El fervor religioso que se apoderó de la sociedad española durante el barroco se traduciría, entre otras muchas cosas, en la proliferación de ermitas, buena parte de ellas enclavadas en sitios alejados de los núcleos urbanos, en parajes pintorescos o incluso de difícil acceso. En La Rioja, por ejemplo, hubo pueblos (tal es el caso de Soto de Cameros) en los que las ermitas se prodigaban incluso en demasía si consideramos el mucho dinero que había que emplear cada cierto tiempo en mantenerlas en pie con el decoro debido. No obstante y con el paso de los años distintos factores acabarían con su existencia, ya que no tenía sentido seguir manteniéndolas en pie, por lo que lamentablemente acabaron o bien abandonadas a su suerte o bien derribadas bajo razonables criterios de decoro por orden de las autoridades eclesiásticas a condición, muchas veces, de que sus despojos se aprovecharan en otras construcciones y de que en ese mismo lugar se pusiera una cruz como recordatorio permanente de que había sido sagrado. Con ellas, pues, desaparecían paralelamente todos esos elementos folklóricos o manifestaciones populares que formaban parte de su existencia: romerías, bailes, tradiciones, exvotos, devociones, obras de arte… Pero también esas cruces que habitualmente eran de madera y estaban demasiado expuestas a las inclemencias del tiempo, ya que lo único que ha llegado de ellas hasta nosotros ha sido como mucho los nombres de algunos términos juridiccionales. Es decir, los nombres de los santos a que estaban dedicadas y, por tanto, parte importante de la historia de cada municipio.

Por eso, y como forma de rescatar esa historia, he querido traer aquí a colación unos hechos que ocurrían en la pequeña localidad de Peciña, aldea de San Vicente de la Sonsierra, un 18 de julio de 1759, fecha en la que el prior, mayordomo y cofrades de las cofradías de San Miguel y San Sebastián, fundadas en este dicho lugar, manifestaban que, estando de visita el Obispo don Andrés de Porras y Temes en San Vicente de la Sonsierra, mandaba que las ermitas de San Miguel y San Sebastián se demoliesen enteramente y que, tras colocar sendas cruces en sus solares, se utilizaran sus materiales en arreglar la de San Juan “colocando en ella las imágenes de las anteriores”. Así lo hacía constar por medio de un auto que el prelado mandaba copiar en el correspondiente Libro de Fábrica de la iglesia parroquial de San Martín con el fin de evitar cualquier malentendido en este sentido.

Ésa era la razón por la que las autoridades municipales se veían obligadas a interponer pleito contra esta arbitraria decisión aduciendo que la ermita de San Juan era propia y privativa del Ayuntamiento y que, por lo tanto, el obispo no tenía ningún tipo de jurisdicción sobre ella, aparte de puntualizar “que así el alcalde y demás vecinos an tendido la voz de que en ella no les an de dejar hacer y celebrar sus funciones y festividades por los hermanos cofrades, a causa de tener dicho pueblo las suias, como también la comunidad de los ballesteros. Y para euitar dichas contiendas se han combenido dichos cofrades en hacer y fabricar vna ermita a costa de dicha cofradía decente y con el aseo y adorno correspondiente en sitio mui proporcionado a la salida de el este dicho lugar en el Calbario de él y camino real que va a el lugar de Ribas por ser mucho más a propósito que el sitio que tiene la hermita antigua llamada de San Miguel por estar ésta más distante y algo más penoso su camino y estrecho el ámbito que coxe y aquel mucho más ancho y más decente para dicha hermita pues en él estaba antiguamente fabricada vna hermita colocada en ella la gloriosa y santa ymagen de Santa Bárbara. Y para obiar dichas contiendas y ser el mejor remedio la fábrica de esta nueba ermita y que cese el dicho pleito pendiente ante el dicho señor Provisor otorgan por la presente que se obligan de mancomún in solidum a hacer y fabricar dicha ermita en el espacio de dos años contados desde el día de la fecha de esta escritura a costa de los haberes de dicha cofradía y con los despojos de la hermita arruinada del señor San Sebastián mui decente y capaz con el adorno correspondiente sin interbención de dicho lugar y sus vecinos para colocar en ella dichos santuarios y zelebrar las funciones que anualmente tiene la dicha cofradía” [1].

Razones suficientes como para solicitar la oportuna licencia al Provisor asumiendo de antemano los costes que podía ocasionar la construcción de la nueva ermita…

[1] AHPL: Manuel Gil. Leg. 4110. Fols. 27-29.