Es un hecho más que comprobado que en la localidad riojalteña de San Asensio se localizan desde muy antiguo las mejores canteras de la región. El buen comportamiento del lecho rocoso a la hora de extraer piedras o piezas de sillería, la facilidad de labrarlas mientras mantienen la sangre, las especiales características de su grano y el color dorado que adquieren con el paso del tiempo hacen de esta localidad un referente necesario en todo el territorio diocesano. Eso sí, siempre y cuando estén bien aireadas y lejos de cualquier foco de humedades, como es lógico, ya que en ese caso acabarán sufriendo de lepra, ya que, debido a su especial porosidad, su mayor enemigo es indudablemente el agua.

Si a ello añadimos el ungüento que se les daba en determinados casos para protegerlas de los agentes atmosféricos, la forma en que estaban labradas según la orientación que iban a tener (a boca de escoda o a pico de gorrión), el tamaño de los sillares perfectamente escuadrados según cada momento y otros detalles más comprenderemos hasta qué punto resulta apasionante el mundo mágico de los maestros canteros en el contexto de la historia de nuestro arte regional.

De otro lado, sería también interesante citar aquí cuáles eran los términos municipales donde se localizaban esos generosos lechos de piedra y cómo los maestros canteros, haciendo gala de una clara visión de futuro, se permitían incluso el lujo de comprar fincas plantadas de viñas para desceparlas y explotar así los muchos alicientes que para ellos ofrecía el subsuelo… No es extraño, por ejemplo, que el simbólico monasterio najerino de Santa María la Real se construyera en su mayor parte con piedras procedentes de San Asensio y transportadas en carros de bueyes a razón de unas 42 arrobas cada uno.   

Lógico, pues, que esta localidad presente un casco urbano tan atractivo, fruto paralelamente de una boyante economía basada en la elaboración y comercialización de un vino lleno de bellos matices y tan solicitado, gracias a su gran calidad, por los arrieros norteños. Además, la presencia en el entorno de lo que fue el importante monasterio de Santa María de la Estrella, su proximidad a un foco cultural de la solvencia de Briones y la generosidad del río Ebro con el castillo de Davalillo dominando sus meandros y dando siempre fe y testimonio con su sola presencia de dónde se encuentran las verdaderas raíces de la villa ayudan también a comprender los muchos recursos del actual San Asensio. Un rico potencial histórico-artístico que, en lo que a mí concierne, me ha servido para publicar diferentes artículos y obras a lo largo de mi vida, sin contar con los numerosos datos (inéditos todavía) que he ido acumulando en mis archivos, la realización de un estudio sobre su encantador casco urbano y el consiguiente reportaje fotográfico de sus calles y edificios que hice cuando era joven.

Sólo una nota muy negativa: la quema de la iglesia por unos cuantos iluminados el 9 de diciembre de 1933, a raíz de la cual desapareció para siempre entre las cenizas la obra cumbre del escultor genial Pedro de Arbulo, radicado en Briones, con proyección nacional y uno de los más brillantes discípulos del imaginero Arnao de Bruselas, (retablo mayor, colaterales y sillería del coro). Una verdadera pena…

Hoy, y como una aportación más a la historia de ese templo dedicado a la Ascensión, quisiera referirme aquí al proceso de construcción de su sacristía, situada al este y parte importante de una amalgama de volúmenes casi interdependientes que se suceden unos junto a otros hasta dejar envuelta toda la cabecera plana del edificio.

Pues bien, sabemos que la primera sacristía realizada en los primeros años del siglo XVI estaba situada junto a la escalera del coro y que el 18 de mayo de 1599, en un momento crítico en que la peste se estaba extendiendo por todo el territorio diocesano, los canteros Francisco de Odriozola, vecino de Nájera y muy conectado profesionalmente con el monasterio de Santa María la Real, y Mateo de Astiasu, vecino de Torrecilla sobre Alesanco, se obligaban a romper uno de los paños para ampliarla levantando dos arcos de medio punto y otro más de 9 pies de hueco, si bien sería este último cantero el encargado de materializar los trabajos por los 70 ducados que la cofradía de Nuestra Señora del Rosario había destinado para tal fin [1].

No obstante, dicha sacristía ofrecía numerosas desventajas. Su propia situación a los pies de la iglesia y su todavía reducido tamaño serían factores determinantes para plantear una nueva mucho más ambiciosa formalmente y junto al testero del templo. Es decir, en lugar mucho más cómodo. Y aunque en unos primeros momentos se planteaba como un espacio cuadrado de moderadas dimensiones, luego los técnicos aconsejarían ampliarla añadiéndole cinco pies. Así lo hacía constar el mayordomo Martín de Rivabellosa cuando en 1633 afirmaba que la nueva sacristía estaba por esas fechas en proceso de construcción “y después de la primera traza que se dio para la dicha obra pareció no quedaría perffeta, menos que alargándose zinco pies”. Y como en las arcas no había dinero suficiente para afrontar los trabajos se solicitaba licencia para tomar 400 ducados a censo. Una solicitud que el 23 de julio de ese mismo año se traducía en la obligación que el cura don Gaspar de Ceballos contraía de cara a informar detenidamente sobre las disponibilidades económicas que manejaban los vecinos de San Asensio para redimir ese censo. De ahí que tan sólo cuatro días más tarde, con don Gaspar de Ceballos actuando como juez de comisión y el apoyo incondicional del mayordomo Martín de Rivabellosa, comparecían como testigos de un lado los beneficiados don Juan de Anguiano y don Francisco Navarrete Romero y de otro Victor de Davalillo y Domingo Andrés, los cuales, siguiendo el típico ritual del momento, procedían bajo juramento a informar de la situación: los dos primeros “in berbo sacerdotis, poniendo sus manos derechas en sus pechos y coronas”, y los segundos “jurando por Dios Nuestro Señor y vna cruz sobre que (…) pusieron sus manos derechas y prometieron deçir berdad”.

Don Francisco Navarrete Romero, de 43 años de edad, se manifestaba de esta manera: “sabe y ha visto que en la yglesia desta dicha villa se está fabricando vna sacristía para el serbiçio de ella (…) y se rremató la dicha sacristía y su obra en Pedro Martínez de Rrecalde, maestro de cantería, y que, después de la primera traça que se dio para ello, pareçió no quedaría perfecta si no se alargase çinco pies más, porque si no se le diese el dicho largor quedaría muy pequeña y apretada y con muy poco serbiçio”. Así, aparte de incidir en el hecho de que todo el vecindario conocía perfectamente lo que estaba ocurriendo con las obras de la nueva sacristía, ampliaba sus apreciaciones con estas aclaratorias palabras: “el defecto que tendría si se executase la primera traça y no se le añadiesen los dichos çinco pies; lo han visto Joan de la Berde, quien haçe la casa del señor Obispo de Osma en la çiudad de Santo Domingo, y otros maestros que han rreparado en todo lo susodicho y han dado sus pareçeres en que se alargue la dicha obra los dichos çinco pies para que se pueda vsar de ella”.

A su juicio, tomar un censo de 400 ducados era de todo punto necesario para sufragar los trabajos. Pero lo más importante de esta declaración reside en el hecho de que nos aporta dos nombres de verdadera dimensión: el maestro cantero Pedro Martínez de Recalde como responsable directo de las obras y el también maestro cantero Juan de la Verde, el mismo que estaba construyendo en Barrio Viejo de Santo Domingo de la Calzada el palacio de don Martín Manso de Zúñiga, Obispo de Osma, y el mismo que, gracias a esa relación con el prelado y sus habilidades profesionales, sería nombrado veedor de las Obras de la Diócesis riojana [2]…

Esos mismos criterios manejaba también don Juan de Anguiano, de 57 años, al afirmar que “se hico traer algunos maestros y en particular a Juan de la Berde, persona que haçe la casa del señor Obispo de Osma en la ciudad de Santo Domingo, para que viesen en qué forma se podría hacer mayor y dijeron que, a menos que se alargase çinco pies más, quedaría con muy poco serbiçio y sin probecho ninguno”.

En idéntica línea se manifestarían también Víctor de Davalillo, de 70 años, y Domingo Andrés, de 65, al estimar que la sacristía que había era excesivamente pequeña “y el Cauildo de la dicha yglesia con los espetantes que ay en la dicha uilla no caben en ella, para lo qual se trajo la dicha licencia y, vsando de ella, se rremató en Pedro Martínez de Rrecalde, maestro de cantería, el qual, abiéndola començado a haçer y abrir los çimientos, pareçió que comforme a la traça que estaba echa de antes no se podía executar porque (… …) quedaba tan pequeña como la de antes y para satisfaçión del Cauildo y Ayuntamiento desta dicha villa hiçieron traer maestros del arte de cantería; y, abiéndola visto, declararon que hera neçesario alargarla para que quedase con disposiçión y comodidad de lo que se pretendía çinco pies más y con esto quedará en perfeçión”.

Y, como complemento necesario de todo lo anterior, una declaración exhaustiva de la holgada situación económica que tenía por esas fechas la iglesia de San Asensio con el fin de que se diera el visto bueno para disponer a la mayor brevedad de ese censo de 400 ducados. El 29 de julio, por ejemplo, las autoridades de San Asensio afirmaban que la iglesia ingresaba unos 500 ducados de renta anual y que los pagos que se habían hecho estaban perfectamente controlados: 2.000 reales que se libraban cada año a los herederos del pintor-dorador Miguel de Salazar, que fue quien doró y estofó el retablo mayor, 100 ducados de las hechuras de un esquilón que se había quebrado ese año además del metal que se añadió, 900 reales que se gastaban en cera, 500 reales del organista, y 100 ducados a Pedro Martínez de Recalde [3]…

Lógico, pues, que el provisor Juan Bautista de la Rigada, ante la contundencia de los hechos, diera la preceptiva licencia para alargar la sacristía y tomar dicho censo en los palacios episcopales de Santo Domingo de la Calzada con fecha 3 de agosto [4].

Finalmente, tras las gestiones realizadas en la segunda quincena de febrero de 1634 y en circunstancias muy poco favorables, sabemos que se tomaban otros 200 ducados a censo de la capellanía fundada por Diego Dábalos López con un interés de 8 ducados anuales para finiquitar algunos pagos. Y es que el vino de 1633 seguía sin venderse en buena parte y el de la cosecha de 1634 estaba tan barato que venderlo a precios muy bajos hubiera sido un verdadero error para los intereses colectivos [5].

Fotografía destacada: https://www.lariojasinbarreras.org


 

[1] AHPL: Juan González Medina. Leg. 3528. Fols. 244-245 vº.

[2] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La ciudad de Santo Domingo de la Calzada y sus monumentos. Logroño, 2006, pp. 46-50.

[3] AHPL: Martín de Rivabellosa. Leg. 3559. Fols. 62-69 vº.

[4] AHPL: Francisco de Ábalos. Leg. 3555. Fols. 45-54 vº.

[5] AHPL: Andrés Abalos. Leg. 3651. Fols. 255-262 vº).