Situada intramuros de la población, en una relevante encrucijada del entramado urbano, la historia de este edificio se caracteriza por su lucha constante por sobrevivir en medio de notables precariedades económicas que ya he puesto de relieve en mi libro sobre Fuenmayor [1]. Intervenciones puntuales en momentos determinados a lo largo del tiempo conseguirían mantener a duras penas en pie esta estructura hasta que, finalmente, en el tercer cuarto del siglo XVIII se consideraría conveniente afrontar su reedificación desde los mismos cimientos de acuerdo con un lenguaje arquitectónico muy ambicioso que consistía en dotarla de una cabecera octogonal de planta centralizada y de gran desarrollo, cubierta por cúpula de gajos y rematada por linterna, precedida de una nave de dos tramos.

Con este audaz planteamiento se trataba de seguir los modelos que Juan Bautista Arbaizar y su yerno Ignacio de Elejalde habían experimentado con gran éxito en la ermita del Santo Cristo de Briones, la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles en la entonces iglesia colegial de la Redonda de Logroño o en la iglesia de San Juan de Laguardia incorporando como parte del diseño, a modo de telón escenográfico de ese coliseo de raíces profanas, una elegante portada de poderosos sillares cuyo diseño sirve para relacionarla con otras más de la zona. Y es que el alma creativa de esos dos maestros canteros se percibe con claridad en cualquier detalle.  No obstante, al no poderse concluir nunca las obras ni hacer tampoco las tribunas-galerías elevadas contorneando el octógono el proyecto original ha quedado un tanto desdibujado.

Tan sólo la portada puede servir de medio para intentar comprender lo que pudo haber sido este delicioso santuario.

Dicha portada, en concreto, se resuelve a base de dos anchas pilastras cajeadas sobre poderosos podios coronadas por jarrones-flameros que flanquean una puerta de ingreso de medio punto ornamentada con moldura de baquetón y encuadre mixtilíneo de la misma naturaleza sobre la que, a manera de ático, se dispone una hornacina de concha con el típico remate de recuerdos escurialenses y un elegante mensulón en la base en medio de un gran despliegue de curvas y contracurvas.

En la actualidad estas instalaciones se han transformado en un Convento regido por las Hijas de la Cruz, que, como bien dice Merino de Tejada, “está dedicado a la enseñanza de niños pobres, cuya fundación se debe a la nunca desmentida generosidad de la hija del pueblo Exma. Sra. Doña Petra Fernández Bobadilla” [2]. Un rasgo de altruismo que explica por sí solo el cambio de nombre sufrido por la que fuera antigua Calle de la Costanilla de San Martín.

Un reciente documento localizado entre los protocolos notariales de Cenicero sirve para confirmar que fueron los maestros canteros Bernardino Ruiz de Azcárraga y Juan Cruz de Urízar los que se comprometían a construir esta ermita allá por 1768. Nada extraño por cuanto ambos eran fieles continuadores de los prototipos difundidos por Juan Bautista Arbaizar y su círculo más próximo. El 9 de junio de ese año, por ejemplo, ambos daban poder en Cenicero a Cristóbal de Espel (así como a su hijo Martín), vecinos de Fuenmayor, para defenderlos de cualquier pleito, especialmente el que habían promovido contra el maestro cantero Blas de Unzueta, residente en dicha villa, “sobre varios gasttos que se nos han originado vuscando canttera, empezado a prevenir piedra, cal, erramientas y oficiales para la construcción de vna obra hermitta en dicha villa de Fuenmaior que estaba remattada en nosotros con ttodos los requisittos y solemnidades que en semejantes casos se requiere. Y veintte, digo cinquenta y nuebe, días después de ottorgada la escritura se echó la sexta partte por Anttonio Yloro, residente en dicha villa. Y postteriormente se remattó segunda vez en el expresado Blas de Vnzueta, quien está obligado (según costumbre enttre maestros de cantería) a la sattisfacción de dichos gasttos (… …)” [3].

No sería la única obra en la que estos dos excelentes especialistas intervendrían en Fuenmayor. Bastaría con fijarse en la casona que se levanta frente a la portada sur de la iglesia parroquial, en el monumental palacio de los Medranos y en otros ejemplares más para rastraer su huella. El caso es que poco a poco y sin desfallecer ante tantas dificultades vamos conociendo un poquito mejor los avatares de nuestra historia colectiva…



[1] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La Villa de Fuenmayor. Logroño, 2005, pp. 187-190.

[2] MERINO DE TEJADA, E., Historia de la muy noble e ilustre Villa de Fuenmayor. Vitoria, 1944, p. 24.

[3] Testigos de ello eran Sebastián Bazán, Manuel de Nájera y Sebastián de Chavarría (AHPL: Julián Caballero. Leg. 9458. Fols. 18-18 vº).