A la cofradía de San Bernabé, de la que he sido nombrado este año cofrade de honor

Aunque soy un perfecto ignorante en materia de cerámica popular, debo decir, sin embargo, que hay piezas por las que siento un especial atractivo y que hasta soy capaz en algunos casos de determinar su procedencia. De hecho, hubo un momento en mi vida en que comencé a coleccionar algunas cuando sólo unos pocos prestaban atención al mundo del barro, pero el azar quiso que una amiga del sur, en un tropiezo fatídico con las escaleras cuando vino a visitarme, rompiera sin querer las que más me gustaban. Por eso dejé de encariñarme con ellas. Con la particularidad, además, que de haber seguido con esa manía coleccionista tendría que haber comprado o alquilado un local para depositar en él las jarras, orzas, barreños, tinajas, cantarillas de pitorro, cántaros, pedarras, rallos (que es como en mi pueblo se llama a los botijos en general a pesar de que sean palabras que se aplican a recipientes distintos) y tantas otras cosas más. Es decir, complicarme la vida en exceso, pues se trata de artilugios de antaño que pesan, son frágiles y ocupan mucho espacio. Demasiado, diría yo. Incluso pensé en limitar mis horizontes coleccionistas al ámbito de La Rioja, si bien finalmente optaría por abandonar tan peregrina idea para centrarme en otro tipo de inquietudes para entretenerme. Por ejemplo, en capar grillos siguiendo la técnica quirúrgica que me enseñó uno de mis abuelos…

Aún así, en mis habituales investigaciones siempre me sorprenden las noticias que aluden a los alfareros y a todo lo que hace referencia a su actividad. De manera que cuando encuentro en los archivos algún dato sobre estos apasionantes artesanos lo transcribo y guardo con celo para saber cómo era su día a día: contratos de aprendizaje, sagas familiares, relaciones profesionales, testamentos, etc. Porque no sólo forman parte importante de nuestra historia colectiva, sino que, en numerosas ocasiones, ayudan a comprender el urbanismo de una localidad cualquiera al tener sus obradores en unos barrios cocretos, como en el caso de Haro [1], Santo Domingo de la Calzada [2], Logroño [3], Navarrete [4], Arnedo [5], Torrecilla de Cameros [6] y tantas otras localidades más.

Capítulo aparte merecerían también los tejeros. Es decir, los responsables de hacer tejas y ladrillos siguiendo los marcos tradicionales que se guardaban en cada uno de los Ayuntamientos. De origen vascofrancés (entorno de Bayona), constituyen a su vez otro de los atractivos en ese mágico ambiente del barro, como ya he tenido oportunidad de comentar en otras ocasiones [7].

Pues bien, a estas alturas de siglo y hablando siempre en términos generales, todo apunta a que las piezas de barro antiguas más cotizadas en La Rioja serían las de Arnedo, con unas características propias que las hacen fácilmente identificables incluso a los profanos como yo. También las de Haro, con su vidriado especial, parecen ser motivo de atracción para los estudiosos de estos temas. No tanto las de Navarrete, entre otras cosas por su sencillez formal y mayor abundancia. Pero a mí me siguen atormentando algunas dudas al ver ciertos tipos de vidriado y establecer comparaciones entre algunos focos de la Rioja Baja y otros más de la Rioja Alta. Tampoco acabo de entender del todo las singularidades que presentan los talleres de Cameros y la Sierra a nivel particular. Paralelamente, Logroño sigue siendo todavía para mí un gran enigma. Y es que si tenemos en cuenta los estratégicos circuitos comerciales tradicionales y la presencia en ferias y mercados de gentes de distintas procedencias (venidas incluso desde muy lejos), tal y como se pone de manifiesto en las fuentes documentales, podremos concluir que las cosas no son tan sencillas como pudieran parecer a primera vista: la venta de piezas riojanas en un foco tan activo y característico como Estella era de hecho habitual, al igual que la contratación de olleros de otras regiones para suministrar un número de cargas bajo unas directrices concretas… Así que me imagino que hay claves que permanecerán siempre ocultas para mí.

Por eso, y para tratar de aportar algún aliciente sobre el tema quisiera hacer alusión aquí al acuerdo tomado por el Ayuntamiento logroñés el 24 de noviembre de 1600. Es decir, en los comienzos del siglo XVII y en unas circunstancias realmente dramáticas, ya que Logroño trataba a duras penas de reponerse de la terrible epidemia de peste que en 1599 había dejado diezmada su población en medio de una gran hambruna. Un monstruo que todavía estaba dando sus últimos coletazos. Y es que la ciudad se había quedado sin cuadros dirigentes (muchos de ellos habían puesto tierra de por medio por temor a contagiarse) y sin especialistas en los distintos oficios. Urgía, pues, pergeñar y renovar en su caso unas ordenanzas para cada uno de los gremios y afrontar los problemas cotidianos con visión de futuro. Unas ordenanzas que, con algunas carencias todavía, se aprobaban finalmente en el año 1607 [8].

Pues bien, se puede decir que con carácter pionero ese 24 de noviembre se mandaban pregonar públicamente los estatutos de funcionamiento de los olleros “atento el exceso de precio de pocos días a esta parte y que la obra se haçe con leña del término desta çiudad (… …)”. Es decir, con la única intención de controlar una economía que, ante tantas carencias, estaba de algún modo desbocada. Por lo tanto, se ordenaba lo siguiente:

“Que los olleros bendan la obra que hiçieren a los precios siguientes:

    • Jarros grandes verdes vidriados por ambas partes de a dos acumbres a veinte maravedís.
    • El de acumbre de los dichos a doçe maravedís.
    • El de media acumbre a ocho maravedís.
    • Cantarillos de media cántara de la forma de cántaros que llaman botexillos a catorce maravedís­.
    • Y cántaros de barro grandes a beynte y quatro maravedís.
    • Y jarros de medio baño de a dos acumbres a doçe maravedís.
    • Y jarro de de los dichos de acumbre a ocho maravedís.
    • Y orças que llaman tinajuelas bañadas blanco de a dos acumbres a veinte y quatro maravedís, y la que fuere menor diez y seis maravedís.
    • Jarros de quartillo bastos blancos a seis maravedís.
    • Y jarros de quartillo berdes seis maravedís.
    • Barreñas bañadas grandes a doçe maravedís, y las medianas a seis maravedís.
    • Y planos medianos de baño entero a veinte maravedís, y planos pequeños de baño entero a cinco maravedís.
    • Escudillas bañadas a çinco maravedís, y los demás planos de medio baño a tres maravedís cada vno.
    • Escudillas de medio baño a tres maravedís, planos y escudillas comunes a dos maravedís cada vno.
    • Fuentes de medio vaño grandes a veinte maravedís.
    • Fuentes de lo dicho medianas a doçe maravedís.
    • Jarros bañados blancos que son de a media açumbre poco más a diez y seis maravedís.
    • Jarros bañados blancos de a quartillo a diez maravedís.
    • Jarros en forma de olla los con asas bañadas blancas de medida de quartillo ocho maravedís.
    • Aceiteros vastos a ocho maravedís.
    • Aceiteros vañados blancos porque son pequeños a seis maravedís.

Y que a los jurados de la ciudad para el seruicio della les den las medidas de bino para por menudo al precio de antes de la peste, todo lo qual cunplan so pena de seis maravedís por tercias partes. Y so la dicha se manda no uendan, digo que no salgan a uender, fuera desta çiudad cosa de su oficio”.

Pero no sólo había que someter a vigilancia los precios de cada una de estas piezas, sino también el de la leña que se usaba para cocerlas en los hornos. Por eso, con el fin de controlar la inflación y comoquiera que la leña se vendía muy cara se fijaban los siguientes precios:

 “La carga de leña gruesa de ganado mayor a dos rreales y medio, siendo buena carga sufiçiente, y la carga de leña gruesa de ganado menor a prescio de sesenta maravedís, la carga de sarmientos que trujere diez gauillas de bestia mayor dos rreales, y la de bestia menor rreal y medio, so pena de auer perdido la leña la qual se aplica para los pobres del ospital desta çiudad y que (… …) ninguno pueda descargar nynguna carga de leña en la jurisdicción desta ciudad ny los vecinos conprárssela so pena de la leña perdida y quatro rreales de pena al que la conprare fuera y a más del dicho prescio”.

Sería interesante comentar aquí la resolución que acabaría tomando el Ayuntamiento más adelante para que todos los olleros establecidos en las calles Ollerías Altas y Ollerías Bajas (actual calle de San Juan) tuvieran obligación de guardar siempre en sus obradores un número determinado de vasijas llenas de agua en previsión de cualquier fuego que se pudiera declarar en el casco urbano, la exacta localización del pozo del que se surtían, lo que podían y no podían entrar por las puertas de las murallas y tantas otras cosas más que dejamos para posteriores ocasiones.

Era un momento crítico en Logroño ese final del año 1600: el cuartal de pan se vendía a 20 maravedís, se abría un debate sobre los menudos de vaca y cerdo que se vendían en las carnicerías públicas, el entorno de la plazuela de San Bartolomé estaba excesivamente descuidado y sucio, había poco vino viejo para consumo popular mientras el nuevo no se podía beber todavía, se dictaban normas para garantizar la higiene (para lo cual se prohibía que en lo sucesivo los albéitares no sangraran los ganados en las calles públicas) y todos los esfuerzos se centraban en echar “desta çiudad y de su jurisdicción todos y qualesquier penitençiados por el Santo Oficio de la Ynquisiçión questán en esta çiudad, ansí de la villa de Genebilla como de otras qualesquier partes, salbo los que no an cumplido sus penitençias questán en la casa de la Penitencia desta dicha çiudad por el mucho ynconueniente que desto se sigue”. Pero también a todos los que habían “venydo a uiuir a esta çiudad que no fueren vecinos se echen fuera della porque ansy conuiene”. El monstruo de la peste, con la boca abierta de par en par, esperaba agazapado junto a uno de los cuchillos del puente que por entonces se estaba reconstruyendo y que meses atrás se había llevado la crecida para engullir Logroño definitivamente…


 

[1] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La muy noble y muy leal ciudad de Haro. Logroño, 2017.  

[2] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La Ciudad de Santo Domingo de la Calzada y sus Monumentos. Logroño, 2006.

[3] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Guía Histórico-Artística. Logroño. Logroño, 1994; RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Guía Turístico-Artística. La muy noble y muy leal ciudad de Logroño. Logroño, 2012; RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La muy noble y muy leal ciudad de Logroño, abril de 2013.  

[4] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Navarrete, su Historia y sus Monumentos. Logroño, 2006.

[5] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Edificios religiosos de Arnedo. Logroño, 2020.

[6] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Guía Histórico-Artística. Torrecilla en Cameros. Logroño, 1994.

[7] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Tejeros de Navarra la Baja en La Rioja. Piedra de Rayo nº 39, febrero de 2012, pp. 65-96.

[8] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., Ordenanzas de la ciudad de Logroño. Año 1607. Logroño, 1981.