Hablar de sirenas en estos tiempos tan prosaicos es referirnos obligatoriamente a esos seres fantásticos (mitad atractiva mujer mitad merluza pescada a pincho) que, según la leyenda, habitaban allá por Sicilia, si bien en origen eran una especie de ninfas con cuerpo de ave y rostro de mujer fatal. En número de tres (aunque algunos opinan que eran cinco y otros ocho), tenían una voz tan melosa y sugerente que los marineros que por allí pululaban, atraídos por la musicalidad, se dejaban seducir por los cánticos angelicales y en estado de catarsis saltaban de sus barcos y se ahogaban. Así nos lo cuenta el poema épico griego La Odisea en el que Homero nos refiere las peripecias que tuvo que afrontar el héroe Ulises, rey de Ítaca, cuando después de diez años de batallas y verse involucrado en la guerra de Troya ponía definitivamente rumbo hacia su hogar en un incierto periplo marino que se iba a prolongar otros diez años más…

Siguiendo Ulises los consejos de Circe ordenaba a su tripulación que, al pasar por la zona donde se suponía que estaban las sirenas, se taparan todos los oídos con cera y a él lo ataran a uno de los mástiles del barco sin cera ninguna para poder dar testimonio directo de sonidos tan celestiales y evitar de ese modo cualquier arrebato incontrolado que pudiera poner en peligro su vida.

Pero no es a esas sugerentes sirenas de curvas femeninas y ventresca turgente a las que quiero referirme aquí, sino a la sirena de secano que habita en un pequeño cuarto de uno de tantos edificios de El Espolón y que cada día se despereza con un bostezo para anunciar generosamente a todos los logroñeses y durante unos pocos segundos (unos pocos segundos) algo tan importante como la llegada del mediodía. O sea, la subversión misma porque sirve para recordarnos en tiempos agnósticos aderezados con unas briznas de peste que durante la etapa de postguerra se estimulaba el rezo del Angelus como forma de cristianizar el trabajo diario. Materia más que suficiente como para solicitar la intervención inmediata del Tribunal de Orden Público (ahora se llama de otra forma, pero sigue siendo lo mismo) y del Defensor del Pueblo instándoles a estrangular para siempre a la citada sirenita por franquista, aunque ya quisiera la más internacional y muda de Copenhague tener su delicada voz.

Recuerdo que en mi infancia pasar por esa zona donde confluyen la Calle Sagasta, Bretón de los Herreros y el comienzo de los soportales de El Espolón a las doce del mediodía era todo un lujo. En una de las esquinas, por ejemplo, el reloj Bergerón, pintado su armazón de verde, con dos esferas opuestas en cuña y un pirindolo torneado a modo de remate, era el referente obligado de la ciudad, ya que su misión consistía no tanto en señalar la hora oficial como servir de punto de encuentro a locales y forasteros para ir a tomar unos vinos, de compras o, simplemente, para saludarse. Allí, justamente allí, se descargaban también las cajas de frutas y verduras con destino a los cercanos puestos del Mercado de San Blas entre continuas idas y venidas de sus propietarios en un ambiente muy familiar.

Más adelante, en un pequeño tramo de la calle Bretón de los Herreros junto al local que fuera Foto Pisón, se congregaban los prehistóricos autobuses que tenían como destino los pueblos de la periferia, algunos de ellos con la parte superior habilitada a duras penas para acoger al mismo tiempo mercancías y pasajeros durante el buen tiempo. Bastaba con subir por unas escaleras de hierro y sentarse directamente sobre la baca para experimentar a lo largo del trayecto un cúmulo de sensaciones difíciles de explicar mientras el aire caliente rebotaba en tu cara…

A corta distancia, un entramado de edificaciones servía de vestíbulo necesario para acceder a la estación de ferrocarril y a diferentes instalaciones que yo vi desmantelar para trazar la actual y anodina Gran Vía. Atrás quedaban numerosos recuerdos, si bien lo que más impacto dejó en mi alma infantil fue ver todos los días, mientras iba al Colegio Valvanera y luego al de San José de los Hermanos Maristas sorteando los trenes, al mismo grupo de niños recorriendo las traviesas de las vías con unas cestas en las que iban depositando los pequeños trozos de carbonilla todavía sin consumir que se desprendían de las locomotoras. Eran tiempos difíciles. Sin contar esa pasarela que te dejaba justo en la puerta de entrada al Cine Olympia, donde los domingos por la mañana, por una sola peseta, podías disfrutar viendo apasionantes películas de Fu Manchú o del Hombre Invisible.

De El Espolón, por ejemplo, recuerdo muchas cosas: los obligados paseos durante los días de fiesta, los patines de hielo que hacíamos en invierno para deslizarnos sobre ellos como si fueran una pista olímpica, el puesto dedicado a alquilar bicicletas, la forma en que estaba organizada toda la superficie ajardinada con diferentes casetas. Incluso tengo vagos recuerdos de lo que fue un espléndido kiosco que desapareció de la noche a la mañana por arte de birlibirloque. Y Tolín, por supuesto Tolín, con su carrito de caramelos y siempre una pléyade de niños a su alrededor. Hasta puedo recrear en mi imaginación aquellas Ferias del Vino que se organizaban en El Espolón durante los sanmateos y muchas otras cosas más, cómo se transformó toda la línea norte en una sucesión de soportales a raíz del penoso derribo del Colegio de Jesuitas o cómo almacenes y tiendas tan importantes como las que se abrían por el lado sur sucumbían bajo una alocada fiebre constructora tratando cada vez de ganar más y más altura rompiendo así cualquier escala razonable…

Hace unos días tan sólo me sorprendió gratamente ver a un joven y voluntarioso escritor presentar al aire libre el libro que acababa de editar en ese Espolón que tantos recuerdos evoca a los de mi generación: todo un logro por ser la forma más eficaz de reivindicar un espacio como escaparate necesario de las ilusiones colectivas, de dar de nuevo sentido a una ciudad que se muere aburridamente de éxito.

Por eso cuando oigo la sirena se me ponen los pelos de punta mientras fluyen en mi cerebro imágenes con aires infantiles y juveniles. De nuestro viejo Logroño apenas nos han dejado nada. Se empieza por derribar edificios singulares y, cuando ya no queda ninguno para seguir destruyendo, le toca el turno a los sonidos tradicionales. Quieren borrar nuestra memoria. Y es que a continuación vendrá prohibir el gorjeo de los goloritos en primavera, más tarde los tambores en cuaresma, poco después el murmullo del agua en la Fontana de Trevi que yo vi construir justo en la embocadura de Murrieta a un gran especialista en estucos de mi barrio (don Jaime Solé) y así sucesivamente. Yo le pediría humildemente a Homero que nos echara una mano para hacer de nuestra sirena de secano un mito universal. Que los dioses nos sean propicios en esta accidentada aventura de regreso, por los procelosos mares de la administración, a nuestros hogares de antaño.