La coqueta y elegante iglesia de Agoncillo posee valores más que suficientes como para pasar un buen rato recorriéndola con detenimiento, algo que recomiendo a todo el mundo en estos tristes días de tribulaciones y pestes siempre y cuando nos den las autoridades la posibilidad de coger el coche. Y es que se puede afirmar con todas garantías que en esa sorprendente simbiosis que sus piedras de sillería forman con todo el rico patrimonio que atesora su interior se resume con claridad lo mejor de cada periodo del arte riojano. De ahí que este edificio religioso podría considerarse, sin lugar a dudas, como un ilustrativo y pedagógico libro de la Historia del Arte regional cuyas páginas conviene abrir de vez en cuando para remontarnos en el tiempo y conectar mejor con ese mágico mundo de sueños que tan sabiamente lograron crear nuestros antepasados para dejárnoslo en herencia…

De todo ese variado potencial quisiera referirme hoy a su portada principal, que tantas conexiones estilísticas mantiene a simple vista con la de la iglesia parroquial de los Santos Mártires Cosme y Damián en Arnedo, pues no en vano ambas fueron realizadas por un mismo maestro cantero. En este caso Juan de Zumeta y Larrañaga, vecino de Villabona-Amasa en Guipúzcoa.

La portada en cuestión se localiza a los pies del templo, protegida por un arco de gran desarrollo, y se configura a manera de retablo o arco de triunfo a base de un único cuerpo en el que se abre el acceso de medio punto flanqueado por pares de columnas toscanas de fustes estriados sobre altos podios. Éstas soportan un efectista entablamento sobre cuyos  extremos se disponen arranques de frontón curvo coronados por los típicos remates de bolas de recuerdos escurialenses que encuadran a su vez una pequeña arquitectura con hueco de medio punto a manera de ático articulada por columnas jónicas de fustes estriados y, como remate de todo el conjunto, un sobrio entablamento sobre el que se sitúa un frontón triangular y los característicos elementos piramidales… Es decir, un esquema de naturaleza clasicista muy consecuente con los gustos de la época y de alta rentabilidad plástica cuyas líneas se enriquecen en este caso con la incorporación de distintos recursos ornamentales: hojas triangulares en las enjutas, ménsula vegetal en la clave del hueco de acceso, metopas convertidas en minuciosas rosetas, o esos dos óculos aovados con cartelas de recuerdos romanistas. Y, presidiendo esta composición, una imagen en piedra de Nuestra Señora de la Concepción que quizá habría que poner en relación con el escultor Juan de Amezqueta, muy familiarizado con el tallado de materiales duros.

En cualquier caso son muchas las razones que nos llevan a afirmar que el diseño de esta portada viene a ser una simple variante de los modelos difundidos durante el segundo cuarto del siglo XVII por el influyente y talentoso maestro cantero Pedro de Aguilera, afincado en Navarrete.

Era el 18 de octubre de 1653 cuando ante el escribano tolosano Francisco de Urbirondo comparecían Juan de Zumeta y Larrañaga y el mercader de paños Juan Álvarez, vecino de Arnedillo, con el fin de aclarar distintos pormenores de fuerte contenido económico y llegar a un acuerdo entre ellos:

“Y dijo el dicho Joanes de Cumeta que él hauía hecho algunas obras de cantería en la portada de la yglesia parrochial de los Santos Mártires San Cosme y San Damián de la villa de Arnedo de dicha Rrioja a que se hauía obligado por escriptura que él y María Garçía del Pueyo, biuda de Juan de Juaristi, veçina de la villa de Autol, otorgaron por testimonio de Francisco Vergado, escriuano público del número de la dicha villa de Arnedo, como della consta. Y las hauía acauado con algunas mejoras y estaban tasadas y confirmada su tasaçión y valuaçión por el licenciado don Juan Bauptista de la Rrigada, Probisor y Vicario Jeneral del Obispado de Calahorra y la Calçada (… …).

Y asimismo hauía hecho otras de cantería en la portada, estriuos y paredes de la parrochial de la villa de Agonçillo de dicha Rrioja en cumplimiento de la escriptura que él y Juan Fernández de Laguna, mayordomo de la fábrica y primiçias de la dicha yglesia, otorgaron por testimonio de Juan de Montemayor, escriuano público del juzgado de la dicha villa, las quales también estauan tasadas y confirmada su tasaçión por el licenciado Andrés de Victoria, canónigo que haçía oficio de Vicario Jeneral por ausençia del licenciado don Luis Benito, Probisor y Vicario Jeneral del dicho Obispado. Y que de rresto de las dichas obras y de su montamiento se le debían hasta oy dicho día a sauer: por las de la yglesia de la villa de Arnedo seis mill y seteçientos y quarenta y ocho rreales y por las de la yglesia de la de Agonçillo quatro mill çiento y siete rreales”.

El asunto era el siguiente: como los mayordomos de esas dos iglesias estaban retrasando tanto los pagos (algo que solía ser normal como simple estrategia) el mercader Juan Álvarez se ofrecía a adelantar al cantero de su propio dinero las cantidades que le adeudaban en una fecha concreta mientras él por su cuenta se responsabilizaría de cobrarlas a dichas iglesias a cambio de un porcentaje, con lo cual ambos salían beneficiados. Así, de los 4.107 reales que le debían de las obras de la iglesia de Agoncillo, Juan de Zumeta y Larrañaga se contentaba con recibir sólo 3.500 reales para Pascua del Espíritu Santo de 1655 y que de los 6.748 reales de las obras de la iglesia de Arnedo “le harán suelta de ocho ducados vno y lo demás le aya de pagar dentro de ocho años” a partir de la fecha 843 reales y medio puestos en su casa de Villabona-Amasa “menos lo que montare el vno por oçho y también dichos tres mill y quinientos rreales”. De todo lo cual se daba traslado con fecha 30 de enero de 1655 en Arnedo [1].

Curiosamente, y al igual que ocurre en Arnedo, también en esta portada hay una leyenda en uno de los laterales (en este caso grabada sobre los sillares de arenisca con letras mayúsculas) de la que sólo puedo aportar las palabras del comienzo y del final: “LA MALDIZIÓN DEL (… …) SU CADÁBER, 1666”. Es decir, una máxima de contenido barroco que quizá se refiera a la brevedad de la vida colocada en un estratégico punto para que todos la vean y pregunten sobre su significado, pues no muchos sabían leer por entonces. Algo parecido a lo que se observa en la portada de la iglesia de San Vicente de la Sonsierra, donde se nos da cuenta a perpetuidad de un triste hecho acaecido en la torre… Sin contar las numerosas cartelas de madera, doradas y rotuladas con todo tipo de mensajes, que, aunque desaparecidas en la actualidad por los embates del paso del tiempo, solían proliferar en la parte alta de cualquier portada como parte sustancial de las mismas.    

Portada de la iglesia de Agoncillo en una vieja fotografía.

Leyenda en uno de los laterales.

[1] AHPL: Juan Jiménez. Leg. 5188. Fols. 64-67 vº. 
RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Edificios religiosos de Arnedo. Logroño, 2020.