Hay elementos tan significativos en nuestro entorno diario como son las fuentes, lavaderos, puentes, abrevaderos, zarceras, guardaviñas, neveras, cruceros, rollos y picotas y tantos otros más que muchas veces, por una falta de suficiente sensibilidad, han quedado en ocasiones al margen de los estudios regionales. Quizá por no considerarlos con entidad artística suficiente como para prestarles la suficiente atención. No es extraño, pues, que incluso se haya procedido en determinados casos a su destrucción sin ningún pudor por considerarlos simples estorbos. Y es que las piedras de sillería, los viejos papeles y los árboles han sido de siempre los peores enemigos de las mentes embotadas. Es decir, de los que han perdido o nunca han tenido la capacidad de razonar y de apreciar la belleza y las lecciones que todos los días del año nos brinda la historia. Pero, así como en mi pueblo las cuatro fuentes clasicistas de su casco urbano que yo conocí de joven desaparecieron de la noche a la mañana a pesar de los valores ambientales que entrañaban, la encantadora villa de Foncea sigue conservando afortunadamente sus tradicionales dos que ya recoge el Inventario Artístico de Logroño y Provincia: una situada en la Plaza de la localidad, del siglo XVIII, y otra más en arco con caños y pilones de piedra que aparece adosada al lado oeste de la iglesia parroquial y luce la fecha de 1675. Y es a esta última a la que me gustaría referirme aquí con el fin de dar a conocer una más de las muchas y decisivas intervenciones que tuvo el maestro de obras luxemburgués Juan de Raón por todo el territorio.

En este sentido conviene recordar que Foncea no formaba parte por entonces de la Diócesis de Calahorra y La Calzada, ya que a efectos pastorales dependía de Burgos, lo que explica que, por ejemplo, los artistas que construyeron el precioso y monumental retablo mayor de su iglesia parroquial sean artistas vinculados a esta última ciudad, lo mismo que ocurriría con otros tantos profesionales que (a los que estamos acostumbrados a investigar en fuentes documentales circunscritas al ámbito de la antigua Diócesis de Calahorra y La Calzada) nos resultan extraños. Pero aún así, el interés que ofrecen estas zonas fronterizas radica precisamente en eso: en que por ser frontera y al mismo tiempo lugar de encuentro se produjeron a lo largo del tiempo numerosas interferencias a uno y otro lado de esas mugas administrativas, lo que resulta decisivo de cara a enriquecer las biografías de esos otros artistas que consideramos más familiares.

Era en el verano del año 1673 cuando las autoridades municipales de Foncea decidían renovar la fuente que estaba situada en una estratégica zona del caserío. Es decir, junto a la iglesia parroquial, con el fin de garantizar el suministro de agua con la abundancia y las garantías sanitarias de rigor a todo el vecindario.

Y es que para esas fechas los arcanduces [1] de cerámica que conducían el agua desde los manantiales estaban tan deteriorados que no sólo el agua se escapaba por las juntas y agujeros, sino que, al entrar en contacto con la tierra, ésta salía incluso turbia por los caños. Así, tras encargar las oportunas trazas y condiciones a Juan Díez, vecino de Briviesca, para sustituir dichos arcanduces y solucionar otros problemas anejos, las obras de la nueva fuente quedaban finalmente adjudicadas en público remate en Juan Bautista Gutiérrez por 6.800 reales. Pero este especialista en seguida observaría que, de llevar la conducción por terreno abierto sobre un paredón, tal y como estaba planteado en el proyecto de Juan Díez, esos problemas quedarían lejos de ser resueltos, ya que en esas circunstancias el agua podría contaminarse fácilmente.

Por lo tanto, tras informar de la situación a las autoridades municipales éstas decidían llamar al maestro de obras Juan de Raón, quien, “abiendo bisto la primera traza en que (el agua) abía de benir por paredón por enzima de tierra dio otra segunda para que biniese más debaxo de tierra por conbenir más como consta de la traza que dexó dicho Juan de Raón”. Es decir, que aconsejaba hacer una zanja para llevar el agua por vía subterránea. Pero, habiendo comenzado los trabajos oportunos Juan Bautista Gutiérrez, en seguida observaría que, al tener que cavar más hondo de lo previsto en unos primeros momentos y tener que hacer paralelamente algunos tramos del paredón más gruesos como medida de seguridad, el dinero del ajuste se tenía también que incrementar. En consecuencia, al reclamar una cantidad adicional para evitar cualquier litigio y llegar a la solución más acertada los representantes de la villa decidían llamar al maestro cantero Antonio de Umara mientras Juan Bautista Gutiérrez nombraba en representación de sus intereses al también maestro cantero Cosme de Solano. Así, tras intercambiar opiniones y sopesar soluciones, el 4 de julio de 1673 estos dos especialistas decidían dejar la primera escritura en todo su vigor a condición de dar a Juan Bautista Gutiérrez 800 reales más “y zien caños de los de Salinillas en lugar de los caños biexos que dicho maestro de (se) abía de aprobechar, con que dichos caños viexos no a de poner ninguno dellos en dicha fuente y se los an de dar puestos en dicha uilla” [2].

De este modo la biografía de Juan de Raón se enriquece con un nuevo dato y prueba, una vez más, lo justificado de su fama y que, aparte de experimentado maestro de obras, era también un avezado ingeniero y fontanero. Una rica personalidad que trataría de imitar décadas después un controvertido y atractivo personaje: el carmelita logroñés fray José de San Juan de la Cruz…

Fotografía: Wikimedia Commons. Autor: Carlos Sieiro


 

[1] Pequeños tubos de cerámica que se iban insertando a presión a lo largo de todo el recorrido.

[2] AHPL: Antonio de Castillo. Leg. 3819. Fols. 358-358 vº.