Hace ya tiempo que me venía rondando la idea de hacer un estudio sobre el urbanismo de mi pueblo (Murillo de Río Leza) y otros aspectos complementarios que no había tenido ocasión de comentar en el libro que publiqué en 1992, centrado únicamente en los edificios religiosos de la localidad. Hoy, por fin, puedo presentar aquí un avance con los datos que he ido acumulando a lo largo de los años, pues estoy convencido de que llegará un día no muy lejano en el que podrían ser de utilidad a algún alcalde sensible para recuperar el viejo callejero y prestar también mayor atención a los pocos restos que nos quedan de un patrimonio civil que, aunque nunca fue importante, lo cierto es que ha sufrido últimamente un deterioro más que notable. Del mismo modo, nadie ha reparado todavía en la necesidad de consolidar los despojos que a duras penas se conservan de la antigua iglesia de San Vicente e incluso de reconstruirla con canteros experimentados tomando como referencia las viejas fotografías que de ella existen. No sería mala idea, por ejemplo, devolver las piedras de sillería que hoy conforman el frontis del frontón de pelota a su lugar de origen y hacer una excavación en todo su perímetro para localizar dovelas, relieves, molduras, canes y tantos otros elementos más al igual que los sepulcros antropomorfos que supongo que están junto a una portada que a duras penas permanece en pie. No hay tiempo que perder para evitar su colapso (como ya ha ocurrido con el Puente Mantible en El Cortijo) y legar tan singular herencia a nuestros hijos y nietos, aunque no dejo de comprender que siempre es preferible contratar una buena orquesta para fiestas (eso sí que es cultura de la buena) que invertir en mantener para la posteridad cuatro piedras. Unas piedras que ni sienten ni padecen y que, al fin y al cabo, sólo interesan a unos pocos trastornados…

El origen del actual pueblo se localiza en un estratégico promontorio a corta distancia de los Agujerones, punto en el que se encuentran los ríos Leza y Jubera para formar un solo caudal. No obstante, todo parece indicar que sus viejas raíces habría que rastrearlas a través del término de San Vicente, un poco más abajo, donde habría un pequeño poblado surgido al calor de la calzada romana que ascendía hacia Cameros y donde existen todavía restos de una portada románico-gótica de transición de lo que fue en su momento iglesia parroquial de Murillo de Río Leza, derruida después de la Guerra Civil para hacer con sus piedras el frontón de pelota de la localidad. Es decir, que todo hace suponer que, tanto en ese promontorio como en otros parecidos del entorno (San Vicente, Santa María o Villartagote), habría unos pequeños núcleos humanos que, después de los llamados siglos oscuros, no tendrían más remedio que trasladarse y unirse por razones de seguridad en la zona que ofrecía mayores ventajas defensivas, al igual que sucedería con los Corcuetos en Navarrete. Y es que la misma presencia de los Agujerones o viviendas abiertas en el farallón arcilloso del monte allá por el siglo VIII (tan semejante a lo que ocurre también en el Monte Cantabria de Logroño), no deja de ser sino una prueba evidente de la inestabilidad de los tiempos en la Alta Edad Media, ya que lo más probable es que esas cuevas, a las que se accedía por tinglados de madera que hoy han desaparecido, sirvieran de refugio seguro a las gentes del entorno… Aunque hay quien opina también que tales agujeros estaban habitados sólo por anacoretas que se entregaban en solitario a la oración y que en esa sucesión de pequeños nichos que se abren en las paredes interiores habría calaveras como recuerdo permanente de la fugacidad de la vida, tal y como se refleja en algunos lienzos del siglo XVII.

Sea como fuere, no cabe ninguna duda que, a resultas de las rivalidades surgidas entre los Reinos de Castilla y León, lo más probable es que desde la Corte (quizá en tiempos de Alfonso IX) se dictaran normas para consolidar toda esa zona fronteriza con el Ebro y que, como consecuencia de ello, se dieran facilidades fiscales para que todos se trasladaran a ese estratégico collado del que hablábamos al comienzo. Es, por tanto, a partir de esos instantes cuando se puede decir que nace el nuevo Murillo, con casas pegadas unas a otras cerrando una plazoleta cuadrangular a manera de muro (de ahí el nombre de Murillo) y estrechas puertas, fácilmente defendibles, para comunicar con el exterior. Esta plazuela que conformaba la primitiva villa iría ampliándose luego con otros añadidos a manera de pequeños barrios semiindependientes sin perder por ello su carácter de fortaleza. De tal forma que en el siglo XIII se puede decir que estaba perfectamente preparada para hacer frente a cualquier contingencia bélica. Surge así un pequeño núcleo hacia el oeste y, en dirección norte-sur, una calle jalonada por viviendas que servirá para articular otros apéndices laterales más con accesos angostos. Así hasta llegar al final del promontorio, donde, cerrando el lado sur del mismo y orientada hacia el este, se edificaría una iglesia asociada a una torrecilla que servía para proteger el acceso al recinto amurallado por la zona del Trinquete. No es extraño, pues, que aún se conserven esos nombres de Calle de la Torrecilla y del Trinquete en la memoria de muchos, a pesar de las necias denominaciones que ha sufrido recientemente el callejero tradicional.

En este encuadre es donde adquieren carta de naturaleza el Barrio Sano, situado al sureste de la Plaza de la Villa, donde estaba instalado el Hospital, y una de las principales puertas de la muralla que controlaba el escarpado flanco suroeste que yo conocí de pequeño y que en la actualidad ha desaparecido al igual que sus escalones.

Un recorrido por todo el perímetro amurallado de la Villa permite todavía, aunque a duras penas, remontarnos en el tiempo: dónde se abrían los huecos o pasos más sensibles, estrechos ventanales del caserío, humildad de los materiales de fábrica, escalas de los edificios, personajes que los habitaron… No es un hecho casual, por ejemplo, que una de las casonas más importantes de Murillo de Río Leza (llamada popularmente Casa de Garcés o del Bastardo y derribada recientemente) se localizara justo aquí, en la esquina de la Calle que conduce a la Villa tras superar la cuestecilla del Trinquete que va contorneando el testero de la iglesia parroquial. Construída en la última fase del siglo XVII siguiendo esquemas clasicistas, su escudo, colocado en un estratégico punto de la fachada, incorporaba las armas de dos influyentes familias del momento (los Zapata y los Zenzano) mientras en su interior las estancias se distribuían en torno a una elegante caja de escalera rematada por cúpula con linterna.

No hay que olvidar que Murillo de Río Leza fue parte integrante del Señorío de Cameros, un vasto territorio cuyo primer titular fue Fortún Ochoa y cuyos descendientes disfrutaron hasta 1334, en que Juan Alonso de Haro fue ejecutado en el castillo de Agoncillo por orden de Alfonso XI de Castilla al considerarlo traidor. Pocos años después, concretamente en 1366, Enrique II el de las Mercedes concedía el señorío a Juan Ramírez de Arellano en recompensa por haberle ayudado en sus disputas guerreras contra su hermano Pedro I el Cruel. No obstante, por el testamento de Juan Ramírez de Arellano, fechado el 29 de octubre de 1385, desgajaba de este territorio las villas de Murillo de Río Leza, Alcanadre y Ausejo para dejarlas por vía de mayorazgo a uno de sus nietos (hijo de otro Juan Ramírez de Arellano y doña Teresa de Manrique), de donde procede el título de Condes de Murillo, hasta que en 1812 fueron abolidos los señoríos. Ni qué decir tiene que esta segregación se fundamentaba en el potencial de unas tierras ricas y generosas…

Sin embargo, con la llegada de tiempos más tranquilos, la Villa perdería definitivamente su original protagonismo en beneficio de nuevos impulsos urbanísticos. Especialmente durante el reinado de los Reyes Católicos, gracias a los cuales y a su política de grandes logros sociales, se produce una fuerte y optimista expansión demográfica. Así se deduce cuando en las primeras décadas del siglo XVI el vecindario concentra todos los esfuerzos en derribar la vieja iglesita existente por entonces para reemplazarla por otra muchísimo más ambiciosa formalmente como fruto de ese contexto ambiental. Eso sí, planteando la portada principal hacia el sur, aunque dejando abierta una secundaria hacia el norte para no perder la conexión con la Villa. De ahí que fuera entonces, en época de los Reyes Católicos, cuando los murillenses optarían por edificar sus viviendas, unas pegadas a otras, fuera de ese recinto amurallado de la Villa. Es decir, buscando el sur, a ambos lados de una calle principal llamada Calle Grande que seguía la dirección del valle sin perder por ello ese carácter de bastida o fortaleza al quedar los laterales de esta arteria convertidos asimismo en verdaderos muros y contar también con su paso de ronda exterior. Surge así la Villa Nueva, Barrio Nuevo o, si se quiere, la Puerta Nueva, nombre muy significativo este último para entender que se trataba de seguir el mismo esquema defensivo que en la Villa Vieja en previsión de cualquier futura contingencia. Primero con una cierta mesura e incluso improvisación (casas y corrales aislados) y luego ya con mayor determinación. Basta con fijarse en la forma en que se plantea el trazado de toda esa superficie, articulada a ambos lados de una calle principal que luego se abrirá hacia oriente para crear una gran Plaza cuadrangular y quedar este convertido este barrio en el corazón de la moderna población. Por eso todas las dependencias del Ayuntamiento se fijarán aquí, especialmente en el lado norte (entre ellas la sala de juntas a piso llano, exceptuando la carnicería municipal, que se instalaría justo en la esquina del lado opuesto). Una Plaza concebida para concentrar todo tipo de espectáculos, ya fueran toros o comedias, y que tenía salida al río Jubera por uno de sus ángulos. A partir de ahí la Calle de la Puerta Nueva se bifurcaba y continuaba su trazado irregular hacia el sur condicionada por la presencia de una vía que la cruzaba y que servía para poner en comunicación los dos ríos y los consiguientes puentes provisionales de madera. Surgía así la Calle Chica, una humilde calle intermedia (la Calle de En Medio) y, posteriormente, diferentes callejas transversales, algunas muy angostas: las justas para mantener comunicados todos los espacios. Pero mientras la prolongación de la Calle Grande se configuraba a base de una sucesión de soportales orientados a poniente y concentraba todo tipo de actividades comerciales, la Calle Chica mantenía por encima de todo su impronta residencial.

En este sentido los blasones que lucen algunas casonas y que a duras penas se conservan todavía sirven para trazar en el tiempo todo ese fluido proceso de crecimiento de Murillo de Río Leza. Basta con fijarse en la casa que hace esquina frente a la embocadura del Trinquete, con las armas de los Navarrete, Villarreal y Tejada, en el palacete que se levanta más adelante, en la casona de los Garro, frontera con la Plaza, en la ya derruida casona de los Murillo a comienzo de los soportales, el palacete de los Alfaro un poco más adelante o ese otro del siglo XVI con escudo de los Ramírez en la clave del arco de entrada frente a dichos soportales… En cualquier caso hay constancia expresa de que a mediados del siglo XVIII los huecos en ese trazado irregular de las calles seguían siendo abundantes por lo general con proliferación de corrales para guardar el ganado lanar.

También en la Calle Chica encontramos algún ejemplo de que ya en el siglo XVI se levantaron a su abrigo algunas casonas blasonadas. Sin olvidar que es a mediados  del siglo XVIII cuando don Manuel Antonio Murillo y Argáiz, Obispo a la sazón de Segovia, acometerá en esta calle la construcción de un palacio de gran empaque que finalmente quedaría inacabado a su muerte y cuyo solar se extendía hasta la Calle del Regajo.

La Calle de los Cuatro Cantones, que servía para conectar la Calle Grande con la Chica, venía de hecho a marcar el final de un casco urbano que se extendía longitudinalmente buscando los dos ramales la querencia de las Eras para integrarlas definitivamente en él. Y como prolongación de esos Cuatro Cantones hacia el este, cruzando por tanto la Calle Chica, la del Cucharón, donde estaba instalada la fragua municipal, y la siguiente hacia el sur la del Sol… A partir de ahí una gran explanada dedicada a Eras, de donde surgía un camino hacia el Sotillo, ponía el límite a la expansión del caserío, ya que era una explanada dividida en pequeñas parcelas circulares (habitualmente entre dos y tres celemines de tierra, aunque también las había más pequeñas y más grandes), si bien no era la única zona dedicada a estos menesteres. Las eras de Santa María, justo en el espacio dedicado ahora a cementerio, eran también muy importantes, al igual que otras más en Aguamanales o los Tomares. El Cotarro, por su parte, situado a poniente de los Cuatro Cantones, al otro lado de la Calle Grande, configuraba un pequeño barrio aparte desde el que se conectaba con Aguamanales.

Y ya fuera del recinto urbano, el barrio de los Tomares, acurrucado entre el Portillo en dirección a Logroño (la palabra Arrodeo surgiría en fechas mucho más recientes) y la falda del farallón arcilloso que sirve para dibujar el valle y al que se accedía tras cruzar el río Leza, se dedicaba casi por entero a las bodegas familiares, aunque también hay constancia de la presencia de alguna vivenda particular y de alguna era, tal y como ya apuntamos en otro lugar… Aparte de algunas bodegas más construidas en Aguamanales, conviene recordar que la nevera de la que se surtía todo el pueblo de nieve para enfriar el vino o el agua durante el verano o para aliviar las dolencias de los enfermos se levantaba en las Llanillas.

Paralelamente uno de los bienes más preciados del Ayuntamiento era la dehesa boyal (llamada del Espinal) en la ruta hacia Agoncillo, a la que se accedía por el camino sestil (de siesta o sesteadero), lamentablemente vendida para capitalizar las arcas municipales que habían dejado completamente vacías los intrusos franceses en el contexto de la Guerra de la Independencia. Pero eso es ya otra historia…  

Plano del casco urbano de Murillo de Río Leza.

1. Plaza de la Villa.
2-6. Puertas de la antigua muralla de la Villa.
7. Barrio Sano, donde estaba ubicado el Hospital.
8. Iglesia parroquial de San Esteban Protomártir.
9. El Trinquete.
10. La Puerta Nueva.
11. Calle de la Torrecilla.
12. Calle Grande.
13. La Plaza Nueva.
14. Calle de En Medio.
15. Calle Chica.
16. La Salceda.
17. El Cotarro.
18. Los Cuatro Cantones.
19. Calle del Cucharón, de la Herrería o de la Fragua.
20. Calle del Sol.
21. Calle del Regajo.  


La desaparecida casa de Garcés o del Bastardo, construida en el siglo XVII (probablemente por la familia de alarifes de apellido Alfaro, con fuertes raíces familiares en Arnedo).