La iglesia parroquial de Santa María de la Concepción de Ochánduri, situada a corta distancia del Tirón, en el extremo oriental del caserío y al pie de un promontorio, es uno de esos edificios religiosos que merece la pena ser visitado con detenimiento tanto por sus calidades constructivas y su antigüedad como por las importantes piezas que se prodigan por su interior. Realizada a finales del siglo XII, como bien se percibe en el planteamiento que ofrece su cabecera en horno o su atractiva portada, fue completamente reconstruída en el siglo XVI con el fin de darle mayor amplitud aprovechando el ambiente tan optimista que se respiraba por entonces, tal y como se pone de manifiesto en los tres tramos de la nave cubiertos por terceletes y otras dependencias anejas como la sacristía, capilla contigua y pórtico…

El despliegue narrativo que se desarrolla en los capiteles vinculados a toda la estructura de sillares (Creación, Pecado Original, Combate de Roldán y Ferragut, escenas con juglares, Burra de Balaam…) y la elegancia de sus canecillos o de su pila románica gallonada (fechable hacia 1188) actúan, por ejemplo, como efectista escenografía de uno de los retablos mayores más carismáticos de mediados del siglo XVI que, lamentablemente, sufrió tiempo atrás dos miserables robos que han roto buena parte de su fuerza expresiva original [1]. Sin olvidar tampoco la Virgen con Niño titular de finales del siglo XIII, el retablo renacentista que mandara hacer Pedro de Dueñas en 1538, una tabla de San Miguel de comienzos del siglo XVI atribuída al francés León Picardo (fallecido en Burgos en 1541), un Crucifijo gótico de comienzos del siglo XIV y otras imágenes más en las que de momento no vale la pena incidir.

Hoy, sin embargo, quisiera referirme aquí a un tema quizá mucho menos sublime, pero que considero necesario para comprender un poco mejor el edificio. Es decir, al cementerio o espacio exterior que acabaría conformándose definitivamente a fines del primer tercio del siglo XVII.

Hay que hacer notar que, como en Tirgo y otros lugares más del entorno (en este caso riojalteño), en el momento en que se construía la iglesia los enterramientos se llevaban a cabo fuera de ella, aunque junto a sus muros, donde había también unos poyos que invitaban a los fieles a sentarse. Poyos que eran utilizados asimismo por los representantes del Ayuntamiento de turno para celebrar reuniones y llegar a acuerdos, en medio de un repique de campanas, sobre los temas más conflictivos que afectaban a la vida cotidiana. Luego, ya en el siglo XVI, ese cementerio exterior se dejaría en desuso para convertir el suelo de la iglesia en una sucesión de cajones (de unos 7 pies de largo por 3 de ancho) con el fin de recibir a partir de entonces los cuerpos de los difuntos hasta que, ya en el siglo XIX y por condicionamientos de higiene, se prohibía definitivamente y con carácter general enterrar a nadie en esos cajones.

La necesidad de consolidar todo el perímetro en torno a la iglesia y de rehacer el muro de contención ya existente para aprovechar la plazuela resultante para diferentes usos sería determinante para que el mayordomo Juan de Yuso mayor, a través del procurador Juan Ochoa de Aperregui, solicitara licencia para hacer un cementerio o explanada «por donde anden las proçesiones, que costará quatroçientos ducados y no ay obra más preçissa ni que sea tan vtil». Es así como el 1 de agosto de 1633 el Provisor don Juan Bautista de la Rigada concedía la oportuna licencia haciendo especial énfasis en la necesidad de cobrar lo que algunos vecinos debían a la iglesia. De manera que, tras diferentes gestiones, el 24 de ese mismo mes se encomendaban los trabajos «con el adorno necesario» a los maestros canteros Diego de Calero, los hermanos Juan y Marcos Falla y Pedro de la Herrería, oriundos todos ellos de Omoño (Cantabria), siguiendo la traza y condiciones que el Provisor había mandado realizar a Juan de la Verde, veedor de obras del Obispado, para lo cual se comprometían a comenzar las tareas el 15 de septiembre del año en curso dando como fiadores a sus colegas de oficio Pedro de Horna, Domingo de Güemes, vecinos de Omoño, y Agustín de Ríocabado, vecino de Anero [2].

Como el coste del paredón para contener la explanada se había presupuestado en 50 ducados (por tanto, mucho menos de lo que en principio se intuía) y un vecino de Ochánduri llamado Pedro de Para debía a la iglesia 50 ducados del principal de un censo por el que pagaba 2 ducados y medio de réditos anuales, se trataba de utilizar ese dinero para afrontar los gastos de hacer el paredón siguiendo así lo que había ordenado el Provisor, razón por la que el 4 de mayo de 1634 se concedía permiso en Santo Domingo de la Calzada para que los 50 ducados los hiciera efectivos Pedro de Para a los canteros Diego del Calero y Pedro de la Herrería, de todo lo cual quedaba testimonio en una escritura fechada en Ochánduri el día 22 de ese mismo mes [3].


 

Documentos

Nº 1

RESUMEN DE LAS CONDICIONES DADAS POR EL MAESTRO CANTERO JUAN DE LA VERDE, VEEDOR DE OBRAS DE LA DIÓCESIS, PARA HACER UN CEMENTERIO O EXPLANADA JUNTO A LA IGLESIA PARROQUIAL DE SANTA MARÍA.  

AHPL: Juan de Muñatones. Leg. 3074. Fols. 402-408 vº.      

  1. Que el maestro a cargo de la obra tuviera obligación de sacar la piedra de las canteras situadas junto a la iglesia parroquial y de poner la cal necesaria, siendo de cuenta de la villa el transporte.
  2. A continuación se abrirían los cimientos de cuatro pies y medio de ancho hasta topar con tierra firme, macizándolos con buena mezcla y piedra dejando unos dientes de sierra en la pared, cuyo grueso tenía que ser de cuatro pies.
  3. Las paredes llevarían por la parte de fuera medio pie de zapata y se levantarían de mampostería cuatro pies de grueso hasta una altura de seis pies con sus dientes de sierra y su refuerzo con buenos tizones. Las esquinas de dichas paredes serían de sillería labrada a picón.
  4. A partir de esos seis pies de altura, las paredes se estrecharían un pie por dentro hasta llegar con este grosor al nivel del suelo holladero, haciendo «vnos cunditos y esparaderos para que salga el agua» de una vara de alto y tres dedos de hueco.
  5. Que, contorneando por dentro estas paredes, tenía que haber una hilada de sillares para que sirvieran de asientos, bien labrados y escodados, subiendo dicha pared una vara con sus antepechos. El remate del antepecho llevaría una hilada de un pie de alto y dos pies de grueso, haciendo de pasamano alomado de dos dedos de salida para evitar las aguas.
  6. Hacer una escalera de piedra labrada entre los dos olmos viejos que había en dicho cementerio, de tal forma que las gradas no tuvieran más de nueve dedos de alto.
  7. La villa abriría a su costa los cimientos y derribaría algunos restos junto al cementerio.
  8. Que tomaran los despojos los maestros tasando la piedra una vez acabada la obra.
  9. Acabar la obra para Todos los Santos de 1634 a condición de que no pagar de salario más de 1.000 reales en dos pagas de 500 reales en 1633 y mayo de 1634. Una vez concluida la obra, se tasaría por maestros, perdiendo los maestros encargados de su fábrica la décima parte del total.
  10. Dichos maestros tendrían que presentar fianzas por importe de 500 ducados.

Vista de la iglesia en una fotografía de 1984.

 


 

[1] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La evolución del retablo en La Rioja. Retablos mayores. Logroño, 2009.

[2] Vid. doc. nº 1.  

[3] AHPL: Francisco Monterrubio. Leg. 2721, s/f.