Es una verdadera pena que, siendo La Rioja una región tan diminuta podamos permitirnos el lujo de abandonar a su suerte a un buen número de iglesias parroquiales y ermitas sin darnos cuenta de que esas estructuras han sido y son parte importante de nuestra historia en común y que, desde ningún punto de vista, podemos resignarnos a su desaparición. Y es que el hecho de que la gente de unos cuantos pueblecitos, ante la presión de los nuevos tiempos, haya optado en estos últimos años por emigrar hacia las ciudades en busca de mejores alternativas profesionales, no quiere decir que tengamos que asumir como algo natural la ruina de los edificios que se quedan detrás, independientemente de que sean civiles o religiosos. Por eso me sorprende la pasota actitud de la administración en estas circunstancias. Pero también el total desinterés de la Diócesis por mantener esos testimonios religiosos en pie con la mayor dignidad posible, que para eso fueron construidos, como bien se deja conocer en las Constituciones Sinodales en las que siempre se incide en la necesidad de mantener algo tan fundamental como el preciso decoro. Y que nadie achaque ese desinterés a problemas de economía en tiempos especialmente críticos: con ingenio, voluntad y constancia se puede conseguir cualquier meta por imposible que pudiera parecer a simple vista.

Visitar en estos momentos la iglesia parroquial de Santa Ana de La Escurquilla, la que fuera antaño industriosa aldea de Enciso, es sencillamente sufrir, ya que el templo que yo conocí estaba rebosante de vida y de tradiciones, lejos del triste estado que hoy ofrece al haberse convertido en un verdadero amasijo de ruinas y cachivaches. Por eso quisiera reivindicar su pronta restauración recordando una de las piezas litúrgicas que se acomodaban a su interior. En este caso el elegante retablo colateral de Nuestra Señora del Rosario.

En este sentido la institucionalización de la festividad de Nuestra Señora del Rosario cada primer domingo de octubre por el Papa Gregorio XIII como forma más consecuente de conmemorar la victoria en Lepanto contra el turco en 1571 gracias a la protección divina, pero sobre todo a la solvencia demostrada por el Capitán General de la Armada don Juan de Austria, fue el punto de partida para que se multiplicaran a partir de entonces por doquier las cofradías con esa advocación. El momento no podía ser más favorable, ya que justo unos años antes el Concilio de Trento había dejado perfectamente definidas las líneas maestras de la Contrarreforma católica en medio de un gran fervor religioso que se traduciría en continuos gestos devocionales. Ésa es la razón por la que no resulta extraño encontrar en la iglesia de cualquier recóndito lugar una imagen romanista de la Virgen del Rosario y, en el caso de Navarrete y Fuenmayor, también retablos de gran originalidad actuando como rico encuadre de las mismas.              

Cierto es que a lo largo del siglo XVII esos desbordantes impulsos marianos fueron poco a poco atemperándose hasta prácticamente languidecer en la centuria siguiente. Pero en este sentido no hay que olvidar el gran esfuerzo que en La Rioja desplegaron los dominicos desde el convento de Valcuerna o Valbuena de Logroño a partir de la segunda mitad de esa centuria por revitalizar y refundar esas cofradías con arreglo a nuevas reglas impulsando al mismo tiempo la construcción de nuevos retablos o imágenes siguiendo criterios de la Villa y Corte con el fin de situarlos, siempre que fuera posible, en un lugar prevalente de los templos. Es decir, junto al presbiterio y al lado del Evangelio. Ése y no otro es el espíritu que se percibía en una localidad tan pequeña como La Escurquilla…              

Era el 21 de mayo de 1661 cuando Esteban, Miguel y Pedro de Zalabardo, vecinos de Enciso, se obligaban en esta última población a realizar diferentes trabajos en la iglesia de La Escurquilla por 238 reales consistentes en levantar la pared del testero que estaba caída y adecentar el presbiterio haciendo el altar mayor de fábrica, así como unas gradas y dos cajas o nichos a los lados con el fin de colocar en ellos sendas imágenes de Nuestra Señora del Rosario y de Cristo Crucificado, aparte de revocar todos los muros por el interior [1]. Una actuación que en sí misma es suficiente como para comprender la humildad formal del templo y sus escasos medios.

Ahora bien, años después y cuando la iglesia ya había ahorrado el dinero suficiente el primer objetivo que se plantearon todos los vecinos de La Escurquilla fue la necesidad de construir un retablo dedicado a Nuestra Señora del Rosario, cofradía por la que el vecindario en pleno sentía una gran veneración.

De ahí que el 4 de noviembre de 1678 el regidor Francisco Rodrigo y los Juan Martínez del Barranco (padre e hijo del mismo nombre), en representación de todo el vecindario de La Escurquilla, procedían a contratar a tasación la fábrica de dicho retablo con José Campos, alcalde ordinario de Enciso y su jurisdicción, y con sus hijos José y Juan de Campos (los tres maestros arquitectos) a cambio de perder del precio final 200 reales. Se trataba, pues, de que lo dieran terminado y puesto en la iglesia de Santa Ana para la festividad de San Juan de junio de 1679 planteándolo de “tres baras de ancho y lo que le correspondiere de alto con la caxa de la Virgen y quatro colunas con sus pulseras a los lados y espacio para coger las tres baras en correspondiente a la de la Virgen Santísima del Rrosario con sus arbotantes y frontispicio final capaz para poner vn San Antonio que está echo; y en dicha caxa de San Antonio a de llebar dos machones, que a de tener cada machón tres caras con sus colgantes; y dan facultad a dichos señor alcalde Joséph de Canpos para que a su arbitrio lo disponga”. Finalizado dicho retablo en su taller de Enciso, sería trasladado en piezas hasta su lugar de destino a costa de los comitentes [2].

Las condiciones de este contrato, aparte de lo que ya hemos indicado con anterioridad, son suficientes como para contrastar una vez más que la iglesia ya contaba con su propia imagen de Nuestra Señora del Rosario (probablemente de naturaleza romanista, de comienzos del siglo XVII y tal vez realizada por escultores adscritos al foco de Arnedo: bien Antonio de Zárraga o Martín de Fururia) y que lo que realmente interesaba era darle el realce necesario proporcionándole para ello un marco ambiental adecuado siguiendo en este caso criterios estructurales impuestos en toda la zona, el Camero Viejo y el Valle de Ocón por Sebastián del Ribero y Fernando de Ezpeleta acomodando a sus gustos los esquemas del tratadista Sebastiano de Serlio, pues no en vano José de Campos padre se revela en sus obras como uno de sus seguidores más cualificados. Y, aunque los fustes de las columnas se planteaban en un principio serpiados, es decir, en ondas o machihembrados, lo más seguro es que, conociendo la producción de José de Campos, se acabaran realizando sobre la marcha más historiados, incluso estructurando dichos fustes en tercios con el fin de que, escenográficamente, resultaran más impactantes.

Como colofón de este proceso, el 7 de noviembre de 1683 Pedro Forte del Río, vecino de Enciso y muy conectado afectivamente con Aguilar del Río Alhama, se comprometía formalmente en La Escurquilla a policromar este colateral de Nuestra Señora del Rosario en el plazo de un año por 1.309 reales, para lo cual daba como fiador al también pintor-dorador Pedro Jiménez Moreno [3], lo que equivale a decir que los trabajos oportunos se los repartirían a medias como fruto de algún pacto previo o contrato de compañía que ambos tendrían en vigor…               

A comienzos de 1748, sin embargo, el deterioro que presentaba todo el templo era tal que, si bien en unos primeros momentos se pensaba en apearlo y consolidarlo, lo cierto es que los problemas estructurales que le aquejaban eran tan graves que fue preciso plantear su casi total reedificación, quedando las obras adjudicadas en Mateo de Isla, un cantero-carpintero de armar oriundo de Guriezo que el 12 de mayo de ese mismo año firmaba escritura comprometiéndose a demoler todos los muros del edificio, reaprovechando únicamente la espadaña de los pies, y a dar al mismo tiempo al conjunto mayor amplitud a condición de dejarlo terminado en el plazo de tres meses, lo que es suficiente para comprender, aún así, su reducido tamaño.

De planta rectangular, la iglesia de raigambre clasicista se articulaba en tres tramos o capillas cubiertas por bóvedas de lunetos y por arcos de medio punto sobre pilas toscanas reforzadas por contrafuertes al exterior y sacristía de la misma naturaleza adosada a la cabecera plana, según se expresa con claridad en la traza conservada [4]. El proyecto incluía también la necesidad de abrir una ventana en el muro del mediodía “para dar luz al sacerdote quando celebra misa”, junto a toda una serie de detalles más, quizá el más importante que la puerta de ingreso y la de la sacristía tenían que ser de medio punto y de piedra labrada, empleando únicamente para el resto sillarejo y mampostería… Así, gracias al apoyo prestado por los vecinos de La Escurquilla en el acarreo de materiales y otros menesteres los costes de reedificación ascendieron sólo a 3.000 reales.

Que sirvan, pues, estas líneas para recordar que la desaparición de una sola piedra de cualquier edificio antiguo es una clara dejación de responsabilidades, algo que que no se debería admitir en una sociedad responsable y civilizada… Laus Deo.  


Iglesia de Santa Ana de La Escurquilla

Traza original a mano alzada para ampliar la iglesia (12 de mayo de 1748).


 

[1] AHPL: José Martínez de Garay. Leg. 5281. Fols. 131-131 vº.  

[2] AHPL: Francisco Martínez. Leg. 5248, s/f.

[3] AHPL: Francisco García. Leg. 5315, s/f.  

[4] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La Iglesia de La Escurquilla. La Rioja del Lunes, 9 de octubre de 1989.