Hace unos días los medios de comunicación locales nos informaban con todo lujo de detalles de que en el amplio solar que en la actualidad se abre junto al testero de la iglesia imperial de Santa María de Palacio (fruto, según se puede intuir, de la política de derribo de viviendas que el Ayuntamiento de Logroño lleva practicando desde hace unos cuantos años sin ningún tipo de pudor en lo que se ha convenido en denominar casco antiguo, si bien más que de casco antiguo habría que hablar de unos cuantos despojos viejos supervivientes a la tragedia) se va a construir una megaestructura que, según los promotores, se convertirá en el referente indiscutible del progreso y la modernidad ciudadana, tanto por su diseño como por su polivalencia de usos y materiales. Vamos, la repanocha en verso. O, si se quiere con palabras más apropiadas, un balcón por el que el provinciano Logroño se va a asomar definitivamente al futuro.

El asunto no tendría mayor importancia si tal proyecto se llevara a El Campillo o a cualquiera de las zonas de expansión urbana tras replantear el espacio circundante con el fin de resolver adecuadamente las servidumbres, incluso visuales, que un edificio de esas características conlleva. Pero no. Se ha elegido un tramo de profundas y sensibles raíces históricas. Es decir, la Rúa Mayor que sirve para vertebrar el Camino hacia Santiago y al lado de un templo de grandes valores arquitectónicos y patrimoniales. La apuesta, por tanto, no deja de tener su atrevimiento. Para ello, y como siempre, se recurre al típico señuelo que trata de justificar una actuación de esas características. Y es que, siendo un arquitecto japonés el padre o tutor de la criatura, cualquier impedimento administrativo, por leve que fuera, podría poner en serio peligro tan importante empresa privándonos en lo sucesivo a los logroñeses de contar en nuestro entramado urbano con una obra singular de repercusiones mundiales. Fundamental para borrar de un plumazo tantos siglos de provincianismo periférico. Y es que no hay que olvidar aquí la relevancia que adquiere el elemento exótico: un técnico oriental como garantía de calidad, pues ya se sabe que la Rúa Mayor estuvo habitada hasta hace pocos años por samurais de deslumbrantes katanas y que el conocimiento del medio se da consecuentemente por supuesto.

Bien es cierto que el deterioro y la ruina de toda esa zona de la Rúa Mayor es más que evidente y que tampoco la actuación que se llevó a cabo en su momento por el lado sur de la calle creando una artificial manzana fue la más plausible. Más bien todo lo contrario, ya que rompió el equilibrio necesario para imprimir paralelamente a la Calle Herrerías nuevos bríos y convertirla así en uno de los ejes más vitalistas de la ciudad buscando su conexión con una Plaza de San Bartolomé que aún mantiene a duras penas su primitivo encanto. Pero lo que está claro es que la presencia de esa mole, en caso de ser aprobado el proyecto por los organismos competentes, lo único que va a aportar es caos y confusión. En la zona, por ejemplo, aún quedan restos de las humildes fachadas de piedra de sillería de las casas que allí había. Incluso de la tienda donde se construían guitarras y de alguna carpintería familiar. La solución pasaría por recuperar esas viviendas manteniendo el parcelario antiguo y por imprimirles la vida que alguien les arrebató… La imaginación al poder, decían los progres en mi juventud.

En este sentido ¿cuál es el criterio que va a seguir la Comisión del Patrimonio Histórico-Artístico?, ¿qué dicen al respecto los técnicos municipales?, ¿y las diversas asociaciones culturales?, ¿van a estar todos tan callados como en el caso del Puente Mantible? Aún recuerdo los criterios que la Comisión de Patrimonio imponía en zonas sensibles: huecos verticales y no horizontales, materiales tradicionales, sintonía con el medio…

Yo, al menos, quisiera dejar aquí mi humilde testimonio como ciudadano para que nadie pueda acusarme en el futuro de apatía ante tan tremendo disparate.