Como ocurre con tantos edificios religiosos de España y, por tanto, con los de nuestra región siempre resulta grato acceder a su interior para encontrar increíbles obras de arte: verdaderas maravillas que sirven para conectar con nuestra Historia. Es decir, con un pasado lleno de ilusiones y, cómo no, también de grandes sacrificios. Porque contratar a un artista para realizar una obra de arte entonces no era nada barato, ni mucho menos, si consideramos que cualquier encargo corría siempre a costa de los vecinos de cada localidad en medio de grandes hambrunas y penalidades. Pero, en términos generales, lo cierto es que no haría falta ni tan siquiera entrar en ninguna iglesia o ermita para intuir las posibilidades museísticas que ofrecen. Bastaría sólo con contornearla por el exterior y tratar de relacionar diferentes detalles y volúmenes para llegar a todo tipo de conclusiones. Las calidades de su torre, por ejemplo, resultan absolutamente determinantes como escaparate de las posibilidades económicas de todo un pueblo.

En este sentido son muchas las cosas que podríamos decir de una iglesia tan carismática como la del Salvador de Pedroso, iniciada en la última fase del siglo XV y realizada en varias etapas complementarias siguiendo los típicos modelos en planta de salón que tanto se prodigaron durante la etapa Reyes Católicos. Sabemos, por ejemplo, que su elegante portada fue realizada por el cantero García Martínez de Lequeitio en 1498 (aparte de intervenir asimismo en las naves laterales) y que era el también cantero Juan Martínez de Mutio el que definitivamente le daba forma en dos actuaciones perfectamente diferenciadas (1515-1520 y 1544-1556). Más tarde a este ambicioso núcleo se añadirían una torre (en la que intervenía el maestro cantero Juan de Huéquel allá por 1572) y una sacristía (comenzada por Pedro de Aguilera, vecino de Navarrete, en torno 1635 y concluida por Domingo de Urroz quince años después). Ahora bien, de esta torre no ha quedado nada, ya que en un momento determinado tuvo que ser demolida desde los mismos cimientos para edificar la actual.

Por una averiguación de cuentas con el maestro de albañilería José de Villanueva (fechada el 1 de septiembre de 1673 en Pedroso) este último confesaba haber recibido de mano del licenciado y cura don Juan Domínguez Herce diferentes cantidades de dinero que hacían un total de 40.495 reales “por las obras que a echo en la parroquial desta villa y la hermita y cassa de Nuestra Señora del Patroçinio”:  

  • 15.860 reales “por otros tantos que ymportó la obra de la torre de dicha yglessia”.
  • 16.900 reales “por lo que ymportó la obra de la capilla que se labró para el capitán don Juan de Villarreal Almarza”.
  • 1.500 reales “que tubo de coste el lauatorio que se hizo en la sachristía”.
  • 6.235 reales “por acabar la obra de la hermita aquí referida” [1].

Todo indica, pues, que José de Villanueva dedicaría todos sus esfuerzos a fabricar el fuste de la torre planteando como parte del programa un campanario muy sencillo de formas con grandes dosis de provisionalidad. Y decimos provisionalidad porque consta que pocos años después, concretamente el 19 de diciembre de 1710, el maestro carpintero Sebastián de Portu, vecino de Logroño, declaraba haber ajustado la construcción de una nueva torre en 29.900 reales con obligación de tomar a cuenta de esa cantidad 6.500 reales correspondientes a 1.363 varas de piedra que ya estaban dispuestas a pie de obra. De tal forma que en lugar de 29.900 reales lo que el polifacético Sebastián de Portu tenía que recibir era 23.400 a lo largo de cuatro años a contar desde el mes de noviembre ya pasado, “que es el tiempo en que ha de dar fenezida dicha fábrica y en doze plazos a tres plazos en cada vn año” a razón de 1.950 reales cada tercio.

Pero, pese a haber cobrado Sebastián de Portu los 1.950 reales correspondientes al primer tercio y haber comenzado los trabajos, en seguida comprendería que lo más prudente era apartarse de sus obligaciones y dejar la obra abandonada a su suerte, independientemente de que eso significaba tener que afrontar un complicado pleito [2]. Así se hacía constar en una escritura fechada el 20 de noviembre de 1711 en Pedroso por la que el cura don Martín Pérez de Ribera y el mayordomo Bartolomé González encomendaban formalmente al maestro de obras Miguel de Anguiozar, vecino de San Vicente de la Sonsierra, la fábrica de una torre “de nueba planta” en virtud de licencia concedida por el Provisor del Obispado y a resulta de los autos judiciales promovidos contra Sebastián de Portu, “primero postor que fue de esta dicha obra en veinte y vn mil rreales y más todos los matteriales que están dispuestos poniendo por la suia toda la piedra nezesaria assí de las cantteras de San Assensio como de la de Maue. Y si faltare alguna más de la que está sacada caliza para el zócalo sobre el zimiento que está formado sacándola y conduziéndola de su quenta y riesgo sacando la lizencia de las dichas cantteras o de otras donde fuere combeniente según y como está condizionado en la escriptura otorgada por el dicho Sebastián de Porttu firmadas de el dicho don Marttín Pérez de Riuera y de don Anttonio Escudero y Riuera y de el dicho Porttu y ahora nuebamente firmadas por el dicho Miguel de Anguiozar, como también ha de ser de su quenta del dicho maestro todo el yesso que fuere nezesario y ladrillo que faltare hastta que esté concluida y fenezida la dicha torre, assentadas sus campanas, según la traza y condiziones expressadas a que a de ir arreglada dicha obra, dándole y pagándole los dichos veinte y vn mil rreales”…

Una cantidad que le sería satisfecha así: 11.000 en cinco plazos, cuatro de ellos de 2.000: el primero al comenzar la obra, el segundo una vez levantados 20 pies, el tercero 3.000 reales “porteando que sea la piedra nezesaria de San Assenssio para el alquitraue y toda la demás para el friso y cornija y balaustres y bolas y la que está en el término y jurisdición de Maue y el otro para niuelar con el pisso de campanas y el otro para despachar la jente en dicho año” y los 10.000 reales restantes en 1713 en cuatro plazos hasta dejar toda la estructura ultimada “assí de canttería como de carpintería”.

La obra tendría que quedar completamente concluida para la festividad de San Miguel de 1713 con obligación expresa por parte de Miguel de Anguiozar de dar las fianzas reglamentarias y de comenzar indefectiblemente los trabajos el 1 de marzo de 1712 rebajando de la cantidad del ajuste lo que determinaren maestros especializados  en caso de cualquier imperfección que pudiera ser observada [3]. Es así como don Martín Pérez de Rivera y Jacinto Gómez, encargados de tutelar este proceso, se obligaban a pagar a Miguel de Anguiozar los 21.000 reales del ajuste con más 30 cántaras de vino, la maroma, maza y picos rebajándole por ellos lo que hubiere dado don José Viguera a cuenta de dicha maroma y herramientas y poniéndole la cal y arena a pie de obra [4].

Situada a los pies del edificio encarando el norte, la torre presenta un fuste articulado en dos cuerpos combinando diferentes calidades de aparejo que sirven para enriquecer su racional diseño y remata en un campanario ochavado del que ha desaparecido el chapitel escurialense de armadura que tenía en origen con gran detrimento de su elegancia formal. Es decir, en términos generales un prototipo simplificado de los esquemas difundidos por los hermanos luxemburgueses Juan y Santiago Raón por toda La Rioja a partir de mediados del siglo XVII. El uso de piedra de sillería procedente de San Asensio en puntos muy sensibles de su alzado (base, esquinas, impostas, encuadres de vanos y barandado que remata el fuste) demuestra una vez más el gran aprecio que todos tenían por las canteras de esa localidad tanto por su comportamiento ante las humedades como por su grano o tonalidades doradas que adquirían con el paso del tiempo.

Torre de la iglesia parroquial de San Salvador

 


 

[1] AHPL: Pedro Escudero. Leg. 8483. Fols. 41-41 vº.

[2] Ese mismo día Sebastián de Portu confesaba haber recibido del bachiller don Martín Pérez de Ribera, cura y beneficiado en la iglesia parroquial de San Salvador, 1.950 reales correspondientes al primer tercio, siendo testigos don José Antonio Bujanda, Juan de Morgota y Juan de Victoria (AHPL: Ignacio López de la Riva. Leg. 8186. Fols. 39-39 vº).

[3] El 18 de junio de 1712 José Fernández Villarreal, vecino de Pedroso, salía como fiador de Miguel de Anguiozar, maestro cantero vecino de San Vicente de la Sonsierra (AHPL: Francisco Navarrete González. Leg. 8485. Fol. 29).

[4] Testigos de ello eran Andrés de Viguera, José Pérez y Francisco Gómez (AHPL: Francisco Antonio Gómez. Leg. 8485. Fols. 35-36).