Las diferentes intervenciones llevadas a cabo en la iglesia parroquial de Leiva de Río Tirón a lo largo del siglo XVIII acabarían por imprimir definitivamente un aire de ostentación y de opulencia decorativa a todo el espacio interior, especialmente a la cabecera, si bien en la actualidad esa sensación aparece un tanto amortiguada por culpa dealgunas disfunciones fácilmente evitables. Era en 1735, por ejemplo, cuando quedaba concluida la obra del coro por el cantero Francisco de Mendieta, que ese mismo año daba por buena su colega de oficio Lucas de Camporredondo1, de ahí que, a partir de entonces, los responsables del templo centraran todos sus esfuerzos en dotar a los testeros del crucero de sendos retablos colaterales (dedicados respectivamente a San Andrés y a San Pablo), como complemento y necesaria guarnición del retablo mayor que todavía permanecía sin policromar por falta de dinero suficiente. Así pues, tan sólo dos años más tarde, y tras recalzar convenientemente los dos estribos de fábrica que presentaban graves deficiencias por el lado norte, se encomendaba al arquitecto Santiago de Lamo, originario de Burgos pero establecido en Santo Domingo de la Calzada, la realización de trazas y condiciones para el colateral de San Andrés. Y aunque nada se dice sobre cuál pudo haber sido su autor, todo indica que sería el arquitecto Félix de Ortega, el mismo que en 1739 se encargaba también de fabricar el de San Pablo siguiendo idénticos criterios y empleando para ello árboles procedentes de Castañares de Rioja, donde a la sazón había unos talleres de tornear madera muy solventes con los que Santiago de Lamo estaba muy bien relacionado.

En medio de esa efervescencia de actividad, en 1742 el arquitecto calceatense José de Rueda se responsabilizaba por su parte de hacer la puerta principal de la iglesia y el correspondiente cancel para evitar corrientes de aire. Es decir, que se creaban las condiciones ambientales necesarias para acometer la tan ansiada reforma de algunos aspectos puntuales del retablo mayor con el fin de acomodarlo a los gustos en boga, ya que se carecía dedinero para sustituirlo por otro de formas más espectaculares y acordes con los gustos impuestos por Santiago de Lamo en la iglesia parroquial de Haro2. Bastaba, por tanto, con incorporar a frisos, banquillos, pilastras, paneles laterales, testero de las hornacinas de medio punto y remate llamativos elementos de follaje que sirvieran para enriquecer las líneas generales de todo el entramado arquitectónico, aparte de reformar la casa titular para reconvertirla en un impactante templete articulado por columnas corintias abalaustradas con un dinámico dosel bulboso suspendido en el aire. Unas actuaciones queobligaban al mismo tiempo a cuidar también algunos detalles esenciales, lo que explica que en 1744 se pagaran 38 reales al pintor-dorador calceatense Matías Martínez de Ollora “quando puso los ojos de christal a Nª Sª de los mazizos  del  trono  de  Nuestra  Señora” Ánjeles”. O sea, a la Virgen del grupo de Asunción-Coronación que ocupa el encasamiento central del segundo cuerpo o piso.

Interior de la iglesia parroquial de Leiva 

Eran tiempos muy dados al optimismo colectivo por toda la cuenca del Tirón. La llegada a la iglesia de Tormantos de una Virgen del Rosario procedente de Nápoles, regalada por el sacerdote don Manuel Pérez de Llorenguoz en 1722, había despertado la admiración de las gentes de la comarca. Tener una copia de ella se había convertido para los pueblos de alrededor en una acuciante necesidad. Hasta tal punto que, ante tanta demanda, fueron muchos los artistas que recalaron por Tormantos para reproducirla con la mayor fidelidad posible e incluso tenían el trevimiento de subirse al retablo que le daba cobijo causando en él numerosos desperfectos, lo que propiciaría que el Visitador prohibiera con contundencia esta práctica en el correspondiente auto. Uno de estos artistas, en concreto, fue Félix de Ortega, a quien en 1744 los responsables de la iglesia de Leiva, mientras estaba atareado en distintos proyectos profesionales en Laguardia, le pagaban 3.290 reales como finiquito “de la cospostura del rretablo mayor y la echura de la ymajen de Nuestra Señora”. O sea, la imagen que ocupa la casa titular del retablo a semejanza de la existente en Tormantos. Él mismo, igualmente, se responsabilizaría de tallar cuatro ángeles  por  75  reales  “para  los y  de  limpiar  el  retablo  como  parte   complementaria de toda esa larga cadena de actuaciones y como paso previo y necesario para policromarlo por fases, habida cuenta de que los problemas económicos seguían siendo muy acuciantes y no permitían asumir la labor policromía de una sola vez.

Lógicamente, ese templete en que se encuadra la titular sería el principal motivo de preocupación por parte del vecindario. De ahí que en 1748 se entregaran 1.930 reales a Diego de Torres, pintor-dorador avecindado en Santo Domingo de la Calzada, a cuenta de los 2.300 reales “en que está ajustado el dorar la caja del trono principal del rretablo mayor y estofar las ymágenes de Nuestra Señora, San Pedro y Sam Pablo” y al año siguiente los 370 reales restantes. Incluso él se ocuparía asimismo de encarnar el busto relicario de San Andrés de estilo romanista que actúa como titular del colateral situado al lado del Evangelio. Pero era en 1749 cuando se remataba en el pintor-dorador Fernando Antonio Fuente Agudo “el dorar el cuerpo de en medio del rretablo mayor” por 5.000 reales, labor que era reconocida ese mismo año por José de Rada, vecino de Santo Domingo de la Calzada. Poco a poco, pues, iban cubriéndose etapas sin ningún tipo de agobios. Por fin en 1755 todo el testero de la iglesia adquiría un especial énfasis, ya que era entonces cuando se pagaban al pintor-dorador calceatense Diego de Torres 5.300 reales por “dorar y estofar los dos costados del retablo mayor y pintar las paredes y pedrestral de la capilla mayor” y otros 750 más por pintar “la nave de la capilla mayor”. Como colofón de ese largo proceso consta que ese mismo año se abonaban 75 reales al arquitecto Manuel Solano por hacer las sacras del retablo mayor y otros 150 a Diego de Torres por dorarlas. Cuatro años después un escultor de Villar de Torre (es decir, Santiago de Lamo, que estaba por esas fechas ocupado en acabar y reformar el retablo mayor romanista de esa localidad así como un colateral) asumía la fábrica de una caja para colocar la custodia grande que doraba de inmediato Manuel de Palacios, vecino de Belorado, por 100 reales. Una caja que, a manera de hornacina, se disponía sobre el relicario imprimiéndole así un aire más moderno…

En este contexto de renovación formal de los espacios se encargaba en 1761 a Pedro de Arce, vecino de Viana, la construcción de un retablo para la imagen de Nª Sª de la Soledad, la composición de la verja de madera que actuaba de cierre de la Capilla de la Soledad y la reforma del guardavoz del púlpito embelleciéndolo con unos llamativos adornos, todo lo cual doraba también Manuel de Palacios, probablemente el mismo que en 1766 recibía 4.400 reales por dorar el retablo de San Andrés, “en que entra luzir y pintar el pedestral y estofar vn santo que está a la derecha de el trono de San Andrés en dicho retablo”, y el mismo que, con toda seguridad, doraría igualmente por entonces el retablo gemelo de San Pablo a costa de algún devoto. Esto explica que en 1771 se colocaran sendas mesas en los citados retablos con los oportunos frontales al objeto de rentabilizarlos cultualmente. Era, por tanto, el momento oportuno para pensar en enlosar y encajonar el presbiterio y la capilla mayor de la iglesia, un proyecto que se llevaría a cabo en 1778 utilizando piedra procedente de las canteras de Ochánduri, tanto por su proximidad como por sus notorias calidades, si bien el Conde de Baños, Señor al fin y al cabo de la villa, se vería obligado a pagar “el importe de sus sepulturas (situadas en un lugar preminente) y demás obra que se hizo a los costados”.

El interior de la iglesia, por fin y después de tantos años, adquiría así una nueva dimensión en sintonía con los afanes renovadores que habían arraigado por todo el territorio diocesano durante el siglo XVIII. A partir de entoncesera tan sólo cuestión de introducir pequeños ajustes en el programa: adquisición de un sagrario para el retablo de San Andrés en 1783, encajonado de toda la superficie situada en el coro bajo en 1799… Ajustes que quedaban ultimados durante los primeros años del siglo XIX, los más importantes la realización del entarimado y de la sillería del coro en 1808 por el arquitecto Ventura Conde o la fábrica de una mesa para el altar mayor por el arquitecto Severo Corral en 1817 que era dorada ese mismo año por José Gómez. En 1824 todos los afanes se centraban ya en hacer un órgano como recurso necesario para revitalizar la liturgia3

Casa titular en el retablo mayor
 

1 Ese mismo año de 1735 se entregaban a Francisco de Mendieta 30 reales de guantes o gratificación por haber puesto especial esmero en hacer el coro (AP Leiva de Río Tirón: Libro de Fábrica desde 1735 hasta 1832, fol. 8 vº).  

2 RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La Evolución del Retablo en La Rioja. Retablos Mayores. Logroño, 2010.  

3 Todas las referencias están extraídas del Libro de Fábrica desde 1735 hasta 1832.