Muchos son los alicientes artísticos que ofrece la iglesia parroquial de Lagunilla, de ahí que recorrer su interior con detenimiento se convirtiera hace ya unos cuantos años para mí, cuando era mucho más joven e inquieto, en una grata obligación animado por la necesidad de descubrir los secretos que encerraba cada uno de sus espacios. Fruto de esos viajes son unas bellas diapositivas y fotografías que guardo con particular cariño y, por supuesto, toda una larga serie de datos que he ido acumulando como consecuencia de haberme obligado a visitar, periódicamente también y buscando la información necesaria, algunos archivos. Ni qué decir tiene que lo que más me ha llamado siempre la atención ha sido, sin lugar a dudas, su monumental retablo mayor, una obra romanista realizada por el genial escultor Juan Fernández de Vallejo en la última etapa de su vida gracias a los vínculos afectivos que este artista mantenía con la localidad y a la admiración que su trabajo despertaba entre la comunidad de frailes del monasterio de San Prudencio de Monte Laturce, señores al fin y al cabo de Lagunilla (hasta que Felipe II incorporó esta villa a la Corona para ser vendida con posterioridad a Martín de la Ribera), cuya casa abacial, provista de un coqueto reloj de sol en su fachada, sigue siendo hoy en día un referente necesario en el contexto del entramado urbano. Sin olvidar que Juan Fernández de Vallejo, tan relacionado con Juan de Anchieta, fue el necesario heredero del taller que Arnao de Bruselas tenía en Logroño o que el hijo de este último, Cibrián de Bruselas, ejerciera como escribano precisamente en Lagunilla.

Como ya apuntaba en un artículo publicado el 1 de febrero del año 2014, en el último cuarto del siglo XVII el buque de la iglesia de San Andrés estaba aún a falta de ser ampliado hacia los pies con la realización de un tramo más o capilla que sirviera tanto de coro como de estratégica y necesaria conexión de los distintos espacios aledaños. Es decir, una especie de vestíbulo de usos polivalentes en el que cobraba particular protagonismo una fachada de líneas clasicistas situada al Oeste y rematada por hornacina con la figura en piedra de San Andrés. Encargadas las obras en 1677 al cantero Francisco de Cueto, natural de Güemes, siguiendo su propio proyecto, las trazas que se conservan sobre el particular son suficientes para comprobar la pericia y habilidades de este especialista. Sin olvidar que todo ello estuvo supervisado desde unos primeros momentos por el famoso maestro de obras luxemburgués Santiago Raón, el mismo que pocos años más tarde se ocuparía de realizar la monumental torre de la iglesia parroquial de San Esteban Protomártir en la cercana localidad de Murillo de Río Leza…

Pues bien, es gracias a esta actuación como surge el coro actual, si bien aún habría que esperar unos cuantos años más para que este último adquiriera el empaque propio de un edificio tan encantador. Así, era en 1773 cuando el inquieto cura y beneficiado don Juan Bautista Olave conseguía licencia del abad del monasterio de San Prduencio para encargar la fábrica de una sillería junto con otras obras complementarias más con el fin de dejar definitivamente amueblado y decoroso el interior de la iglesia. Ahora bien, como don Juan Bautista de Olave no era muy partidario de adjudicar las obras en público remate al mejor postor, tal y como mandaban las Constituciones Sinodales, “mediante el enseñar la experiencia que en muchas de las obras de remate se suscitan disensiones y pleytos, así por concurrir maestros incógnitos como por concurrir otros de poca avelidad y sin fiadores”, justo al año siguiente volvía a solicitar licencia, esta vez para ajustar la obra de sillería (junto con una reja para el antepecho del coro y credencias del altar mayor) con un artista experimentado con el que previamente había establecido contacto: Urbán Aguirre, maestro arquitecto y ensamblador avecindado en Logroño. Al mismo tiempo, este inquieto sacerdote proponía la venta del grano que la iglesia tenía almacenado por esas fechas de cara a sufragar unos costes que se preveían abultados. Conseguida la necesaria licencia para todo ello con fecha 14 de marzo de 1774, don Hernando Caballero, abad del monasterio de San Prudencio, puntualizaba que dicha licencia tenía que acomodarse a lo que ya había dispuesto para realizar la mesa del retablo mayor con sus credencias, el órgano y reja del coro…

Es decir, que tan sólo cuatro días más tarde don Juan Bautista de Olave encargaba formalmente la ejecución de la sillería y la consiguiente mesa de altar con sus credencias “a la romana” a Urbán Aguirre, “en cuyo particular, tomadas las medidas por el expresado Vrbán Aguirre, han pasado a tratar según las trazas dadas por maestros peritos y por la que mejor les ha parecido se han ajustado, deseosos pues de que estas obras tengan efecto para el mayor adorno de la yglesia”. De todo lo cual se deducen dos premisas importantes: de un lado que Urbán Aguirre tenía que limitarse a seguir la traza que otro maestro arquitecto había diseñado y en segundo término que es en esa última fase del siglo XVIII y comienzos del XIX cuando los talleres logroñeses de arquitectura (aún por estudiar con detenimiento) adquieren un gran prestigio bajo estímulos neoclásicos propiciados por la Academia de las Tres Nobles Artes de San Fernando.

En Lagunilla, sin embargo y a pesar de lo avanzado de la fecha, lejos de decantarse don Juan Bautista de Olave y sus asesores por elegir una traza innovadora de naturaleza neoclásica, recurrirá a fórmulas manifiestamente rococós por entender que tenían mayor encanto ornamental, lo que me lleva a pensar que el autor de la traza no estaría muy alejado del entorno del arquitecto Feliciano Pérez Ortiz, tan activo por Cameros y tan familiarizado con este tipo de soluciones. Ajustados los trabajos con él en 6.500 reales, la sillería de nogal tenía que estar totalmente montada en el coro con su facistol a juego para el día 20 de noviembre de 1774 y la mesa de altar y credencias para el 10 de mayo, tal y como figura en la lista de condiciones redactada con fecha 19 de marzo de 1774, el mismo año que figura en uno de los puntos relevantes de este bello conjunto para dejar constancia a perpetuidad [1]. Para ello Urbán Aguirre daba como fiadores a dos vecinos de Lagunilla: Ignacio Soto y Manuel Fernández Ruiz…

Poco después, en 1776, se pintaba y doraba la reja que el cerrajero logroñés Mateo del Rey [2] había instalado como antepecho del coro al mismo tiempo que, en los años siguientes, se acometerían otras obras de especial trascendencia como colofón de todo el proceso constructivo del templo: en especial la reforma completa de la sacristía con la fábrica de su cajonería y aguamanil, la del presbiterio y otras actuaciones más de las que hablaremos en su momento.  

Nº 1

1774, marzo, 19. Lagunilla

CONDICIONES QUE SE OBLIGA A CUMPLIR EL ARQUITECTO Y ENSAMBLADOR URBÁN AGUIRRE, VECINO DE LOGROÑO, EN LA FÁBRICA DE LA SILLERÍA DEL CORO DE LA IGLESIA PARROQUIAL DE SAN ANDRÉS DE LAGUNILLA.

AHPL: Juan Manuel Alonso. Leg. 9622. Fols. 9-11 vº.

  1. “Primeramente es condición que dicha sillería se ha de ejecutar según lo demuestra la traza guardando todas sus alturas, anchuras y perfiles y proporciones de la orden compuesta en su alzado sin añadir ni quittar.
  2. Y es condición que dicha sillería ha de ser de madera de nogal limpia y seca sin que tenga olgura, excepttuando la tarima y su armazón y los respaldos de devajo de los asientos, que esto será de madera de robre limpia y seca.
  3. Ytten es condición que todos los respaldos de encima de los asientos ayan de ir enranurados y las juntas que llevaren encodadas para mayor seguridad y permanencia.
  4. Ytten es condición que la vola de la cornisa y el collarino de devajo de la media caña y el alquittrave y las fenefas que cuelgan devajo de él y los florones de los entrepaños ayan de ser de madera de zerezo sacándolo su color imitando la madera del Brasil.
  5. Y es condición que todos los entrecolumnios an de ser armados haciendo sus armazones según demuestra la traza a voquilla y su moldura será en estos y los armazones de las puertas vn filete y media caña.
  6. Y es condición que la moldura que guarnece los florones de los entrepaños a de ser vn collarino con dos filettes y ésta ha de ser de madera de vox y an de ir enranurados y enclavijados para que de este modo no se puedan caer en ningún tiempo. Y en la misma forma han de ir los collarinos de los entrepaños de los capiteles.
  7. Y es condición que aunque el cimacio no se percive correr en los entrepaños de los entrecolumnios por razón de las sombras y fenefas que tiene dellante no se deje de hechar a la ejecución de dicha obra.
  8. Y es condición que si no se pudiere acomodar o vender por esta yglesia la sillería vieja se ha de cargar a ella (en lo que se compusieren o tasaren) Vrbán Aguirre.
  9. Y es condición que a más de hacer la sillería y mesa de altar a la rromana y según las trazas demostradas ha de poner dicho Vrbán todo el herraje necesario.
  10. Y es condición que, así la sillería como la mesa y creencias se an de poner de cuenta de Vrbán sin contrivución alguna de parte de la yglesia. Y ha de dar puesta la sillería para el día veinte de noviembre de este año y la mesa de altar y creencias para el día 10 de mayo de él.
  11. Y es condición que por vna y ottra obra, su conducción, postura y herraje y demás gastos se le han de dar al referido Vrbán Aguirre seis mil y quinientos reales vellón a plazos según costumbre, por cuya cantidad las ha de hacer, conducir y poner con arreglo a las condiciones expresadas sin faltar en cosa alguna ni exceder, de modo que la yglesia tenga que avonar cantidad alguna por razón de mejoras. Y se ha de entregar a vista de maestros”.

Salen como fiadores de Urbán Aguirre Ignacio Soto y Manuel Fernández Ruiz, vecinos de Lagunilla.  


 

[1] Vid. doc. nº 1.

[2] El 13 de marzo de 1681 María Pérez, viuda de Francisco de Anderica, vecina de Lagunilla, ponía a su hijo Andrés de Anderica por “aprendiz del oficio de herrero y cerrajero” con Mateo del Rey, vecino de Logroño, para permanecer con él durante seis años a contar desde la festividad de San Andrés de 1680 hasta esa misma fecha de 1686. El aprendiz en cuestión se comprometía a “serbir a dicho Mateo del Rey en lo tocante a el dicho oficio y en todo lo demás que a el susodicho y familia de su cassa se ofreciere dándole de comer y beber lo necesario, cassa y cama y ropa limpia tratándole bien y enseñándole el el dicho oficio con todas las circunstanzias, áuitos y documentos necesarios y como el dicho maestro lo saue sin reseruarle ni yncubrirle cosa alguna y haciendo que el dicho mi hijo lo husse y exercite por sus manos, de suerte que no ignore cosa alguna de lo que deue aprender ni el dicho maestro se lo deje de enseñar en conformidad de las reglas y preceptos de dicho oficio”. En caso de no enseñarle el oficio en ese tiempo, podría buscar otro maestro que se lo enseñara a costa de Mateo del Rey. “Y más se obligó el dicho Mateo del Rey que en fin de los dichos seis años hará por su quenta y a su riesgo a dicho Andrés de Anderica vn bestido bueno y de buen paño, como es capa, ropillas, jubón, calzones y medias y sombrero y calcetas y lo demás que fuere necesario para dicho bestido”. Testigos de ello eran Francisco de Zalabardo, José Calvo y Diego Marín, vecinos de Lagunilla (AHPL: Bernabé Marín. Leg. 9632. Fols. 40-40 vº).