Era el 22 de mayo de 1989 cuando, en un artículo aparecido en la entonces La Rioja del Lunes, daba a conocer por primera vez en el panorama artístico regional la compleja y atractiva personalidad de un culto pintor andaluz que, nacido en Úbeda (Jaén), acabaría en su madurez afincándose definitivamente en Logroño. Y es que su testamento no sólo está cuajado de continuos guiños a lo que fue una densa actividad profesional por tierras del Alto Cidacos, Linares, Alhama y entorno de Ágreda fundamentalmente, sino que nos proporciona interesantes referencias sobre una de sus últimas obras, en este caso un bello retablo localizado en la iglesia parroquial de Rincón de Olivedo o Las Casas, que por ambas denominaciones se conoce a esta interesante localidad. Ésta era la reseña que sobre él publicaba entonces:

“El pintor Pedro de la Puebla  

Poco a poco, la localización (no sin gran esfuerzo) de distintas noticias aisladas va aportando luz sobre importantes aspectos de las Bellas Artes en La Rioja que hasta ahora permanecían ocultos. Así, el dar con el paradero del testamento del andaluz Pedro de la Puebla (un artista desconocido hasta ahora) ha supuesto descifrar algunas de las claves de la pintura riojabajeña en el último tercio del siglo XVI.  

Natural de Úbeda y nieto del escribano Juan Fernández de la Puebla, se trasladó a vivir con sus padres a Baeza, en unas casas que compraron en la calle de San Andrés. Atraído más tarde por el cosmopolitismo de La Rioja, decidió finalmente trasladarse a esta región, consciente de que sus horizontes profesionales se ampliarían aquí. Y si bien acabó instalando su obrador en uno de los barrios más concurridos del antiguo Logroño, la verdad es que, previamente, se había dejado seducir por el encanto de esa comarca vinculada al curso del Alhama, ya que fue en Cervera y Aguilar donde echó raíces en un primer momento, hasta el punto de poseer allí diversas heredades…  

Por su testamento, dictado en Logroño con fecha 7 de julio de 1581, conocemos las estrechas relaciones que mantuvo con el guadamecilero Blas de Zamora (a quien, por cierto, nombró como uno de sus albaceas), el cual le debía por entonces un ducado como consecuencia de haber pintado por encargo suyo un San Francisco. También sabemos que uno de sus aprendices se llamaba Juan de Aragón y que trabajó especialmente para numerosos enclaves de los cursos altos del Cidacos, Linares, Alhama y el entorno de Ágreda… Consta así la realización de varias obras para las iglesias de San Pedro Manrique y su aldea de Oncala, Mataesjún (donde hizo un retablo que sería tasado en 72 ducados), Ágreda, Fuentestrún, etc.  

Es decir, que su actividad se detecta de modo especial en una zona agreste, de pocos recursos económicos, ya que las fábricas de esa área, al ser incapaces de sufragar costosos retablos de imaginería, se ven obligadas a recurrir a los servicios de pintores como Pedro de la Puebla, indudablemente mucho más baratos.  

Consta asimismo que la amistad que Pedro de la Puebla mantuvo con maese Martín de Alcántara, según queda reflejado en un poder que éste le dio para cobrar seis ducados a cuenta de unos trabajos que hizo. Ahora bien, es su movilidad en tierras riojanas lo que más me interesa destacar en estos momentos. Así, a través de los capítulos testamentarios, se nos informa que estuvo residiendo temporalmente en Cornago como consecuencia de sus relaciones profesionales con la iglesia de esa localidad y que hizo el antiguo retablo para la ermita del Monte de Cervera, así como otro más, a base de tablas pintadas, que hoy se conserva en una capilla del lado de la Epístola de la iglesia parroquial de Rincón de Olivedo… Precisamente en estas tablas o en las que incorporan los colaterales de la ermita del Monte se ponen de manifiesto sus resabios aragoneses, propios de una franja fronteriza que depende a efectos creativos del foco artístico de Alfaro.            

Un rastreo detenido por los edificios religiosos de esa zona, a caballo entre Soria y La Rioja, daría como resultado la localización de más obras salidas de sus manos.  

Cuando el 5 de noviembre de 1581 se hacía en Logroño almoneda de sus bienes, su colega el pintor Francisco Fernández de Vallejo (hermano del escultor romanista Juan Fernández de Vallejo), aparte de adquirir algunas sábanas y manteles que Pedro de la Puebla usó en vida, consiguió adjudicarse por tres ducados los quadros y papeles y tablas y los libros (tres tratados de arquitectura) que Pedro de la Puebla había dejado en su taller” [1]…              

Sería muy clarificador saber cuáles fueron las causas reales por las que Pedro de la Puebla decidió abandonar su terruño de origen, siendo ya un pintor formado, para desplazarse hasta La Rioja y acabar adquiriendo una casa en Logroño, donde fallecería en 1581, si bien no sería muy difícil encontrar una explicación a ese traslado. La carencia de buenos pintores de caballete tras el fallecimiento de Alonso Gallego y Andrés de Melgar y el gran auge adquirido por la imaginería y con ello de las labores de dorado y policromía, muy especialmente a raíz de la construcción del retablo mayor de la catedral de Santo Domingo de la Calzada y de la celebración del Concilio de Trento, había dejado a La Rioja desguarnecida en ese campo, de ahí la necesidad que tenían las iglesias más modestas de contar con un pintor fiable al que pudieran trasladar sus inquietudes fabriles. Pedro de la Puebla, por tanto, vendría a ser el sucesor más cualificado de Pedro de Bustamante, autor entre otras cosas de los retablos mayores de Herce, Vadillos y Zarzosa o de las tablas que se incorporaron al retablo mayor de Torremuña tras la reforma que sufrió todo su alzado en 1560…              

Pues bien, a falta de muchos detalles todavía para tener una idea más precisa sobre la actividad de Pedro de la Puebla bajo influencia miguelangelesca, retablos como los de las ermitas de San Gil de Cornago y el que fuera el principal de la ermita de Nuestra Señora del Monte de Cervera del Río Alhama (hoy en la iglesia de San Gil) constituyen los precedentes necesarios para valorar en sus justos términos el existente en la iglesia de Rincón de Olivedo, donde dejó firmada una de las tablas, quizá consciente de que tenía ya por delante muy poco tiempo de vida. No es extraño, por tanto, que al quedar este retablo sin acabar, el  26 de abril de 1582 se encomendara su conclusión a Pedro Delgado, pintor de Viana con el que previamente había tenido diferentes tratos, según escritura firmada en Logroño [2].              

Poco a poco, pues, se iban cumpliendo etapas en el proceso de consolidación y amueblamiento de una iglesia que, como la de Las Casas, estaba fuertemente condicionada por la economía. En los primeros años del siglo XVII, por ejemplo, los esfuerzos se centrarían en hacer una bella custodia en sol con el fin de cumplir con uno de los preceptos del Concilio de Trento: la exposición del Santísimo Sacramento tras la misa. Así, el 29 de julio de 1612 el bachiller don Juan Ruiz, cura y beneficiado en las iglesias de Cervera del Río Alhama y en la de su aneja de Rincón de Olivedo, y Pedro Llorente, como mayordomo de esta última, encargaban a Juan de Alfaro, platero vecino de Aguilar del Río Alhama, la realización de una custodia de plata según “la traca y modelo quel dicho Juan de Alfaro a dado que queda en poder de Gregorio Tutor, cura de la dicha yglesia, la qual a de ser de quarenta y quatro ducados, la qual a de dar hecha y acabada de todo punto con un veril encima de la dicha custodia; y la a de dar acabada desde aquí a el día de Nauidad fin deste presente año, un mes antes u después, y por el trabajo que a de tener de hacerla le a de dar e pagar el dicho Pedro de Lorente, mayordomo, la cantidad de maravedís quel dicho bachiller Juan Ruiz y el bachiller Juan Varea, curas de las dichas iglessias de la dicha uilla de Ceruera mandaren, por lo qual se a destar y pasar por anbas partes”. Para ello y como anticipo para comprar la plata necesaria, ese mismo día le abonaban a Juan de Alfaro 70 reales además de los 300 que debía a la iglesia por una obligación Juan Pérez Caballero, vecino de Igea. El platero por su parte se comprometía en Cervera del Río Alhama a cumplir con su obligación y a dar la custodia acabada en el plazo convenido teniendo 44 ducados de peso, cuatro más o menos [3]. Nada se ha conservado de esta custodia, si bien la referencia resulta significativa para atribuir a Juan de Alfaro la fábrica de la cruz procesional coetánea de la iglesia de Igea.              

Décadas después, la necesidad de hacer frente a algunos problemas derivados de la precariedad de materiales con que estaba construida la iglesia y la más que previsible ruina de toda la estructura obligaría a hacerles frente con la seriedad debida, aunque aparcando otros proyectos muy ilusionantes. Corría el mes de octubre de 1641 cuando Francisco Benito, en nombre de los representantes de la iglesia de Las Casas, recogía la inquietud ya expresada por el Visitador de la Diócesis con estas palabras: “digo que la iglesia de dicho lugar se ba a el suelo por ser el techo de tablas y es neçesario el poner rreparo en ella antes que rresulte otro mayor daño (… …) están las paredes prencipiadas y es neces(ar)io lebantarlas más para poder rresçibir la bóbeda y coger las aguas”. De ahí que solicitara la licencia oportuna para concertar la obra con oficiales cualificados. Ésta era la razón por la que el 25 de ese mismo mes el Provisor y Vicario general don Juan Bautista de la Rigada procedía a autorizar algo tan necesario como “lebantar las paredes de la dicha yglesia y açer lo demás que se pide”.  

Contactos posteriores con los canteros cántabros Sebastián de la Piedra y Pedro de Santa María, naturales de Liendo, serían necesarios para hacer un exhaustivo perfil técnico de la situación. Y lo que es más, estos mismos canteros se ofrecerían a acabar las obras en el plazo de un año y medio a satisfacción de todos los vecinos estableciendo cantidades y plazos de pago, como hacían constar en un escrito de su propio puño y letra. De manera que, tras convocar el necesario remate para el día 7 de marzo de 1643 en Rincón de Olivedo, a la sazón barrio de Cervera, y no haber nadie dispuesto a formular una oferta razonable, los trabajos quedaban adjudicados definitivamente en Sebastián de la Piedra y Pedro de Santa María, de ahí que el 22 de marzo de ese mismo año se comprometieran formalmente en Cervera del Río Alhama, dando por fiadores a Pedro Gil y a Domingo Sancho (avalados estos respectivamente por sus esposas Catalina Gómez y Ana Sánchez), a realizar las obras necesarias en la iglesia de Rincón de Olivedo, que “está en peligro de se caer por ser como es antigua y las paredes vajas y el tejado de tablas que están muy biejas (… …) y a levantar todos los estriuos de la fábrica de la dicha yglessia y a acer el hueco de ella a la parte de avajo del tejado de vóbeda y todo lo demás que conbenga y sea necesario dentro de año y medio de la ffecha desta escritura” por 400 ducados pagaderos en los plazos estipulados previamente [4].  

Así pues, con la completa consolidación de toda la estructura del templo era el momento propicio para afrontar nuevos retos, entre ellos y a medio plazo la fábrica de un retablo para la ermita local de San Pedro Mártir de acuerdo con los gustos que, tomando como referencia indiscutible la columna salomónica, estaban haciendo furor por todo el territorio. Ésa era la razón por la que el 27 de abril de 1677 el arquitecto José de Iribarne, vecino de Alfaro, manifestaba en esta última localidad que comoquiera que había concertado la fábrica de dicho retablo “asta el día de oy en precio y como lo declara vn papel” que estaba en poder del escribano Pedro Ruiz y que dicho retablo una vez concluído tenía que ser reconocido por dos personas (una nombrada por el artista y otra por los comitentes), habida cuenta de que ese mismo día se cumplía el plazo estipulado y ya había finalizado los trabajos, solicitaba el cumplimiento de todas las obligaciones contraídas al respecto haciendo constar que hasta la fecha había recibido 50 ducados [5].  

Una moda de gran eficacia plástica y al mismo tiempo de contrastado énfasis eucarístico que años más tarde, a finales del siglo XVII, cuajaría también en la construcción del retablo mayor de la iglesia parroquial de Santa María de la Antigua por el arquitecto José de Ortega, afincado en Calahorra [6]. Pero pronto surgirían importantes problemas que requerirían una rápida reacción. Éste era, por ejemplo, el detallado informe que el procurador don Gabriel Pérez de Baños, en nombre del mayordomo Juan Calvo, remitía a las autoridades eclesiásticas en febrero de 1727 solicitando licencia para vender unas heredades con el fin de emplear el dinero resultante en atajar dichos problemas:  

“que en dicha yglesia ay necesidad de hacer muchos reparos y los más precisos y que al presentte vrgen son componer todos los tejados de ella, reparar el conjuratorio que se ha caydo este año, hechar tres bóbedas en el techo de la primicia y reparar el tejado que cae sobre él y tanbién componer la puentte que está sobre el coro  por hauerse quebrantado; y así bien por la grande faltta de ornamentos que padece dicha yglessia es preciso hacer vna capa negra por ser mui indecentte la que tiene, vn pendón o guión para quando sale Su Magestad en público, velos de todos colores, vna banda y vna casulla blanca; y asimismo vna manga del  mismo color para la cruz que ay de plata y componer ésta por hallarse de mala calidad, y así bien dorar tres cálizes y patenas y los vasos de el sagrario en conformidad de lo preuenido por el vltimo auto de visita de veinte de noviembre del año pasado de settecienttos y veintte (… …)”.   

Sin perder un solo instante, el 3 de marzo se hacía ya una relación o memorial de las fincas vendibles y de su posible valor así como una pequeña historia de las mismas para que constara siempre cómo habían pasado a ser propiedad de la iglesia. Seis días después el mayordomo Juan Calvo de Juan daba poder en Igea al licenciado don Mateo Saénz, cura que había sido de la iglesia, para que compareciera ante el Provisor y solicitara la licencia con toda prontitud. Pero ante algunas dudas suscitadas en la tramitación del expediente, el 21 de julio de 1727 don Pedro de la Cuadra, Provisor y Vicario General, solicitaba por escrito remitido desde Logroño información detallada de todas las actuaciones previstas antes de proceder a otorgar la licencia reglamentaria, a lo que con fecha 29 el cura de Rincón de Olivedo don José Remón respondía haciendo constar la necesidad de hacer todo lo contenido en la petición anterior y que el valor de dichos ornamentos llegará a unos 1.500 reales, “sin los que no puede passar dicha yglesia por no hallarse con la decencia correspondiente”, mientras que para las demás obras se necesitaría el informe de maestros, si bien para atajar la ruina serían precisos unos 550 reales. De ahí la urgencia y utilidad de vender dichas heredades.              

Nuevamente el procurador don Gabriel Pérez Baños, en nombre del mayordomo Juan Calvo de Juan, era requerido para presentar toda la documentación a las autoridades eclesiásticas, por lo que el 12 de agosto de 1727 don Pedro de la Cuadra y Achiga, Provisor y Vicario General, no tenía ya ningún impedimento para conceder la licencia solicitada desde Logroño de cara a vender las heredades de la iglesia y guardar los dineros en el archivo y “se vaia sacando para la composición de los texados de dicha yglesia y reparar el conjuratorio y echar tres vóuedas en el techo de la primicia y reparar el texado que cae sobre él y componer la puente que está sobre el coro y dorar los vasos sagrados de la dicha yglesia y ejecutar los demás ornamentos que se expresan en dicha petición e ynforme”.

Por una referencia complementaria sabemos también que el 3 de noviembre de 1727 Juan Calvo de Juan, mayordomo de la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua de Rincón de Olivedo, aclaraba que, “allándose dicha yglesia con nezesidad de muchos reparos y con grabe falta de ornamentos”, los vecinos se habían visto obligados a vender ese mismo día unas heredades a don José Ovejas, vecino de Igea, estableciéndose las cantidades pagadas por cada una de ellas y procedencias de las mismas [7]. Era, prácticamente, el colofón necesario a una larga cadena de intervenciones, según se quiere deducir del auto de visita firmado en Cervera del Río Alhama por el licenciado don Francisco Caballero Leal el 21 de ese mismo mes. Y es que, tras haber visitado con todo detenimiento el tabernáculo del Santisimo Sacramento, pila bautismal, santos óleos, aras, altares, cálices, patenas, ornamentos y lo demás sustancial que formaba parte de la iglesia de Rincón de Olivedo su única preocupación se centraba en los siguientes puntos:  

  • “y por lo que a él respeta haga dorar los vasos sagrados de dicha yglesia que están sin dorar”.
  • “y porque la explicación de la doctrina christiana está encomendada en todos los Concilios y especialmente por el vltimo y sagrado de Trento como obligación propia los párrocos a quienes toca ynstruir a el pueblo en las cosas que deben saber y creer para saluarse, por tanto mando al cura de este lugar explique la doctrina christiana todos los domingos y fiestas de guardar señalando ora acomodada para que todos asistan y lo cumpla así, pena de quatro rreales por cada vez que falte a este mandato”.
  • “y porque los eclesiásticos deben ser en todo ejemplo de modestia y compostura y que ésta se descubra hasta en el traje exterior para recuerdo de la santidad de su ministerio, por tanto mando a el cura que no trayga sombrero de tres picos, corbata, casaca ni capa de color de día ni de noche, dentro ni fuera de lugar, pena de quatro ducados y debajo de la misma multa mando que de día y en el pueblo ande siempre con háuito negro talar y para de noche o en el campo se le permite el vso de sotanilla o casaca negra con cuello”.

Colateral con pinturas de Pedro de la Puebla y Pedro Delgado.

Tabla del retablo con la firma de Pedro de la Puebla.

Ermita de San Pedro Mártir.

 


 

[1] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., El Pintor Pedro de la Puebla. La Rioja del Lunes, 22 de mayo de 1989.

[2] AHPL: Lope de Encinas. Leg. 529. Fols. 51-52.

[3] AHPL: Juan Moreno. Leg. 5830. Fols. 326 vº-328 vº.

[4] Al día siguiente el cantero Juan Pérez, vecino de Ágreda, daba poder al procurador Agustín de Salcedo para tratar con el cantero Sebastián de la Piedra, vecino de Cervera, sobre el cumplimiento de una escritura que junto con Martín Ibáñez, también cantero, había otorgado sobre “el labrar y sentar de cierta cantidad de piedra” en Corella y lo demás contenido en el pleito que habían interpuesto contra él (AHPL: Juan Francisco Moreno. Leg. 5875. Fols. 18-22 vº). Para la sacristía de la iglesia ver AHPL: Francisco López. Leg. 5826, 16/IV.

[5] AHPL: Manuel González. Leg. 6424. Fols. 104-104 vº.

[6] RAMÍREZ MARTÍNEZ, J. M., La Evolución del Retablo en La Rioja. Retablos Mayores. Logroño, 2010.

[7] AHPL: Juan Navarro. Leg. 5984. Fols. 135-146 vº.