Cuando se trata de temas relacionados con la Rioja Alavesa es obligatorio incidir una vez más que también en este caso el Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria nos suministra los datos fundamentales para conocer con todo detalle el proceso de construcción de este carismático retablo mayor de la iglesia parroquial de Santa María de los Reyes de Laguardia. No obstante, la incorporación aquí de algunas referencias documentales hasta ahora desconocidas, podrían ayudar a comprender mejor ciertos pormenores que considero de especial importancia y que hacen de este ejemplar una de las obras fundamentales en el viejo territorio diocesano de Calahorra-Lacalzada de cara a comprender el tránsito desde los tradicionales recetarios romanistas a fórmulas más novedosas bajo estímulos clasicistas.

Era el 2 de octubre de 1618, y en presencia de varios maestros, cuando se remataba ante el escribano Juan de Garay la fábrica de este retablo mayor en Juan Bazcardo, natural de Caparroso y vecino de Cabredo, por 4.290 ducados, si bien previamente este prestigioso artista ya se había puesto de acuerdo con Hernando de Murillas, vecino de Briones, para repartirse los trabajos de escultura a medias así como con Lope de Mendieta y Tomás Manrique, vecinos de Santo Domingo de la Calzada, con el fin de cederles todos los trabajos relacionados con la arquitectura y talla de dicho retablo. De ahí que, tras un periodo de tiempo necesario para cumplir con todos los trámites administrativos de rigor, el 11 de enero de 1619 Juan Bazcardo (que por entonces ya despuntaba como avezado empresario y prometedor artista tras heredar el taller de su suegro Pedro González de San Pedro y dejar constancia de sus habilidades colaborando en la realización del retablo mayor de la catedral de Calahorra) procedía a materializar ese pacto en Santo Domingo de la Calzada, si bien Hernando de Murillas aprovechaba la circunstancia para dejar exclusivamente en manos de Juan Bazcardo toda la obra de escultura aduciendo como excusa las muchas ocupaciones que tenía pendientes por entonces. Eso sí, a cambio de 120 ducados pagaderos en tercios por los gastos que había tenido mientras tanto: viajes y demás gestiones.

Pero lo interesante de este acuerdo radicaba precisamente en los pequeños detalles. Por ejemplo, que las dos partes involucradas en la fábrica del retablo cobrarían siempre por mitades iguales (Juan Bazcardo de un lado y Lope de Mendieta y Tomás Manrique de otro), obligación de tasarlo una vez asentado y montado en el testero de la iglesia evaluando cada especialidad por separado o cautelas planteadas en el remoto caso de que alguno de ellos pudiera fallecer en el transcurso de los trabajos… En cualquier caso, y pese a estas lógicas puntualizaciones de cara a evitar cualquier malentendido que siempre solía tener unas claras vertientes económicas, habría que decir que todos ellos formaban un equipo muy compacto y que se compenetraban admirablemente. Lógico, pues, que Tomás Manrique, natural de Cervera del Río Alhama, y el burgalés Lope de Mendieta dieran como fiador a Hernando de Murillas en presencia del pintor-dorador también burgalés Juan García de Riaño. Es decir, lo más granado del foco calceatense con los lógicos y necesarios guiños a Briones y Cabredo.

Ahora bien, todas estas referencias, por muy triviales que pudieran parecer a simple vista, tenían su especial significado. Sabemos, por ejemplo, que los administradores de la iglesia de Santa María de los Reyes de Laguardia estaban muy interesados en que el diseño del retablo copiara con exactitud el del retablo mayor de la catedral de Calahorra, lo que explica que, al menos en tres ocasiones (5 de julio de 1614, 18 de agosto de 1618 y 19 de febrero de 1639), se pidiera prestada la traza en pergamino que se guardaba con gran celo en el archivo catedralicio con el fin de estudiar, plantear y contrastar resultados. Y es que los momentos no podían ser más críticos. Los grandes escultores romanistas hacía ya unos cuantos años que habían fallecido (Juan Fernández de Vallejo en Logroño en 1599, Pedro de Arbulo en Briones en 1608 y Pedro González de San Pedro en Cabredo ese mismo año) y los únicos focos romanistas en la zona que quedaban activos y en constante reivindicación de esos ideales eran Arnedo (Antonio de Zárraga con su hijo Juan y Martín de Fururia) y Briones (Hernando de Murillas el Viejo, el discípulo más querido de Pedro de Arbulo). Por lo tanto, el más cualificado para traspasar a Laguardia los ideales catequéticos del retablo mayor de la catedral de Calahorra no podía ser otro que Juan Bazcardo. De ahí los encasamientos del cuerpo principal rematados por frontones sobre cuyos lomos aparecen chicotes reclinados en lo que supone un claro recordatorio de las tumbas mediceas o la forma de articular su característico alzado… 

Era una apuesta muy clara a favor de la tradición en momentos de cambio y, por tanto, especialmente críticos, ya que entre determinados sectores los horizontes estaban ya puestos en el diseño geométrico del retablo mayor del monasterio de El Escorial y en la Regla de Vignola mientras, paralelamente, el escultor Gregorio Fernández trataba de aglutinar en torno a su taller vallisoletano a toda una serie de oficiales con el fin de que asimilaran una nueva estética que trataba de buscar nuevos derroteros a los postulados romanistas practicados hasta entonces. Esto explicaría la presencia en su obrador de un nutrido grupo de navarros entre los cuales intuyo que estaría Juan Bazcardo allá por 1609 (donde coincidiría con Pedro Jiménez, nacido en Briones mientras su padre Diego estaba al servicio de Pedro de Arbulo) y ahí puede estar la verdadera razón por la que Hernando de Murillas el Viejo decidiría dejar a Juan Bazcardo la responsabilidad de plantear la obra de escultura del retablo mayor de la iglesia de Santa María de los Reyes de Laguardia a su gusto. Por la necesidad, en definitiva, de asumir fórmulas novedosas, ya que Hernando de Murillas el Viejo estaba excesivamente apegado a unos recetarios estéticos impuestos por la Contrarreforma que nunca abandonaría. Y es que basta con fijarse en las calidades del programa iconográfico de este encantador conjunto de Laguardia para deducir que es la primera vez en la que los personajes, sin perder su aplomo romanista, adoptan ya otros ademanes más realistas además de aparecer envueltos en unas vestimentas de pliegues que tratan de romperse en ángulos metalizados, como bien se percibe en el grupo titular, resumen en definitiva de todo el programa iconográfico.

O sea, que podríamos colegir que este retablo de Laguardia, con sus fuertes connotaciones romanistas, es el paso previo y necesario hacia un nuevo estilo que acabará por imponerse definitivamente en el retablo de la Capilla del Santo Cristo que el Obispo don Pedro González de Castillo mandara construir en la colegial de La Redonda de Logroño para descanso eterno de sus restos.

Ni qué decir tiene que Juan Bazcardo, Lope de Mendieta y Tomás Manrique formaron durante algunos años uno de los equipos más solventes y fiables y que, juntos, acometieron importantes proyectos hasta que el fallecimiento de Tomás Manrique truncó las muchas expectativas que juntos habían pergeñado, circunstancia por la que a partir de esos mismos instantes las reuniones de Juan Bazcardo con su viuda María de Salinas se harían muy frecuentes para clarificar cuentas desde 1622 hasta 1633.

Por escrituras ante Juan de Garay de fecha 17 de noviembre de 1618, ante Domingo de Gumiel de 11 de enero de 1619 y por otra más ante Pedro Ruiz Gil de 30 de octubre de 1628 otorgadas por Juan Bazcardo, Lope de Mendieta y María de Salinas, sabemos lo que correspondía a cada una de las dos partes de los 4.290 ducados en que se había ajustado la fábrica del retablo mayor de Laguardia (2.220 ducados a Juan Bazcardo y 2.070 ducados a Lope de Mendieta y Tomás Manrique). A resultas de ello y hasta el 5 de septiembre de 1629 se quedaba debiendo a cada uno de los arquitectos (Lope de Mendieta y María de Salinas en nombre de Tomás Manrique) 8.340 reales.

Asimismo se hacía constar que se había rematado en Lope de Mendieta, Tomás Manrique y Hernando de Murillas la fábrica del retablo mayor de Castroviejo en 280 ducados, según escritura de fecha 16 de febrero de 1622 ante el escribano logroñés Jerónimo de Lagunilla. Ajustadas cuentas, se concluía que no se debía nada a Tomás Manrique por esta obra. Del mismo modo, se mencionaba que Lope de Mendieta y Tomás Manrique habían concertado la realización de un relicario para el retablo mayor de la iglesia de Anguciana que se había tasado en 120 ducados según escritura de fecha 5 de abril de 1625, de los que se les quedaba debiendo 175 reales a cada uno de ellos.

Y, en lo referente al retablo mayor de Laguardia, se llegaba a la conclusión de que si por alguna imperfección o algún pago derivado del remate de esta obra hubiera que rebajar alguna cantidad del precio de ajuste, sería a prorrateo de todas las partes implicadas en su construcción. Como consecuencia de este acuerdo, el 25 de octubre de 1628 María de Salinas daba poder en Santo Domingo de la Calzada a Lope de Mendieta para nombrar tasadores y ajustar los pagos. Años después, concretamente el 20 de diciembre de 1633, Juan Bazcardo y María de Salinas volvían a reunirse en Santo Domingo de la Calzada para tratar de asuntos económicos. Como esta última aún tenía que recibir 6.555 reales, Juan Bazcardo le daba poder para que pudiera cobrar esa cantidad en Laguardia a razón de 50 ducados anuales.

El esfuerzo económico que había realizado todo el pueblo sirve para explicar por qué hubo que esperar hasta 1670 para policromar esta encantadora máquina, hija a todos los efectos del retablo mayor de la catedral calagurritana y precedente necesario de otras tan monumentales como las de Briones, Oyón, Fuenmayor, el proyecto inacabado de Cenicero o Lapuebla de la Barca…

Retablo mayor.
Grupo de Asunción-Coronación.