La sustitución del Calendario Juliano (diseñado por Sosígenes de Alejandría y llamado así porque fue Julio César quien lo implantó el año 46 antes de Cristo tanto para corregir los típicos desajustes derivados del paso del tiempo y, asimismo, como medio necesario para poner orden en los extensos territorios del Imperio) por el Calendario Gregoriano en 1582 fue una de las medidas más inteligentes llevadas a cabo por el Papa Gregorio XIII (†1585): decisión respaldada por su bula Inter Gravissimas que venía a materializar uno de los acuerdos del Concilio de Trento confirmados previamente por el Papa Pío IV el 26 de enero de 1564… No en vano desde Julio César hasta el último tercio del siglo XVI el Calendario Juliano había experimentado un desfase de 10 días que era necesario corregir siguiendo así las recomendaciones de reconocidos científicos vinculados a la Universidad de Salamanca, entre ellos el matemático Pedro Chacón (amigo de El Greco) apoyado por los astrónomos Christopher Clavius y Luigi Giglio. Y es que la imposibilidad de fijar con exactitud la fecha de Pascua sería determinante para que el Papa Gregorio XIII tomara cartas en el asunto en 1578, gracias a lo cual el 14 de septiembre de 1580 se aprobaba definitivamente la nueva reforma del calendario que estaría vigente a partir del 4 de octubre de 1582 para todo el orbe católico, a raíz de lo cual se comenzaba a celebrar en Italia, España o Portugal y sus distintos territorios el Año Nuevo el día 1 de enero.

Conocido también el Calendario Gregoriano como Calendario Cristiano u Occidental, los años bisiestos tenían a partir de entonces un enfoque más preciso, por lo que fueron muchos los países que poco a poco lo fueron asumiendo. El Reino Unido, siempre tan original y tan anglicano, no tendría más remedio que adoptarlo definitivamente y no sin grandes debates allá por 1752, mientras Rusia, Grecia o Turquía esperarían aún un poquito más: la década de los años 20 del siglo XX como si fuera una aportación más del Art Nouveau. Pues bien, es en el último tercio del siglo XVIII, en un ambiente condicionado por el espíritu de la Ilustración, cuando el franciscano fray Andrés de Mendieta, entregado a tareas docentes y de investigación en su celda del convento de San Andrés, extramuros de Labastida, y socio literato de la Real Sociedad Vascongada, ponía todo su empeño en analizar las consecuencias de la implantación de tal calendario. Así, fruto de sus devaneos intelectuales sería un original (que él mismo afirmaba haber escrito con mucho esfuerzo) titulado «Nueba razón fundamental y cálculo astronómico sobre la corrección del calendario gregoriano». Interesado como estaba en publicarlo, con la aprobación del comisario general de la Orden franciscana y tras conseguir las correspondientes licencias para imprimirlo, el 26 de marzo de 1787 daba poder en Haro a don Juan Esteban Ruiz de Gopegui, agente de negocios en Madrid, para ganar la preceptiva facultad real y proceder acto seguido a editarlo [1]. No obstante, todo indica que fray Andrés de Mendieta se encontraría con algunas dificultades.

En un reciente artículo titulado Los amigos no de número de la Real Sociedad Bascongada en Álava (1760-1807) el estudioso Carlos Ortiz de Urbina refiere que en las Juntas de 1787 fray Andrés de Mendieta exhibió a los allí presentes una obra titulada Cómputo del Tiempo.

Con toda seguridad la misma a la que aquí hacemos referencia, lo que sirve para comprender su desarrollada faceta de matemático y astrónomo. Pero hay razones más que sobradas para deducir que el original nunca se llegaría a imprimir. Sirvan, pues, estas líneas para dejar constancia al menos de tan apasionante aventura…  

 
 
 
 
 
 
Escudo de la Orden franciscana.



 

[1] AHPL: Manuel Martínez Ontiberos. Leg. 4201. Fols. 112-113.