Los profundos cambios experimentados en la sociedad española de la postguerra tuvieron también su particular incidencia (como no podía ser menos) en La Rioja. Así, y como fruto de la crisis que poco a poco fue haciendo mella en el mundo rural, los pueblos, carentes por entonces de todo tipo de infraestructuras y comodidades, fueron perdiendo a sus habitantes en la misma medida en que las ciudades pasaban a convertirse en lugares apetecidos que ofrecían numerosos alicientes y, por supuesto, un futuro más próspero sin necesidad de sufrir tantas penalidades de fríos y solinas. En ese imparable trasiego de personas y mientras las localidades de una cierta entidad conseguían mantenerse activas a duras penas, los enclaves más pequeños y recónditos terminaron sucumbiendo definitivamente por agonía ante la presión de los nuevos tiempos hasta convertirse en simples amasijos de ruinas.

Bien es cierto que en estos últimos años ha habido unos afanes por recuperar esas ruinas y paralelamente con ellas todos esos mundos de ensueño y de tradiciones que habían desaparecido bajo ellas. Por eso, cualquier dato que ahora podamos aportar con el fin de recomponer la historia de esos pueblos marchitos resulta enormemente valioso, en especial para los descendientes de aquellos que se vieron en la necesidad de buscar una vida mejor. En este encuadre y por sus especiales características toda la zona de Enciso bien merece nuestra atención. En mi caso concreto porque una de las ramas familiares tenía raíces en Garranzo y ese espacio natural lo contemplo de siempre no como algo ajeno a mí, sino más bien como parte importante de mis querencias diarias…

En 1846 el riojano Ángel Casimiro de Govantes, natural de Foncea, daba cuenta en su Diccionario Geográfico-Histórico de España que Enciso, como cabeza de la tierra o partido de su nombre, comprendía entre su jurisdicción siete industriosas aldeas al frente de las cuales estaban los consiguientes alcaldes pedáneos: Escorquilla (La Escurquilla), Garranzo, Nava el Saz (Navalsaz), Poyales, Las Ruedas de Enciso, Valde- Vigas (Valdevigas) y El Villar, todas ellas arrebatadas en la actualidad del mapa de la vida cotidiana por una mala ráfaga de viento a pesar de la contrastada calidad de sus pastos, granos, legumbres, ganado lanar y cabrío, lienzos y bayetas. Hoy, por tanto y a título de introducción, quisiera referirme a lo que fue iglesia parroquial de Santiago de Navalsaz, muy humilde de formas en origen si se quiere pero con una trayectoria que conviene conocer para valorarla en sus justos términos y ponerla en relación con otras estructuras de las proximidades.

Pues bien, sabemos que a comienzos de 1588 la capilla mayor de este templo estaba deshecha en parte, con el tejado caído, y otra capilla o tramo de la única nave a punto de arruinarse, de ahí que los administradores optaran por establecer contacto con los canteros Domingo de Yarzábal o Igarzábal y maese Juan de Villanueva, residentes en Logroño, para que dictaminaran sobre el estado real que ofrecía la iglesia y las intervenciones que había que llevar acabo con toda prontitud. Es así como el 7 de abril de ese mismo año estos especialistas declaraban en Enciso que lo más acertado era desmontar los tejados, rebajar los muros de cantería del buque desde la cornisa del remate siete pies alrededor de los dos tramos fundamentales de que constaba la única nave y cerrar el ochavo de la cabecera con una venera de ladrillo y yeso así como sendos tramos o capillas “y se agan de ladrillo y yelso de bóbeda llana sin cruzería con sus arcos perpiaños”. Y como remate final de todo este proceso igualar las superficies con yeso para proceder a pincelarlas luego de negro imitando los despieces de las piedras de sillería y darles así mayor empaque visual. Pero lo cierto es que los muros de fábrica estaban tan débiles que, tras haber ajustado el cantero Domingo de Aróstegui, vecino de Marquina, los oportunos trabajos de reparación, éste se comprometía el 30 de agosto de dicho año en Enciso a reedificar toda la iglesia siguiendo trazas de Domingo de Yarzábal y de Juan de Villanueva a condición de finalizar las obras en el plazo de tres años a tasación, para lo cual le salían como fiadores a su hermano Juan de Aróstegui, vecino de Chavarría, Hernando Jiménez Caravantes y otros vecinos más de Arnedo y Arnedillo, lo que quiere decir que Domingo de Aróstegui había estado trabajando con su hermano en las iglesias de estas últimas localidades durante algún tiempo1. Y prueba de que los planes se cumplieron conforme estaba previsto es que el 19 de diciembre de 1586 Juan de Aróstegui, que juntamente con su hermano Domingo tenía que recibir 500 ducados de la torre y medio pilar que como seguridad habían construido, daba carta de pago en Enciso por 150 ducados y 22 fanegas de trigo adicionales a cuenta de los reparos generales que habían hecho en la iglesia2.

Sin embargo, y debido con toda seguridad a problemas de cimentación, las grietas volvieron a aparecer al poco tiempo en la estructura, razón por la que el 31 de marzo de 1592 el Concejo y parroquianos de Navalsaz daban poder conjuntamente de cara a conseguir licencia “para remudar la dicha yglesia parrochial de Santiago y la azer y edificar de nueuo en otro sitio y lugar donde a nosotros y a los curas e parrochianos de las yglesias matrizas de la dicha villa paresciere conbiene”. Y es que, una vez obtenida la licencia, de lo que se trataba era de elegir un cantero lo suficientemente hábil como para edificar la iglesia a la mayor prontitud en paraje más idóneo3. No obstante, todo indica que los elevados costes que una actuación así suponía esos planes nunca fructificarían, por lo que Concejo y parroquianos centrarían todos los esfuerzos en rehacer las partes más afectadas del edificio consolidando al mismo tiempo la cimentación. De ahí que el 28 de febrero de 1616 dieran poder a Juan Cabezuelo, regidor y vecino de dicho lugar, para que “podáis comprometer y comprometáis en manos de Fernando Ximénez de Carauantes, comisario y beneficiado en la dicha villa, la façión de cantería, arcos e pared que en este dicho lugar tenemos prinçipiado a azer con Juan de Fonfría, cantero,” y otorgar la oportuna escritura para poder hacer frente a los gastos en los plazos previstos. Y, como colofón de toda esta cadena de intervenciones, el 30 de marzo de 1616 Juan de Fonfría daba carta de pago en Enciso de 400 ducados que le debían “del concierto y trato que yo içe por la façión de la torre de la yglesia de señor Santiago del lugar de Nabalsaz”4.

Es decir, que gracias a los documentos conservados hemos podido rescatar del anonimato a un humilde cantero que, como Juan de Fonfría, oriundo de Cicero en el Corregimiento de Laredo, se vio involucrado en numerosos proyectos en el entorno de Enciso y tierras sorianas del alto Cidacos. El también ajustaba en Enciso, con fecha 2 de marzo de 1616, “la façión de la hermita que aze de la Bera Cruz en el dicho lugar (de Navalsaz), del haçer los arcos y dos puertas y cantería y más pared y calicanto”, todo ello a tasación una vez terminadas las obras5. Un Juan de Fonfría de cortos horizontes profesionales que no admite comparación con otros canteros coetáneos de su misma procedencia establecidos en el Valle del Ebro y que se ve de algún modo obligado a desempeñar tareas de segundo orden en territorios menos exigentes. El, por ejemplo, es el mismo que construyó también la iglesia de Fuentestrún, aldea de Ágreda, a juzgar por una averiguación de cuentas de 26 de mayo de 1616 por la que manifestaba en Enciso haber recibido hasta la fecha 1.128 reales por ese concepto, colaborando en tales menesteres con el carpintero Juan Gómez, vecino de Castilruiz6.

La iglesia de Navalsaz en cuestión era una estructura de planta rectangular realizada en mampostería y sillarejo con cabecera ochavada de tres paños (más estrecha que el resto de la nave y muy poco prominente) cubierta por bóveda de horno, seguida de dos tramos similares cubiertos por bóveda de terceletes y uno más a los pies de similar fábrica, aunque de menor altura y anchura. Las columnas adosadas y ménsulas que actuaban de soporte del entramado de las cubiertas formaban parte de ese lenguaje propio de mediados del siglo XVI en que fue levantado el templo, si bien los arcos aparecían rebajados como consecuencia de la intervención que sufrieron en 1588. El esquema se completaba con una torre adosada a los pies por el lado norte con fuste de dos cuerpos de sección cuadrada coronados por chapitel en forma de pirámide siguiendo esquemas popularizados por el cantero cántabro Pedro de Aguilera desde Navarrete y una sacristía al sur del primer tramo. El coro alto se situaba a los pies en alto sobre madera y el acceso al templo se efectuaba a través de una portada de medio punto que  se abría al norte en el segundo tramo.

Consta que entre 1551 y 1555 construían la capilla mayor Pedro de Camino y Juan del Valle, tal vez los mismos que se encargarían de proseguir la iglesia hasta su conclusión allá por 1575. La sacristía es posterior al esquema matriz, pues fue concluida en 1752 por Juan del Cerro, año en que era abovedada por Bernardo Ortiz. O sea, unos pocos años antes de que los brotes devocionales estimulados desde círculos cortesanos y a instancias de los cofrades de la Santa Vera Cruz cuajaran en la edificación de la ermita de Nª Sª de las Angustias, rematada el 25 de mayo de 1795 en el maestro de obras Manuel Ortega, vecino de Préjano, en 4.670 reales, el mismo que seis días después firmaba la necesaria escritura de obligación en El Villar de Enciso sujetándose a la traza y condiciones aprobadas por la cofradía7.

Rescatar, pues, estos datos del anonimato es siempre una ventana abierta hacia un mejor conocimiento de nuestra tierra…



1
AHPL: Martín de Torquemada. Leg. 4966. Fols. 30-33 y s/f.
2 AHPL: Martín de Torquemada. Leg. 4962, s/f.
3 AHPL: Martín de Torquemada. Leg. 4967, s/f.
4 AHPL: Juan Martínez. Leg. 5063. Fol. 92.
5 AHPL: Juan Martínez. Leg. 5063. Fols. 5-6.
6 En la carta de pago detallaba haber recibido las siguientes partidas:
· Del mayordomo del año 1613, 400 reales.
· Del licenciado Fraile, 56 reales.
· Del boticario de Ágreda, 55 reales.
· 410 reales en dineros, pan, carne y posada, en que entra todo lo que Martín de la Peña y otras personas pagaron de cal, teja, madera, tirantes y tablas.
· 130 reales.
· 12 reales de dos oficiales “para çerrar y adornar las puertas de madera y clabaçón”.
· 47 reales de pan, vino y carne.
· 8 reales más (AHPL: Juan Martínez. 5063. Fol. 87 vº).
7 AHPL: Francisco Martínez Mateo. Leg. 5602, s/f.