedestal. Y en el medio del retablo donde se ha de colocar a Nuestra Señora Santa Ana se ha de hazer vna caxa de vn pie de fondo en medio punto muy bien adornada con su tarxeta enzima para coronar a la santa.
  • Es condición que sobre dichas colunas, intercolunios y caxa se ha de hazer vna cornissa con los mismos resaltos y mouimientos del pedestral con sus modillones muy bien tallados y algunos frisos, donde se pueda, también tallados. Y dicha cornisa ha de ser alquitrauada con sus molduras y plafón.
  • Es condizión que sobre dicha cornisa se ha de hazer vn zerramiento con su banquillo y machones en la parte de adelante y a la pared afuera sus pechinas conforme al arco con sus molduras. Y dichas pechinas han de ser talaldas y en dichoss machones sus colgantes también tallados. Y en la parte de medio de dicho retablo sobre Nuestra Señora Santa Ana ha de lleuar vn requadro con su marco tallado y con su tambanillo y vna tarxeta enzima grande que suba hasta los dentallones que tiene de yeso la media naranxa para que haga algo más alta la obra. Y se aduierte que ha de lleuar su sotauanco correspondiente al altar. De esta suerte me pareze estará buena la obra.
  • Y con los dos santos que se han de poner en los yntercoluneos lo haré en trescientos ducados.
  • Y, después de bista la traza, ha parecido conveniente a la obra el que donde ba el ochabo se ponga el mismo de canto contra la coluna de adelante para que retire el intercolunio y benga el macizo de la coluna de afuera para que suba la cornissa a igualar con la de adentro. Y en el bazío que quede afuera por el retiro se ha de hacer una pulsera en cada lado para que ocupe el puesto y con esso serán quatro colunas sin ángeles”.

Es decir, que planteaba un llamativo conjunto integrado por completo en la obra de fábrica, lo que explica sus afanes por situar sobre el tambanillo de la caja principal “vna tarxeta enzima grande que suba hasta los dentallones que tiene de yeso la media naranxa para que haga algo más alta la obra”.

Así pues, el 26 de septiembre de 1716 el licenciado y cura de la iglesia parroquial don Domingo Mallagaray, el alcalde ordinario José González, y los regidores Juan Antonio Mallagaray y Manuel Ortega, encargaban formalmente la construcción de este retablo al arquitecto Juan Zapater, vecino de Alfaro, “por ser maestro de su mayor satisfacción”,  para lo cual este último daba como fiadores a Vicente de Frías, vecino de Alfaro, y a Juan de Ortega Machín y Juan de la Fuente, vecinos de Igea, todos los cuales se comprometían a darlo puesto y terminado para el día de Santiago de 1717 «conforme a la traza que ha dado echa de su mano (… …), y la traerá al tiempo de su entrega y reconocimiento, escepto lo que está aduertido a lo último de dichas».

El ajuste se hacía en 220 ducados pagaderos en tres plazos iguales de 73 ducados, 3 reales y 23 maravedís, «y respecto de que dicha obra la ha de hacer en su casa y en dicha ciudad de Alfaro, para conducirla a esta villa se le han de dar las caballerías y personas que necesitare por quenta de la dicha villa» [1].

Fotografía: angeljj


 

[1] AHPL: Juan José Navarro Ramírez. Leg. 5979. Fols. 183-188.