Aparte de los interesantes vestigios de los siglos XVI y XVII que se conservan por distintos lugares del casco urbano de Ezcaray, es en la segunda mitad del siglo XVIII cuando todo el callejero va a experimentar grandes cambios gracias a la construcción de un conjunto de casonas o palacios de la mano de influyentes clérigos o adinerados personajes unidos entre sí por lazos familiares. El punto de partida de este resurgir sería, sin lugar a dudas, la fundación del complejo residencial e iglesia de la Congregación de San Felipe Neri en un punto tan estratégico como las traseras del Mesón, pegante también al Hospital, y, en consecuencia, muy cerca del palacio que en 1751 el beneficiado y presbítero capellán de la Congregación de San Felipe Neri don Salvio Ángel Cantabrana mandaba construir como residencia privada cerrando el lado Oeste de la Plaza pública, junto al solar del que fuera palacio de los Duques de Medinaceli y a muy corta distancia de la iglesia parroquial. Y es a este palacio al que, precisamente, quisiera referirme aquí con el fin de resaltar sus calidades constructivas.

Tras haber adjudicado los trabajos al cantero y maestro de obras reales Martín de Arluciaga en 16.000 reales, el 5 de diciembre de 1751 este último daba como fiadores en Santo Domingo de la Calzada a sus compañeros de profesión Bartolomé Rubina, vecino de Villadepún (Castildelgado), y a Mateo de Aguirre y Mendieta, vecino de Menegaray en tierra de Ayala, así como a su conocido Francisco Sáenz, vecino de Santo Domingo de la Calzada, lo que quiere decir que los dos primeros tendrían también intereses muy concretos en el proceso de construcción de la casona [1].

Es algo de lo que queda constancia a perpetuidad en una leyenda de la fachada que reza así: D. SALVIO ÁNGEL LA HIZO A SV COSTA. AÑO DE 1753.  Leyenda que se repite también de forma abreviada junto al rafe del tejado…  

A esta casona, por ejemplo, he hecho ya referencia abreviada en alguna ocasión, si bien ahora me gustaría incidir en algunos detalles complementarios habida cuenta de que su fábrica no estaría exenta de problemas. Y es que el 16 de mayo de 1752 don Manuel de Barrenechea y Soria, alcalde mayor y mayordomo del Duque de Medinaceli, interponía pleito contra don Salvio Ángel Cantabrana “sobre denunciación de nueva obra en vn paredón que ha empezado a fabricar fente al mediodía y aire ábrego a el solar de la casa palacio de su excelencia”. Razón por la que el 24 de enero de 1753, deseando don Salvio dar por finalizado dicho litigio “y yo pueda continuar la obra empezada de dicha mi casa, me allano y convengo en reducir los cimientos de dicho paredón internándolo acia mi propia casa y elebándole a la forma de medianil, según y en la forma que antes estaba, como también a no echar goteras de dicha mi obra hacia dicho solar de su excelencia. Y asimismo a que las luces que diere a dicha mi casa, tableros y ventanas, todo con rexas y antepechos que no son perjudixables a su excelencia por hallarse su casa palacio al presente reducida a solar siempre y quando que convenga no vsaré de ellas y las haré cerrar quando fuere voluntad de dicho excelentísimo señor reedificar (a que no haré contradicción) y lo mismo digo sobre el cubo empezado a la frontera de la plaza mayor, el que no proseguiré”.

La referencia es muy útil en sí misma por cuanto nos aclara que el palacio contiguo de los Duques de Medinaceli estaba ya por entonces reducido a un simple solar. En cualquier caso, vista la buena voluntad demostrada por don Salvio Ángel Cantabrana (que tenía por entonces bajo su tutela a su sobrino don Evaristo Ángel Barnechea y Ortiz), el 7 de marzo de 1753 los Duques de Medinaceli le autorizaban en Madrid a que continuara la fábrica de la casona a condición de otorgar “la escritura correspondiente con la expresión y claridad que propone y la esclusión de la servidumbre de aguas”. Consecuentemente, el 4 de mayo de 1753 don Salvio Ángel Cantabrana, como heredero de su padre don José Felipe Ángel y Barrenechea y por vía de concordia, procedía a firmar la escritura correspondiente de allanamiento en Ezcaray basada en los siguientes puntos:  

  1. “Lo primero (… …) me allano y combengo para poder continuar la referida obra que ttengo empezada en reducir por la partte del ábrego, que es por la que alinda con dicho solar, los cimientos de el paredón contiguo intternándolos hacia mi propia casa y elevarle a la forma de medianil según y en la manera que anttes esttaba.
  2. Lo segundo a no hechar gotteras de dicha mi obra a la mano de dicho solar pertteneciente a su excelencia escluiéndome, como desde luego mes escluio, de la seruidumbre de dichas aguas confesando como confieso no tenerla ni perttenecerme alguna sobre dicho solar.
  3. Asimismo me combengo en que las luces que diere a dicha mi casa, tableros y benttanas todo con rejas o anttepechos sin embargo no ser perjudiciales a su excelencia por allarse su referida casa palacio al presentte reducida a solar las mandaré y haré cerrar probándome el huso de ellas siempre y quandos ea la volunttad de su excelencia reedificar o lebanttar el referido palacio, a que no haré contradicción alguna. Y lo mismo digo sobre el cubo empezado a la fronttera de la Plaza Maior” [2].

Aún tendría tiempo don Salvio Ángel Cantabrana de disfrutar de las cómodas instalaciones de este palacete en el que su difunto padre había puesto también tantas ilusiones. Consta que el 29 de junio de 1781 declaraba haber hecho testamento ante el escribano Agustín Antonio de Melo, por lo que por vía de codicilo mandaba modificar algunos detalles del mismo, entre ellos lo siguiente:  

  • Que sus sobrinos se apropiaran de todos sus bienes a excepción de la plata labrada, que tenía que venderse junto con los demás bienes para pagar los gastos del funeral, añadiendo el sobrante a la capellanía que gozaba en la Congregación de San Felipe Neri.
  • Nombraba por cabezaleros y testamentarios a don Lorenzo de Orduña y a don Enrique Ángel de Rabanera, vecinos de Ezcaray [3].

Realizada en sillería de la zona, la fachada principal mantiene intactas las constantes clasicistas de los palacetes que se prodigan por las calles de Santo Domingo de la Calzada de la mano de maestros canteros formados bajo la influencia de El Escorial. De ahí el uso de pilastras de placa e impostas como recurso necesario para delimitar cada uno de los espacios, aunque con las lógicas concesiones a nuevos recursos ornamentales: óculos moldurados en la planta baja, moldurajes mixtilíneos en los vanos, tipología de los mensulones… Y, presidiendo todo el conjunto, un escudo rococó con las armas familiares del comitente debajo del cual se abre una hornacina flanqueada por pilastras toscanas que sustentan el consiguiente entablamento en la que se aloja una imagen de San Miguel, vencedor del demonio y conductor de almas. La fachada remata en una cornisa de fábrica sobre la que se asienta el rafe del tejado formado por una sucesión de bellos canes tallados.

Sin olvidar los fuertes vínculos que la familia Ángel-Barrenechea tenía con Haro y la gran fortuna que hicieron sus miembros como dueños de un gran rebaño de ovejas, tal y como se refleja en el monumental palacete que mandaron construir en la jarrera Plaza de la Cruz [4].

Es, prácticamente y salvo ligeras modificaciones, el mismo esquema que se sigue en el mal llamado palacio Torremúzquiz que mandara construir el Arzobispo don Pedro Antonio de Barroeta y Ángel en la Calle Mayor, si bien en este caso son dos los escudos que ostenta su simétrica fachada de sillería, en uno de los cuales figura la fecha en que fue realizado: 1764. Y, al igual que sucede en otros edificios de la localidad, también bajo el rafe del tejado aparece la fecha de construcción del edificio: SE HIZO AÑO DE 1766. Algo muy útil para seguir el apasionante proceso de cambio que experimenta el casco urbano de Ezcaray en la segunda mitad del siglo XVIII de la mano de brillantes personajes…  



[1] Testigos de ello eran José de Ochoa, notario mayor en la vicaría de la ciudad, José de Urraca y Luis de Miranda (AHPL: Manuel Antonio Pisón. Leg. 2474. Fols. 203-204 vº).

[2] AHPL: Francisco Antonio de Uralde. Leg. 9151. Fols. 40-43 vº.

[3] AHPL: Ángel Alonso Aguado. Leg. 9156. Fols. 44-44 vº.

[4] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La muy noble y muy leal ciudad de Haro. Logroño, 2017.