Cuando yo conocí por primera vez la iglesia parroquial de Torre de Cameros allá por 1970 aún mantenía intacto todo su sabor original. Incluso algún vecino de la localidad me llegó a comentar el miedo que todos pasaron cuando, tras haber subido meses atrás a la torre a tocar las campanas para conjurar una gran tormenta, la caída de un rayo les hizo bajar a toda prisa tratando de buscar refugio donde fuera. Por entonces su estructura apenas presentaba ningún quebranto a la vez que en su interior se distribuían ordenadamente diferentes retablos y obras de arte como elocuente resumen de un pasado lleno de ilusiones por superar las adversidades de un medio natural un tanto hostil. Todos se sentían orgullosos de sus raíces y de su patrimonio heredado…

Paralelamente, el caserío ofrecía también numerosos alicientes. La forma de acomodarse al promontorio, los materiales de fábrica, la combinación de colores como prolongación natural de un bello paisaje y tantos otros matices más dejaron en mi alma juvenil una grata huella. Era tan internacional este enclave que hasta hubo quien buscó refugio en él tratando inútilmente de pasar desapercibido. Pocos años después, sin embargo, las cosas eran bien distintas. Al regresar de nuevo a Torre de Cameros para contrastar unos datos me encontré con la iglesia, ya vacía, convertida en un establo de vacas, con pacas de paja y llena de zallas, que es como en mi pueblo se llama a la mierda de ese tipo de ganado. Pero incluso así, en ese estado tan deplorable, la iglesia seguía sin perder un solo ápice de su dignidad constructiva. Por eso me gustaría que este artículo sirviera tanto de homenaje a los que la hicieron posible como de acicate para su completa y definitiva recuperación reintegrándole también todos los bienes que le pertenecían.

A simple vista, por las calidades del aparejo y las diferentes soluciones que conviven en este edificio religioso, todo indica que se construiría a mediados del siglo XVI, si bien en el último tercio del siglo XVIII se decoraba “en barroco palladiano a base de yeserías”, como muy bien refiere el Inventario Artístico de Logroño y su Provincia, tras la reconstrucción que sufrió todo el tramo de los pies, incluida la torre, bajo criterios de los canteros más cualificados del momento: José de Argós y Juan Cruz de Urízar.

Hasta ahora, sin embargo, nada se sabía sobre quién pudo haber sido el maestro que levantó la iglesia, dado que el primer Libro de Fábrica existente comienza con las cuentas de 1660. En cualquier caso, el acuerdo a que llegaban con fecha 14 de diciembre de 1566 en Logroño el cantero Pedro de Landeta, vecino de dicha ciudad, y Pedro de la Ribera, vecino de Viguera, resulta enormemente revelador: «por quanto el dicho maese Pedro hizo de nueuo la yglesia de la villa de Torre de los Cameros por lo que fue tasado por maestros canteros nombrados por las partes y el preçio de lo que montase la dicha obra se le ha de pagar de lo que montare la primyçia de la dicha yglesia cada año lo que cayere, y asimismo que en el dicho Pedro de la Riuera está rrematada la primyçia de la dicha yglesia de Torre por los quatro años primeros siguientes» (1567-1570) por 32.000 maravedís cada año recibidos por mitad, decidían que dicho dinero lo percibiera Pedro de Landeta hasta ser pagado enteramente por la fábrica de dicha iglesia, si bien este último optaba en esos momentos por renunciar y traspasar a Pedro de la Ribera el derecho que tenía sobre el precio de dicha primicia durante esos años a cambio de 103.000 maravedís pagaderos de esta guisa: 1.500 reales de inmediato y contado, 500 reales el primer día de Pascua de Navidad de 1576 y 35.000 maravedís de resto y finiquito el día de Pascua de Navidad de 1568 [1]. Algo lógico por parte de Pedro de Landeta, ya que para él era preferible sistematizar con las debidas garantías unos plazos de entrega ante escribano público, aún perdiendo una parte del capital, que depender de unas primicias muy poco seguras y siempre con continuas dilaciones que habitualmente solían acabar en largos pleitos.

A partir de ahí y con toda la estructura terminada, tan sólo era cuestión de ir acometiendo distintos detalles cada cierto tiempo, entre ellos surtir la sacristía de todo lo necesario para que el culto se pudiera celebrar con la dignidad debida. Varias décadas después, concretamente el 10 de junio de 1632, Mateo de Jordanes y Pedro de Barrandón, naturales del concejo de Latas, se obligaban en Torre de Cameros a enladrillar «la capilla delantera» de la iglesia y hacer las gradas siguiendo así el mandato de los visitadores por ser los que mejor precio habían dado [2].

La construcción del retablo mayor y dos colaterales a juego a partir de 1664 en medio de muchas precariedades económicas vendría a refrendar que para esa fecha todos los detalles esenciales estaban ya concluidos. De ahí que en esa última fase del siglo XVII y primeras décadas del siglo XVIII todos los esfuerzos estuvieran centrados en policromar dichos retablos. Incluso en 1721 se fabricaba otro colateral dedicado a San Juan que se policromaba de inmediato así como varias imágenes más. En 1735 se hacía constar también un gasto de 18 reales por un humilde cuadro de San Cristóbal para la sacristía y poco después se adquirían para ella abundantes ornamentos… Y es en ese contexto de amueblamiento paulatino del templo cuando se produce un imprevisto: la ruina que comenzaba a hacer mella en la torre poniendo en peligro el último tramo de la iglesia obligaría al Provisor del Obispado a enviar al maestro de obras Juan Bautista Arbaizar en 1736 a revisarla con el fin de dar traza y condiciones para garantizar su permanencia, pues no en vano era uno de los especialistas más cualificados del territorio diocesano. La realización de una nueva sacristía en 1744 por 2.336 reales daba a entender en principio que nunca más habría que preocuparse por problemas estructurales sobrevenidos [3]. Los hechos, sin embargo, demostrarían a los pocos años lo contrario.

En 1759 el estado de la torre volvía de nuevo a ser preocupante. De ahí que José de Argós se acercara hasta Torre de Cameros para dar condiciones sobre cómo atajar su ruina cobrando 40 reales por esta peritación. Otros 22 reales se gastaba al poco tiempo en una apetitosa comida que se dio a los maestros que acudieron para tomar parte activa en el remate de los trabajos: diez azumbres de vino a razón de cinco cuartos cada una, tres cuartos de pan a seis cuartos, diez libras de cebón a siete cuartos, garbanzos, alubias, tocino y chorizo para catorce comensales… Al año siguiente era Juan Cruz de Urízar el que hacía dos viajes para registrar los cimientos de la torre y examinar con detenimiento la quiebra que había hecho uno de los muros. De ahí que en 1761 fuera Domingo de Aguirre, natural del Valle de Llanteno, el responsable de construir nuevamente la torre y de actuar con intensidad en el tramo de los pies consolidando el muro de poniente y la bóveda, aparte de realizar tres estribos y otros trabajos complementarios [4].

Pero en ese intervalo el templo se había ido enriqueciendo con aportaciones muy valiosas. En 1737 se adquiría una importante de reliquia de San Martín, titular de la parroquia. Todo un símbolo para concitar voluntades populares en unos momentos en que se requerían los esfuerzos económicos del escaso vecindario. Dos años después se situaba sobre el púlpito el guardavoz que se había hecho en Viguera, aparte de otras intervenciones puntuales en el edificio y en la ermita de San Cristóbal, cuyo ingreso se protegía con un pórtico. Sin olvidar algunos regalos de gran significado, tanto para la ermita de la Virgen como para la propia iglesia, que contribuirían a afianzar la autoestima colectiva. En 1740, por ejemplo, se relacionaba la donación realizada por don Martín Martínez Sáenz de Santa María a dicha ermita: una caja conteniendo un cáliz con su patena y cucharita de plata sobredoradas, un terno con las cenefas y bordaduras de hilo de oro y plata, una capa pluvial, un frontal y un velo, todo ello de persiana, dos estolas, tres manípulos, tres bolsas de corporales compuestas, una casulla y un velo de media persiana, tres albas con sus encajes anchos, tres amitos y tres cíngulos de cinta, etc.

La dignidad del culto se había convertido en una de las principales preocupaciones, lo que explica que en 1741 se adquirieran para la iglesia unas vinajeras de plata por 293 reales. El regalo de una custodia a la iglesia por don Martín Martínez Sáenz de Santa María para dar relevancia al dosel que se acababa de hacer de cara a exponer el Santísimo bajo premisas de gran decoro serviría de estímulo a otros bienhechores más. Tal ocurriría con don Juan Martínez Crespo, beneficiado y presidente del Cabildo de Torre de Cameros, bajo cuyo mecenazgo se arreglaba la barbacana (un nombre que nos remite a los orígenes defensivos de toda la estructura), se construía una huesera y se hacían unos cetros de plata con los 550 reales que había dejado en 1753 por cláusula testamentaria… También habría que anotar aquí otras realizaciones que, aunque secundarias, sirven para explicar cómo poco a poco la iglesia se iba transformando en un florido jardín: en 1747 se sobredoraba la cruz principal y se hacían dos coronas para la Virgen y el Niño, en 1749 el estandarte del Rosario, en 1753 se adquiría un copón de plata, en 1766 don José Martínez de Santa María, abad de Castroncelos (Lugo), hacía fabricar a sus expensas el retablo de la Capilla del Santo Cristo como marco más adecuado de la imagen que previamente había regalado [5] (lo que explica que Gaspar de Soto hiciera un cancel en Soto de Cameros para evitar las corrientes de aire en esa zona)…

Pero es en el último cuarto del siglo XVIII y en las primeras décadas del XIX cuando el templo adquiere el empaque definitivo, pues no sólo entonces se enriquecerá con todo tipo de obras [6], entre ellas un monumento de perspectiva para la Semana Santa [7], sino que afianzará su espiritualidad con la adquisición en Roma en 1779 de doce significativas reliquias del Lignum Crucis, velo de Nuestra Señora, Capa de San José, Hueso de San Juan Bautista, San Cristóbal, San Roque, San Blas, San Felipe Neri, Santa Bárbara, Santa Lucía, Santa Águeda y Santa Catalina [8].

Y prueba del arraigo que el aparato externo y la música había adquirido en la iglesia como parte fundamental de la liturgia es que, en 1787, por razones evidentes y con licencia del Provisor, se procedía a vender por 3.094 reales al convento del Carmen de Logroño cuatro grandes cantorales, un antifonario, tres libros de misa, uno de Semana Santa y tres cuadernos. Al año siguiente se hacía un palio nuevo de espolín de seda por 1.500 reales…

Lógicamente, también el arquitecto camerano Feliciano Pérez Ortiz dejaría aquí su huella en diferentes obras de marcado carácter rococó: en 1790 hacía dos confesonarios por 648 reales, en 1793 la sillería del coro por 2.336 reales y 1.000 más por montarla [9]…

Pero, sin lugar a dudas, una de las empresas más trascendentes de este periodo sería la fundación en 1795 de una escuela con caudales de la propia parroquia [10]. A partir de ahí tan sólo era cuestión de ir afrontando las necesidades con una amplia visión de futuro para que tanto la iglesia como todo el pueblo mantuvieran siempre sus calidades ambientales: por decreto diocesano de 10 de julio de 1796 se procedía a demoler la ermita de San Andrés, en 1796 se hacían unas creencias para los altares en San Pedro Manrique y un nuevo tornavoz para el púlpito rematado por una imagencita de la Fe, en 1800 se adquiría una custodia nueva refundiendo la anterior, en 1802 se refundían también unas vinajeras, en 1808 se traía una alfombra de Madrid…

Pero a resultas de la francesada la iglesia se vio abocada a un triste empobrecimiento: en 1809 la parroquia anotaba un préstamo al municipio 4.110 reales con motivo de la Guerra de la Independencia, al año siguiente se entregaban al Ayuntamiento diferentes alhajas para que fueran vendidas con el fin de que pudiera disponer del dinero en calidad de préstamo (dos cálices con sus patenas con peso de tres libras menos media onza, dos servicios de vinajeras con sus platillos de dos libras y cinco onzas y media, una cruz procesional de doce libras, una custodia grande de plata sobredorada de ocho libras y doce onzas, una campanilla de seis onzas y tres cuartas) [11], también en 1810 prestaba al Ayuntamiento otros 1.187 reales en dinero, en 1814 otros 1.477, en 1828 se hacía constar que el municipio debía a la parroquia un total de 22.169 reales…

Otra de las empresas necesarias en esos momentos era la construcción de un nuevo cementerio, realizado en 1825 a expensas de la parroquia y del Ayuntamiento. Pero aún así la iglesia tendría arrestos suficientes como para asumir nuevos compromisos: subvenciones complementarias a la Escuela, construcción del pórtico, adquisición en 1831 de cuatro hacheros y un canapé para el presbiterio (dorados por Francisco de San Juan, vecino de Torrecilla de Cameros), adquisición en 1836 de un órgano pequeño con flautado de madera (realizado en Bretún por Manuel Fernández en 2.900 reales)… Un año ciertamente desesperanzador, habida cuenta de que, a instancias del Gobierno Nacional, fueron muchas las iglesias que perdieron su importante patrimonio de plata. Entre ellas la de Torre de Cameros, de la que desaparecieron, entre otros, los objetos siguientes:  

  • Una custodia con su viril de dos libras y tres onzas.
  • Un cáliz con su patena y cucharilla de dos libras y dos onzas.
  • Dos servicios de vinajeras con sus platillos de una libra y diez onzas.
  • Una imagencita de la Virgen del Rosario que se usaba en las procesiones de los primeros domingos de mes.
  • Incautación de 1.200 reales pertenecientes a la ermita de la Virgen y otros 600 de la propia parroquia.

En fin, razones históricas suficientes como para prestar la debida atención a un templo y a un lugar de particular encanto…  

Es justamente este edificio el que da nombre al pueblo
Es justamente este edificio el que da nombre al pueblo.
Pórtico de la iglesia en agosto de 1980
Pórtico de la iglesia en agosto de 1980.
La iglesia con su torre en agosto de 1980
La iglesia con su torre en agosto de 1980.


[1] Testigos de este concierto eran Martín de Churruca padre e hijo y Julián de Manaria, estantes en Logroño (AHPL: Pedro de Cabezón. Leg. 520. Fols. 435-436).

[2] Los canteros recibirían posada y sustento, aparte de poner el acero necesario para que a costa de la iglesia se hicieran y aderezaran las herramientas, tras avisar en el plazo de ocho días. De todos los días trabajados se descontarían seis de un oficial (AHPL: Diego González. Leg. 7210. Fols. 48-49).

[3] En realidad las obras de la nueva sacristía se remataron en 1.800 reales, a los que luego se añadirían 500 más por las mejoras y otros 36 por 150 ladrillos y otras cosas más.

[4] En 1792 se revocaba esta torre por Juan Bautista de Acha. Al año siguiente el maestro de obras Manuel Antonio Guillorme maestreaba toda la iglesia y el coro.

[5] En 1787 se doraba y pintaba este retablo por José Ruiz, vecino de Logroño, en 1.600 reales, si bien luego ampliaría esta labor (tasada luego por Carlos Beges, vecino de Logroño) con el fin de dar al retablo mayor relevancia visual. También este pintor policromaba las cuatro mesas de altar, facistol y atriles que había hecho ese mismo año el arquitecto logroñés Manuel de Astelarrá. [6] Entre ellas habría que hacer mención de una lámpara de bronce por 530 reales, dos coronas de plata (una para la Virgen del Patrocinio y otra para la más pequeña que se sacaba en procesión), diferentes ornamentos por 2.000 reales (cuatro capas, una casulla y seis albas), un lienzo grande de San Cristóbal por 343 reales…

[7] En 778 hacía y pintaba este monumento Juan de Rementería, vecino de Torrecilla de Cameros.

[8] Todas estas reliquias serían colocadas en sus correspondientes relicarios de plata que pesaban 31 onzas y dos ochavas.

[9] Ese mismo año se colocaba la barandilla del coro rematada por tres bolas de bronce a modo de antepecho por el herrero logroñés Manuel Marín, autor asimismo del púlpito. Justo cuando José Oliván procedía a entarimar todo el suelo del templo.

[10] A este propósito se sabe que el 15 de enero de 1795 el Ayuntamiento de Torre de Cameros dirigía un escrito al Obispo. Éste, en respuesta fechada el dos de febrero en Logroño y previo informe del Cabildo de la localidad, concedía licencia para vender las 81 fanegas de trigo depositadas en el Arca de Misericordia, 13.000 reales más de los fondos de la parroquia y otras partidas complementarias para sufragar una plaza de maestro de primeras letras y sacristán.

[11] Todas ellas se vendieron en Logroño por 6.309 reales.