Una de las muchas investigaciones (muchísimas, diría yo) que faltan por acometer en La Rioja es la elaboración de una lista pormenorizada de todos aquellos paisanos que emprendieron la aventura americana acompañada de un pequeño resumen de sus biografías. Sólo así conseguiríamos comprender tantas cosas que hoy pasan completamente desapercibidas para la gran mayoría, si bien para ello las autoridades encargadas de estos temas culturales deberían ser personas sensibilizadas con la Historia, grandes conocedores del medio en que se desenvuelven y no meras piezas de los partidos políticos de turno. Es decir, eficaces.

Otro estudio más sería el de los riojanos que abandonaron su tierra, especialmente en el siglo XVIII, para establecerse en la Villa y Corte o en otras poblaciones de España con el fin de dedicarse a todo tipo de actividades. Sin olvidar que algunos de ellos ocuparon altos cargos en la Administración creando verdaderos lobbies y las repercusiones que todo ello tuvo en nuestra región

Viene esta digresión a cuento porque el comportamiento de todos estos emigrados era muy similar, ya que, si gracias a su esfuerzo, tesón e inteligencia conseguían saborear las mieles del triunfo lo primero que hacían era enviar a la iglesia o ermita cualquiera de su localidad natal un pieza de arte de especial importancia con el fin de demostrar de este modo que, a pesar de la distancia, seguían sin olvidar sus verdaderos orígenes. Aparte, naturalmente, de ambiciosas fundaciones: hospitales, cátedras de gramática, etc. Era también una forma de dejar constancia de sus triunfos profesionales.

En la capilla del primer tramo del lado de la Epístola en la iglesia parroquial de Santa María del Sagrario de Villoslada de Cameros, por ejemplo, hay un retablo compuesto de banco, un solo cuerpo de tres calles articulado por columnas salomónicas y ático que luce la siguiente leyenda: ESTE RETABLO LO HIZO A SV COSTA EL LICENCIADO DON JVAN SÁNCHEZ DE LA FVENTE CALIENTE, VENEFICIADO EN ESTA IGLESIA Y CANÓNIGO DE LA SANTA IGLESIA DE PVEBLA DE LOS ÁNGELES. AÑO 1696. Una leyenda que nos invita sin querer a profundizar, aunque sólo sea superficialmente, sobre el personaje.

Pues bien, era el 1 de julio de 1692 cuando se dejaba constancia a perpetuidad de que don Juan Sánchez de Fuencaliente, beneficiado que había sido en la iglesia de Villoslada de Cameros y que por entonces desempeñaba el cargo de canónigo en la catedral de la santa iglesia de Puebla de los Ángeles en la Nueva España había enviado “una hechura de San Antonio de Padua de bulto y lo necesario para hacer un retablo nuevo en la capilla de la yglesia dicha al lado de la Epístola, donde están enterrados sus padres y antepasados, el qual dicho retablo se hizo de escultura, que costó trescientos ducados de vellón y no se ha dorado hasta ahora por aver faltado a dar el dinero los curadores de don Juan Francisco Agramonte, cuio dinero se lo había entregado a don Francisco Agramonte Fuencaliente y por su muerte no se ha podido ajustar esta partida con dichos curadores y está pleito pendiente que para en poder de Francisco Fresco de Morales, escribano desta villa. Y más embió y entregó una lámpara de plata de media arroba de peso el dicho don Juan Sánchez para la lumbraria de dicho San Antonio en la dicha capilla, la qual está al presente en la sacristía de dicha yglesia hasta que se coloque el santo”.

Es decir, que se trataba de que la imagen de San Antonio de Padua se convirtiera de algún modo en el verdadero titular de ese retablo. No obstante, ante los problemas económicos surgidos al plantear la necesaria policromía de este conjunto, el 25 de junio de 1695 los cofrades del Santísimo Sacramento optaban por encomendar dicha labor a los pintores-doradores Nicolás Lázaro Ruiz y Pedro Jiménez Moreno, vecinos de Enciso, por 3.850 reales con cargo a los dineros de la propia cofradía [1]. A ellos, pues, hay que adjudicar la autoría de las pinturas que forman parte del programa catequético del retablo en sintonía con la imagen de San Antonio de Padua que tanto significaba para don Juan Sánchez de Fuencaliente.

En este caso la construcción del retablo no tenía nada que ver con el altruismo o desinteresada generosidad, ya que la capilla pertenecía a sus antepasados y lo único que pretendía el licenciado don Juan era dar mayor lustre a un espacio funerario completamente privado. Pero esa generosidad se pondría en evidencia poco tiempo después. Así, el  4 de octubre de 1697 enviaba de limosna a la iglesia cuatro blandones de plata labrada que pesaron en limpio 24 libras con sus guarniciones y consiguientes rótulos así como un cáliz dorado [2], vinajeras y salvilla, aparte de 600 pesos que en esos momentos tenía en su poder don Bernabé García San Román, vecino de Madrid, con intención de que se impusiera esa cantidad a censo con el fin de que con sus réditos se pudiera alumbrar convenientemente el Santísimo Sacramento en el monumento de Semana Santa durante los Jueves y Viernes Santos. También enviaría otros 218 reales a los cofrades del Santísimo Sacramento por la gentileza que habían tenido al policromar el retablo de San Antonio,“y la fábrica a de tener obligación a dar aceite para la lámpara de San Antonio todo el año”...

Ahora bien, si por algo habría que recordar a don Juan Sánchez de Fuencaliente es por el interés que siempre demostró por fomentar la cultura entre sus paisanos. Basta con recurrir a una de las cláusulas de su testamento:

“Yttem por quanto la dicha villa de Villoslada es pueblo pequeño donde está agora creo no a abido seminario ni cátedra de gramática e muchos hijos de vecinos no estudian assí por pobreza de sus padres como por no yr a Alcalá y a otras partes a buscar estudios o porque, abiéndolo en la dicha villa muchos se animarían a estudiar, quiero y es mi voluntad que el capellán o capellanes que fueren de la dicha capellanía para siempre jamás sean obligados a leer gramática en el dicho pueblo a todos los naturales de él siempre públicamente, de manera que para esto no tengan necesidad de salir de la dicha villa si no fuere después a oyr ziencias. Y, si de los pueblos comarcanos vinieren a oyrla otras personas, les pueda llebar por el trabaxo alguna cossa moderada como fuere justo a el parecer de los dichos señores beneficiados, a quien encargo mucho esto por el bien que de esto se sigue a todos los naturales de la dicha villa” [3].

En este sentido conviene recordar que sólo las poblaciones de una cierta entidad disponían en la época de una cátedra de gramática en toda regla regentada por verdaderos expertos en la materia. Lo que don Juan pretendía, por tanto, era crear el ambiente necesario para que muchos jóvenes se sintieran atraídos por los estudios universitarios.


[1] Para ello los pintores-doradores daban como fiador a su amigo Francisco Martínez Soto, vecino también de Enciso (AHPL: Juan Martínez. Leg. 5407, s/f).

[2] El cáliz de plata sobredorada repujada, fundida y cincelada se conserva en la actualidad. Presenta una decoración a base de angelotes y hojarasca en subcopa, nudo y pie y la siguiente leyenda: ESTE CÁLIS DIO EL CANÓNIGO DON JUAN DE FUENCALIENTE. ANIOS 1696.

[3] Notas facilitadas por Miguel Ángel Pascual.